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La muerte del Mencho. El trabajo de la guerra

La muerte de Rubén Oseguera no debería leerse sólo como la caída de un capo, ni como una escena final de serie criminal, tampoco como el cierre moral de una historia de buenos y malos. Si algo mostró el operativo en Tapalpa fue otra cosa, una radiografía del trabajo de la guerra en México, de su escala material, de sus capas humanas, de sus tiempos, de sus tecnologías y de la cantidad de cuerpos que pone en movimiento una sola operación para capturar a un hombre.

Cuando las autoridades dieron el parte oficial, el relato fue presentado como una operación de precisión, resultado de inteligencia nacional e internacional, planeación táctica, fuerzas especiales, fuerza aeromóvil, aviones de apoyo, cercos territoriales y reacción coordinada ante bloqueos y ataques posteriores1. Ese lenguaje es importante, no sólo por lo que dice, también por lo que deja ver sin proponérselo. Detrás de la figura del Mencho aparece una maquinaria estatal compleja, y detrás de esa maquinaria aparece una verdad más incómoda, la guerra contra el narcotráfico no es un evento excepcional, es una forma de trabajo permanente.

En la rendición de parte presentado por el general Ricardo Trevilla y por el gabinete de seguridad en la mañanera, la secuencia fue detallada con precisión castrense. Hubo seguimiento previo, localización de un hombre de confianza, vigilancia sobre una pareja sentimental, confirmación de presencia, despliegue de fuerzas especiales del Ejército y de la Guardia Nacional, helicópteros operando con secrecía, aviones de apoyo y un cerco sobre una zona residencial en Tapalpa. Luego vino lo que ya forma parte del repertorio de la violencia nacional, fuego cruzado, fuga, persecución en zona boscosa, aterrizaje forzoso de un helicóptero, heridos, muertos, traslados aéreos y la decisión de sacar los cuerpos por otra ruta para disminuir agresiones en vías públicas1, el fantasma del culiacanazo, acciones que describen una economía del despliegue.

Lo que suele perderse en la narrativa espectacular del capo abatido es el número de personas involucradas en la producción de la violencia. No hablo sólo de los líderes visibles, hablo de escoltas, operadores, halcones, pilotos, fusileros, personal de inteligencia, conductores, mandos, personal médico, equipos de comunicación, quienes sostienen bloqueos, quienes reciben órdenes, quienes las transmiten, quienes incendian todo, quienes limpian la escena, quienes blindan carreteras, quienes vuelven a abrirlas. Una guerra de esta escala no se reduce a nombres propios, se sostiene sobre trabajo humano, jerarquías, logística, disciplina y salarios, tanto en el lado estatal como en el criminal.

Por eso el dato de los bloqueos y ataques posteriores no es un detalle complementario, es central. Después del operativo, las autoridades informaron decenas de bloqueos carreteros y agresiones en varios estados, además de ataques a instalaciones, vehículos y comercios, junto con un saldo de bajas de fuerzas federales, civiles y presuntos integrantes del CJNG1. La reacción muestra que el narco no es sólo una estructura de mando, es una red territorial con capacidad de movilización rápida, de coordinación regional y de producción de caos como lenguaje político. El mensaje no era únicamente rescatar a su jefe, era demostrar que podían incendiar nodos de circulación y disputar el control del tiempo social, carreteras cerradas, ciudades alteradas, movilidad suspendida, miedo administrado, demostraron la injerencia en Estados específicos como Baja California, Michoacán, Estado de México y por supuesto Guadalajara. Cuando decimos guerra, solemos imaginar frentes definidos, ejércitos claros y objetivos lineales. Lo que vimos en Jalisco y estados aledaños fue otra cosa, una guerra distribuida, una guerra de nodos, una guerra que mezcla bosque, fraccionamiento, helicópteros, mensajería, carreteras, incendios, dinero en efectivo, armas de alto poder y circuitos regionales de mando. No es la guerra clásica, es una guerra logística. Y como toda guerra logística, depende de información.

