EE.UU. reactiva el Comando Sur como eje de su nueva estrategia militar en América Latina

La llegada del portaaviones Gerald R. Ford marca un punto de inflexión en la expansión del poder naval estadounidense en el Caribe

La confirmación de la llegada del portaaviones USS Gerald R. Ford al área de responsabilidad del Comando Sur de Estados Unidos (USSOUTHCOM) no es solo una maniobra militar: representa la consolidación de una nueva etapa de proyección estratégica en América Latina. Con esta acción, Washington refuerza el papel del Comando Sur como su plataforma principal de operaciones en el hemisferio occidental, en medio de una creciente tensión con Venezuela y de un discurso que retoma los postulados clásicos de la Doctrina de Seguridad Nacional.

El despliegue —autorizado por el presidente Donald Trump y ejecutado por el secretario de Guerra, Pete Hegseth— sitúa al Gerald R. Ford, el portaaviones más avanzado y de mayor tamaño del mundo, en aguas del Caribe, con una flota de ataque integrada por ocho buques de guerra, un submarino nuclear, aviones F-35 y más de cuatro mil efectivos. Según el Pentágono, la operación tiene como objetivo “interrumpir las actividades ilícitas y desmantelar las Organizaciones Criminales Transnacionales”, pero su escala y ubicación despiertan lecturas geopolíticas más amplias.

El Comando Sur, con sede en Doral, Florida, ha sido históricamente el brazo militar de la política exterior estadounidense hacia América Latina. Su creación formal en 1963 respondió a los lineamientos de la Guerra Fría y a la necesidad de mantener una estructura de control militar sobre el continente. Hoy, más de seis décadas después, el USSOUTHCOM vuelve a ocupar un lugar central en la estrategia hemisférica de Washington.

El despliegue del Gerald R. Ford coincide con una serie de operaciones coordinadas por el Comando Sur en el Caribe, y con la reciente visita de su entonces jefe, el almirante Alvin Holsey, a Surinam. Su posterior renuncia, presentada sin explicaciones, ha avivado las especulaciones sobre tensiones internas en el Pentágono y sobre la naturaleza real de las operaciones en curso. Analistas advierten que el nuevo enfoque del Comando Sur apunta a una mayor autonomía operativa y a un incremento de su presencia física en la región, con énfasis en el Caribe y el Pacífico suramericano.

La militarización del Caribe

La Marina estadounidense ha reconocido que desde el inicio de las operaciones en agosto se han destruido al menos veinte embarcaciones y se han registrado más de setenta muertes en ataques atribuidos a grupos narcotraficantes. Sin embargo, gobiernos de la región, entre ellos Venezuela y Colombia, han denunciado que las acciones constituyen ejecuciones extrajudiciales y violaciones al derecho internacional.

En Caracas, el régimen de Nicolás Maduro respondió ordenando un “despliegue masivo” de fuerzas terrestres, aéreas, navales y misilísticas en todo el territorio nacional. El Ministerio de Defensa venezolano calificó la maniobra estadounidense como una “provocación imperial” y reiteró su compromiso con la defensa del país ante “cualquier agresión extranjera”.

La presencia del Gerald R. Ford frente a las costas venezolanas tiene además un valor simbólico: coloca nuevamente al Caribe en el centro de la disputa estratégica global. El Comando Sur, que durante años operó en un segundo plano, retoma así un rol protagónico que recuerda los tiempos de las intervenciones directas y la política de contención durante la Guerra Fría.

La reactivación del Comando Sur ocurre en un contexto donde la seguridad y el control de los recursos naturales se han fusionado en un mismo discurso estratégico. La exjefa del Comando Sur, generala Laura Richardson, lo expresó sin ambages al destacar que América Latina “tiene el 60% del litio del mundo” y que Estados Unidos “debe aprovechar esa riqueza”. Sus palabras sintetizan la continuidad de una doctrina que, bajo nuevos argumentos —narcotráfico, terrorismo o estabilidad regional—, busca garantizar el acceso a los recursos estratégicos del continente.

América Latina como “Zona de Paz”

Frente a este nuevo escenario, los gobiernos de Venezuela, Cuba y Colombia, entre otros, han reiterado la necesidad de preservar a América Latina y el Caribe como una “Zona de Paz”, principio adoptado por la CELAC. Este marco rechaza toda forma de intervención militar extranjera y promueve la cooperación y la soberanía de los pueblos del continente.

Sin embargo, la llegada del Gerald R. Ford y la intensificación de operaciones bajo la égida del Comando Sur parecen desafiar esa aspiración. La militarización del Caribe y la expansión del poder naval estadounidense refuerzan la percepción de que Washington busca reinstalar un esquema de control hemisférico, adaptado a los desafíos del siglo XXI.

La maniobra del Comando Sur no solo altera el equilibrio de fuerzas en el Caribe, sino que envía un mensaje de advertencia a los gobiernos que mantienen políticas autónomas o contrarias a los intereses de Estados Unidos. La combinación de despliegue militar, discurso antidrogas y presión diplomática revela una estrategia integral de reposicionamiento en América Latina.

En palabras del propio almirante Holsey, pronunciadas días antes de su renuncia: “Somos una organización de combate. Nuestro deber fundamental es garantizar la seguridad del pueblo estadounidense”. La frase, en apariencia rutinaria, resume la lógica detrás de esta nueva ofensiva: una seguridad concebida más allá de las fronteras, sostenida por la expansión del Comando Sur y por la presencia del portaaviones más poderoso del planeta en las aguas del Caribe.

Con el Comando Sur al mando, el Caribe vuelve a ser el epicentro del poder militar estadounidense —una frontera donde, una vez más, se mide la influencia y el destino de América Latina.

Fotos: X

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