Mientras la guerra en Ucrania continúa exigiendo recursos a los países occidentales, tres de las principales potencias europeas —Francia, Alemania y Reino Unido— enfrentan crecientes crisis internas que ponen en duda su capacidad de liderazgo tanto regional como global.
Estos países han estado al frente del respaldo a Kiev, tanto en términos financieros como logísticos. Alemania, por ejemplo, es el tercer mayor contribuyente en asistencia militar y económica a Ucrania, sólo superado por Estados Unidos y la Unión Europea en su conjunto. Reino Unido y Francia también figuran entre los principales aliados del gobierno ucraniano y coordinan activamente esfuerzos multilaterales en la llamada “coalición de los voluntarios”, una agrupación de más de 30 países que analiza posibles misiones de paz en el país en conflicto.
Sin embargo, ese compromiso externo contrasta con los profundos desafíos internos que enfrentan.
Reino Unido: deuda, crecimiento débil y tensión social en aumento
El Reino Unido experimenta una recuperación económica frágil, mientras lidia con una creciente preocupación pública sobre temas sensibles como la inmigración y el empleo. Aunque la economía salió formalmente de la recesión a comienzos de 2025, el ritmo de crecimiento ha sido insuficiente, y la expansión del PIB se redujo en el segundo trimestre.
La ministra de Hacienda, Rachel Reeves, ha sido señalada por expertos debido a las políticas fiscales y de endeudamiento implementadas. El país enfrenta un nivel de deuda pública que supera el 96 % del PIB, y el costo por intereses es históricamente elevado.
El panorama social tampoco ayuda. Uno de cada cinco británicos en edad laboral está fuera del mercado, una cifra que, aunque ha bajado desde su punto más alto, sigue superando los niveles prepandemia. A esto se suma la creciente ansiedad social en torno a la inmigración, intensificada por propuestas polémicas como la de Reform UK, que plantea deportaciones masivas como solución electoral.
Francia: crisis política y bloqueo institucional
Francia vive un momento político delicado. Tras las elecciones legislativas de 2024, el presidente Emmanuel Macron perdió el control del Parlamento, dejando al primer ministro François Bayrou a merced de una oposición decidida a bloquear su programa.
Este debilitamiento institucional ha paralizado reformas clave y ha colocado al Ejecutivo en la cuerda floja. La moción de censura anunciada para septiembre responde al descontento general con el plan presupuestario de 2026, que incluye recortes sociales e incrementos fiscales con el objetivo de reducir un déficit público en crecimiento.
La deuda pública francesa supera ya el 113 % del PIB, una de las más altas de la eurozona, lo que agrava la percepción de inestabilidad. Desde el propio gobierno se ha advertido que el país está muy cerca del sobreendeudamiento, y la falta de apoyo legislativo hace aún más incierto su futuro económico.
Alemania: desaceleración industrial y erosión del empleo
En Alemania, el gobierno del canciller Friedrich Merz enfrenta su propio laberinto económico. Aunque su administración llegó con promesas de reactivación, el país se mantiene en contracción, y la actividad industrial sigue en descenso.
El segundo trimestre registró una caída del 0,3 % en el PIB, y sectores clave como la automotriz y la manufactura reportan fuertes pérdidas de empleo. Desde 2019, se han perdido alrededor de 250.000 puestos de trabajo en el país, siendo la industria automotriz la más golpeada.
Además, el respaldo ciudadano al gobierno se debilita. La coalición gobernante ha perdido popularidad frente a partidos como Alternativa para Alemania (AfD), que ya iguala en apoyo a la alianza CDU/CSU.
Analistas coinciden en que uno de los errores estratégicos de la Unión Europea fue avanzar hacia una transición energética abrupta, sin prever las consecuencias sobre industrias pesadas dependientes de energía barata. La desvinculación del suministro ruso ha provocado una pérdida de competitividad que pone en jaque la base industrial del continente.
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