Por eso vale la pena detenerse en un punto que puede pasar desapercibido. Las autoridades mexicanas subrayaron que hubo colaboración de Estados Unidos en el flujo de información, aunque insistieron en que la operación de campo, la planeación táctica y la ejecución fueron mexicanas1. Esa precisión importa, pero también abre una pregunta geopolítica, si la información compartida no fue de campo, entonces muy probablemente fue de capacidades de vigilancia y análisis que México todavía no posee plenamente en esa escala, imágenes satelitales nocturna de alta definición, monitoreo técnico con drones de alto rendimiento. Dicho de otro modo, la soberanía operativa puede ser mexicana y al mismo tiempo estar atravesada por una infraestructura de observación hemisférica que no controlamos del todo, esa también es una forma de intervención, una intervención que no entra con botas, entra con espionaje y datos.

En ese punto, la muerte del Mencho no sólo habla del CJNG ni del Estado mexicano, habla de una arquitectura continental de seguridad, una parte de la guerra se libra en la sierra y otra en los sistemas de información, una parte ocurre en Tapalpa y otra en centros de análisis, agencias, bases de datos y acuerdos de cooperación. Y si la inteligencia define quién aparece en el mapa, cuándo aparece y cómo se le sigue, entonces el territorio ya no es sólo geografía, también es la lectura tecnológica de ésta, la violencia contemporánea es desterritorial y reterritorializante al mismo tiempo.

Hay otro dato que no conviene dejar pasar. En el mismo parte, el general Trevilla señaló que en lo que va de la administración se han asegurado más de 23 mil armas de fuego y que alrededor de 80 por ciento son de origen estadounidense1. Esto no es nuevo, pero sigue siendo brutal, porque el Estado mexicano combate organizaciones criminales con armamento que, en gran proporción, cruza desde el mercado legal e ilegal de armas en Estados Unidos. La frontera funciona como filtro para unas mercancías y como autopista para otras, hay un discurso oficial de guerra contra los cárteles y al mismo tiempo un flujo estructural de armas que fortalece su capacidad de fuego, un doble movimiento que no es una contradicción accidental, es una condición del problema. Además, informes y coberturas sobre rastreo de armas han mostrado durante años la centralidad del mercado estadounidense en el armamento que termina en escenas criminales mexicanas2.

Entonces, qué deja la muerte del Mencho. De entrada, un golpe simbólico y operativo importante al CJNG, eso es evidente. Pero también deja una escena más grande, la evidencia de que el Estado mexicano sí despliega fuerza, sí invierte en capacidades militares y de inteligencia, sí coordina escalas federales, y aun así opera dentro de una guerra larga, costosa y estructural que no se resuelve con la caída de un solo jefe. En términos laborales, podríamos decirlo así, la muerte de un líder no desmantela la fábrica de la violencia, como lo dejaba ver El Mayo Zambada en su entrevista con Julio Scherer publicada en abril del 2010. Lo que cambia es la administración, si bien al reacomodar mandos abre disputas internas, pero la fábrica sigue ahí con sus rutas, el dinero, las armas, el mercado y el reclutamiento. También deja una imagen incómoda para el debate público mexicano. Mientras unos celebran la caída del capo como prueba de eficacia total y otros la leen como simple espectáculo, lo que el operativo mostró fue la densidad real del conflicto. No estamos frente a una pandilla grande ni frente a un enemigo externo clásico, estamos frente a una corporación criminal que opera con lógica empresarial, despliegue armado, mando regional, capacidad de reacción y trabajo precarizado, y frente a un Estado que responde con otra gran maquinaria de guerra y de administración territorial. Entre ambos, millones de personas viven el costo cotidiano de esa disputa.

La muerte del Mencho no cancela la guerra, apenas ilumina su forma. Nos deja ver que esta violencia no se sostiene sólo por maldad individual ni por “capos legendarios”, sino por trabajo organizado, por cadenas logísticas, por cooperación internacional asimétrica, por mercados de armas, por economías regionales y por una administración política del miedo. Si no leemos eso, vamos a seguir contando nombres famosos mientras la fábrica sigue produciendo reemplazos.

Referencias:

1. Mañanera del Pueblo con la presidenta Claudia Sheinbaum, 23 de febrero de 2026, parte del gabinete de seguridad y del general Ricardo Trevilla Trejo sobre el operativo en Tapalpa (canal oficial de Claudia Sheinbaum Pardo en YouTube).

    2. ATF, Firearms Trace Data Mexico 2018-2023, datos oficiales de rastreo de armas recuperadas en México y enviadas a trazabilidad en Estados Unidos

    3. Reuters, cobertura del operativo, bloqueos posteriores y contexto de la operación contra Rubén Oseguera en Jalisco

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