Recientemente tuve la oportunidad de entrevistar largamente al sociólogo alemán Heinz Dietrich; Heinz tuvo alta influencia programática e ideológica en la primera oleada de gobiernos progresistas en América Latina. Sus postulados fueron estudiados —sin pestañear— por Rafael Correa, Evo Morales, la izquierda cubana y particularmente por Hugo Chávez. Las innovadoras y sustentadas ideas de Heinz dieron marcos discursivos a Hugo Chávez para demarcar su proyecto político y social para Venezuela, llamándolo el socialismo del siglo XXI.
Heinz, con desaliento, comentó que el único socialismo del siglo XXI que logró Chávez fue un socialismo discursivo, que usó ese concepto como “branding”, pero que nunca se encaminó en la construcción de un modelo de economía de equivalencias. Siendo “el socialismo de Chávez” más una herramienta mercadológica que un proyecto colectivo transformador.
La Cuarta Transformación tiene su propio branding. Lo ha sido, desde la campaña de AMLO a la Jefatura de Gobierno en el Distrito Federal, el “por el bien de todos, primero los pobres”. Indudablemente ha sido un eslogan que ha impactado positivamente en la vida de millones de personas, haciendo realidad, como nunca antes, la movilidad social de más de 30 millones de personas que salieron de la situación de pobreza.
Lo anterior fue posible gracias a la eficiencia de los programas sociales —becas, pensiones, etcétera— y al aumento sustancial del salario mínimo. Pero, después de los apoyos sociales, ¿qué sigue? En términos discursivos, ¿qué ha ocurrido?
Cuando pregunté en la entrevista a Heinz si había una relación entre autodefinirse de izquierda con la ética, o si se podía autodenominar alguien como “de izquierda” a pesar de mentir, robar y traicionar, Heinz dijo que no. Que hay una estricta relación entre ser de izquierda y tener ética política, entre ser de izquierda y actuar en consecuencia a un proyecto colectivo.
Ese fue uno de los grandes éxitos de López Obrador: su consecuencia. La congruencia personal de ser el mismo antes, durante y después de la campaña. Y vaya que tuvo una larga campaña. Fue el mismo hombre, fuera de algún performance: despeinado, poco cuidadoso con las arrugas de las camisas, de trajes holgados y, no en pocos momentos, de zapatos sucios.
Su encanto fue estar cerca del pueblo, incluso en la apariencia física.
La clase política morenista se ha alejado kilométricamente de esos estándares. Contrario a ello, las polémicas son estruendosas, solo acalladas por el nacimiento de nuevas polémicas, donde el despilfarro, el cinismo y la insensibilidad social se han vuelto argumentos indiscutibles para la derecha mediática, probando el desgaste narrativo de la Cuarta Transformación.
Noroña, que alguna vez fue pueblo, hoy vive aferrado a los vuelos de primera clase. Se volvió adicto a las camas dentro de los aviones, no recordando —ni en sueños— aquellas absurdas protestas en las que se negaba a pagar el IVA de un Boing de Mango.
El Senado de la República se convirtió en una auténtica pasarela de modas, donde no solo destacan los costosos vestidos de diseñador de las legisladoras, sino también su propio salón de belleza, a unos metros del pleno.
Finalmente, el presidente de la “renovada” Suprema Corte de Justicia ha hecho méritos absolutos de cómo desgastar un discurso reivindicativo en tiempo récord. Superó, en tan solo una semana, el escándalo de las camionetas —que no discuto su adquisición, sino su justificación—, en el inexistente ahorro de los mil millones de pesos por comprarlas; al trato más soberbio y profano que un vil burócrata puede darles a sus viles subalternos.
El ministro que quiso emular a Benito Juárez olvidó que el Benemérito de las Américas careció, incluso en su mandato como presidente, de buen calzado. No son pocos los testimonios que relatan que Juárez tenía en su haber no más de dos pares de zapatos; uno de ellos con un hoyo reivindicatorio de su desinterés material.
El ministro Hugo Aguilar posó para los astutos camarógrafos anónimos, mientras la vocera de la Suprema Corte le daba una voleada a sus Ferragamo, postrada y de rodillas, sin rubor y sin dignidad.
Noroña, Andrea Chávez y Hugo Aguilar, ¿son de izquierda?
Si ellos no lo son, ¿quiénes sí?
Que lance la primera piedra el que esté libre de Prada.












