En política, la verdad no siempre gana. Gana la historia que logra imponerse.
Durante años estudiamos la política, desde la teoría de la elección racional, en la que los individuos eligen con base en un análisis de costo-beneficio. Como si el ciudadano decidiera únicamente con base en información objetiva, comparando datos, evaluando resultados y eligiendo racionalmente.
Pero la realidad es otra.
Hoy, la política no se gana con los mejores datos o información, sino con historias que muevan las emociones del electorado. Ya lo dijo George Lakoff en su obra clásica No pienses en un elefante, “la gente vota más por sus valores y por sus identidades, que por sus intereses económicos”.
Basta observar cualquier coyuntura reciente. Ante un mismo hecho —una crisis de seguridad, una decisión económica o un escándalo público— no existe una sola interpretación, sino múltiples relatos en disputa. Mientras unos hablan de “hechos aislados”, otros posicionan “una crisis estructural”. Mientras un gobierno comunica “avances históricos”, sus opositores insisten en “retrocesos alarmantes”.
¿Quién tiene la razón?
La pregunta, aunque incómoda, puede ser equivocada.
Porque en la arena pública contemporánea, lo que está en juego no es únicamente la verdad de los hechos, sino el significado que se les atribuye. Y ese significado no surge de manera espontánea: se construye, se encuadra y se comunica estratégicamente.
Eso es el relato del poder.
No se trata solo de lo que ocurre, sino de cómo se cuenta. No es el hecho en sí, sino la historia que lo vuelve comprensible, emocionalmente relevante y políticamente útil.
Un buen relato político simplifica la realidad, identifica culpables, ofrece certezas y, sobre todo, conecta con las emociones. Por eso, muchas veces, una narrativa eficaz puede pesar más que una evidencia sólida. Porque las personas no reaccionan únicamente a datos, sino a interpretaciones que les hacen sentido.
Aquí es donde la comunicación política deja de ser un accesorio y se convierte en el núcleo de la disputa por el poder.
Las campañas ya no solo compiten por votos, compiten por imponer marcos de interpretación. Los gobiernos ya no solo administran, también narran. Y la oposición no solo critica: construye contra-relatos para resignificar la realidad.
En este contexto, entender la política exige algo más que informarse: implica aprender a leer entre líneas, a identificar intenciones, a cuestionar encuadres.
Pero esta comprensión también abre una pregunta inevitable:
¿Todo relato es válido?
Si la política se ha convertido en una disputa narrativa, ¿dónde queda el límite entre comunicar y manipular? ¿Entre simplificar la realidad y distorsionarla? ¿Entre persuadir y engañar?
No todo lo que conecta con la ciudadanía es ético. Y no toda narrativa eficaz es responsable.
El riesgo de nuestro tiempo no es solo la desinformación, sino algo más sofisticado: la construcción de verdades parciales que parecen completas, relatos que no necesariamente mienten, pero que seleccionan, omiten y enfatizan con un propósito claro.
Ahí es donde el relato del poder deja de ser una herramienta de comunicación y se convierte en un instrumento de control.
Por eso, esta columna busca desmitificar la comunicación política, mostrar cómo se está construyendo aquello en lo que pensamos y cómo se crea esa mente colectiva. No pretende ofrecer respuestas absolutas, sino herramientas para cuestionar las versiones que circulan en el espacio público.
Porque en un entorno donde múltiples actores compiten por imponer su historia, la verdadera ventaja no está en creer la narrativa más convincente, sino en entender quién la construyó, para qué y con qué intención.
Al final, la política no solo se decide en las urnas.
Se decide, todos los días, en el terreno más invisible y más poderoso de todos: el de las historias que elegimos creer.
@fernandotrejolugo













