Durante más de seis décadas, la presencia de profesionales cubanos en América Latina ha sido una constante en los momentos de mayor necesidad social. Médicos en aldeas remotas, brigadas tras terremotos, entrenadores en comunidades marginadas: la cooperación internacionalista de Cuba ha marcado la historia reciente de la región y ha sido, al mismo tiempo, símbolo de solidaridad y blanco de disputas geopolíticas.
Hoy ese modelo enfrenta una nueva ofensiva. Guatemala anunció el inicio de la retirada progresiva de médicos cubanos, en un contexto de presión directa del gobierno del presidente Donald Trump, que ha colocado las brigadas médicas en el centro de su política hacia Cuba.
Guatemala se suma a la retirada regional
El Ministerio de Salud guatemalteco informó que comenzará “un proceso de finalización progresiva” de la brigada cubana, integrada por 412 trabajadores sanitarios, incluidos 333 médicos, desplegados en distintos niveles del sistema de salud del país.
El programa, iniciado en 1998 tras el restablecimiento de relaciones diplomáticas durante el gobierno de Álvaro Arzú, permitió durante casi 30 años cubrir vacíos críticos en comunidades rurales y zonas de difícil acceso. Guatemala, con más de 18 millones de habitantes y fuertes desigualdades territoriales, encontró en el personal cubano una respuesta inmediata donde el Estado no lograba atraer médicos locales.
El gobierno del presidente Bernardo Arévalo argumentó que la decisión responde a un “análisis técnico” orientado a fortalecer el sistema nacional, y anunció un plan de sustitución escalonado que incluirá contratación de personal local e incentivos para plazas remotas.
Sin embargo, el contexto político es ineludible. Desde el regreso de Trump a la Casa Blanca y particularmente tras la captura en enero del presidente venezolano Nicolás Maduro, Washington ha intensificado su presión sobre los gobiernos latinoamericanos que mantienen convenios médicos con La Habana.
En febrero del año pasado, el secretario de Estado Marco Rubio anunció restricciones de visas contra funcionarios cubanos vinculados a las misiones médicas y extendió las sanciones a funcionarios de gobiernos extranjeros relacionados con esos programas. Rubio acusó a Cuba de “explotación laboral” y sostuvo que las brigadas “enriquecen al régimen”.
La embajada estadounidense en Guatemala reforzó esa narrativa con mensajes en redes sociales en los que cuestionó la formación de los médicos cubanos y calificó el programa como un problema de derechos humanos, sin presentar públicamente los informes en los que dijo basarse.
Guatemala no es un caso aislado. En los últimos meses también han puesto fin o modificado sus acuerdos Paraguay, Bahamas y Guyana. En el caso guyanés, el gobierno anunció que los profesionales cubanos serían contratados de forma directa e independiente. Panamá ha sido mencionado en la discusión regional sobre revisión de convenios, mientras que en el Caribe oriental el primer ministro de Santa Lucía denunció presiones estadounidenses para frenar la capacitación médica en Cuba.
El patrón es claro: Washington busca desmontar progresivamente la red sanitaria que durante décadas Cuba tejió en el continente.
Medicina en el territorio: entre solidaridad y disputa
La exportación de servicios médicos es la columna vertebral de la política exterior cubana. Desde los años sesenta, la isla envía brigadas al Sur Global, pero fue en América Latina donde el despliegue adquirió dimensión estratégica.
En Venezuela, la Misión Barrio Adentro —iniciada en 2003— llevó miles de médicos cubanos a barrios populares históricamente excluidos. En Brasil, el programa Mais Médicos incorporó a profesionales cubanos para cubrir vacantes en municipios rurales hasta su interrupción en 2018. En Haití, Chile y Ecuador, brigadas del contingente Henry Reeve intervinieron tras terremotos y emergencias sanitarias.
Para gobiernos progresistas, estas misiones representan cooperación Sur–Sur y una herramienta concreta contra la desigualdad sanitaria. Para sectores conservadores y para Washington, son mecanismos de influencia política y una fuente clave de ingresos para el Estado cubano.
Diversos estudios estiman que la exportación de servicios profesionales —principalmente médicos— genera miles de millones de dólares anuales para Cuba. Los trabajadores reciben solo una fracción del pago realizado por los gobiernos receptores, esquema que La Habana defiende como mecanismo de financiamiento de su sistema de salud universal.
La controversia es estructural: solidaridad internacional y modelo estatal de captación de ingresos conviven en una misma política pública.
De la salud al deporte: el capital humano como diplomacia
La cooperación cubana no se limita a la medicina. Entrenadores y metodólogos deportivos han trabajado durante décadas en México, Venezuela, países del Caribe y Centroamérica, exportando técnicas en boxeo, atletismo, lucha y béisbol.
Esa proyección se sustenta en el prestigio deportivo de la isla, que convirtió su formación técnica en herramienta diplomática. Si en salud la discusión es intensa, en deporte suele ser menos polémica, aunque responde a la misma lógica: capital humano como recurso estratégico en ausencia de grandes recursos financieros.
Hoy, la presión estadounidense busca fracturar esa red de cooperación regional. Guatemala, Bahamas y Guyana marcan un giro que puede extenderse si otros gobiernos ceden ante sanciones o restricciones de visado.
Más allá de la disputa ideológica, la pregunta de fondo permanece: ¿quién cubrirá las plazas médicas en las comunidades rurales cuando los cooperantes se retiren? En América Latina, donde la desigualdad territorial sigue siendo profunda, la salida de las brigadas cubanas no es solo un asunto diplomático. Es, ante todo, un asunto de salud pública.
La ofensiva contra las misiones médicas revela que, en el tablero geopolítico continental, incluso una bata blanca puede convertirse en pieza estratégica.
Foto: Redes













