La reciente decisión del Gobierno de Guatemala de trasladar a líderes de pandillas a celdas sin privilegios ha generado preocupación entre sectores que advierten sobre la adopción de un modelo punitivo extremo, similar al aplicado en El Salvador, y sus posibles implicaciones en materia de derechos humanos.
El presidente Bernardo Arévalo de León confirmó el traslado de reos de alto perfil, entre ellos Aldo Ochoa Mejía, señalado como cabecilla de la pandilla Barrio 18, a espacios de reclusión con condiciones estrictas de aislamiento y control total, una medida que el Ejecutivo presenta como necesaria para recuperar el control del sistema penitenciario.
Desde el Gobierno se argumenta que la decisión responde a exigencias realizadas por los internos a inicios de año, las cuales derivaron en motines simultáneos en varios centros carcelarios. Arévalo sostuvo que su administración no permitirá presiones de estructuras criminales; sin embargo, organizaciones civiles y analistas advierten que la eliminación absoluta de condiciones dignas puede vulnerar estándares internacionales.
Los motines registrados el 17 de enero dejaron en evidencia la fragilidad del sistema penitenciario guatemalteco. Un día después, el país vivió una escalada de violencia, con el asesinato de 11 policías, atribuido a presuntos pandilleros como represalia, hechos que el Gobierno utiliza como justificación para endurecer aún más el régimen carcelario.
Los reos fueron trasladados a la prisión de alta seguridad Renovación I, ubicada en Escuintla, una instalación que ya había sido señalada por problemas estructurales y daños tras disturbios previos. Según las autoridades, el objetivo principal es romper cualquier vínculo entre los internos y el exterior, especialmente para frenar extorsiones y órdenes criminales emitidas desde prisión.
Celdas tipo contenedor bajo cuestionamiento
Las nuevas áreas de reclusión están compuestas por contenedores de transporte adaptados como celdas, con espacios reducidos, barrotes y ventilación limitada. Aunque el Ejecutivo defiende esta infraestructura como una solución temporal de seguridad, especialistas en derechos humanos cuestionan si estas condiciones cumplen con los mínimos de trato digno establecidos por normas internacionales.
La confrontación entre el Estado y las pandillas Barrio 18 y Mara Salvatrucha se ha intensificado desde 2025, cuando se evidenció que masacres y extorsiones eran coordinadas desde el interior de las cárceles, lo que expuso no solo el poder de las estructuras criminales, sino también la debilidad institucional del sistema penitenciario.
Más cárceles, menos reforma institucional
Como respuesta estructural, el Gobierno anunció la construcción de dos cárceles de máxima seguridad, una en Izabal y otra en Masagua, proyectos que buscan reducir el hacinamiento, que actualmente supera el 340%. No obstante, críticos señalan que la apuesta por más encierro y mayor dureza no va acompañada de una reforma profunda en materia de derechos, reinserción y profesionalización penitenciaria.
El ministro de la Defensa, Henry Sáenz, reconoció que la crisis se ha visto agravada por la colaboración de personal penitenciario y policial con los reclusos, una problemática asociada a bajos salarios, precariedad laboral y falta de formación, factores que no se resuelven únicamente con nuevas prisiones.
Mientras avanzan los proyectos, el Ejército de Guatemala mantiene vigilancia perimetral y control de comunicaciones, una participación que, aunque presentada como temporal, abre el debate sobre la militarización del sistema penitenciario y sus riesgos para el respeto a los derechos humanos.
Foto: Redes













