Columnas

PRI, memes y la política de decir sin decir

El Instituto Nacional Electoral no prohibió de manera general que el PRI utilizara la palabra “narcopartido”. La Comisión de Quejas y Denuncias ordenó retirar o modificar publicaciones específicas de Alejandro Moreno y del partido porque, en un análisis preliminar, podían atribuir a Morena vínculos con el narcotráfico sin sustento fáctico. También rechazó impedir anticipadamente que expresiones semejantes fueran utilizadas en el futuro. No obstante, el PRI redujo toda esa discusión jurídica a una idea mucho más sencilla y políticamente rentable: «el gobierno y el árbitro electoral intentaban censurar a la oposición»

La respuesta digital fue hábil: ocultar parcialmente la palabra cuestionada y dejar que la ciudadanía la completara. El mensaje ya no necesitaba escribirse porque el contexto permitía reconstruirlo. Así, la restricción dejó de funcionar como obstáculo y se convirtió en el centro de la campaña. El PRI consiguió decir sin decir, multiplicó el alcance de la expresión y trasladó el debate desde la veracidad de sus acusaciones hacia la supuesta censura de la autoridad. No ganó jurídicamente la discusión cautelar, pero sí conquistó momentáneamente la conversación.

Ahí radica la eficacia del meme político. Su función no consiste en explicar un expediente, demostrar una acusación o desarrollar una propuesta, sino en simplificar una controversia hasta convertirla en una imagen fácilmente reconocible. El humor, la ironía y los mensajes breves atraen una atención desproporcionada en las redes sociales, aumentan la recordación y pueden llevar asuntos políticos hasta públicos que normalmente no consumirían contenidos partidistas.

Pero una comunicación eficaz no es necesariamente una comunicación responsable. Que una etiqueta sea ingeniosa, compartible o memorable no significa que sea verdadera. Acusar a un partido o a sus integrantes de mantener vínculos con el crimen organizado exige pruebas, investigaciones y responsabilidades individualizadas. Cuando la repetición sustituye a la evidencia, el meme deja de ser solamente una pieza humorística y se convierte en un dispositivo para sembrar asociaciones que pueden sobrevivir incluso después de que la acusación haya sido desmentida.

El PRI demostró que todavía sabe provocar, adaptarse al lenguaje digital y permear en el imaginario colectivo. Sin embargo, el episodio también deja una lección más amplia sobre el ecosistema contemporáneo de la comunicación política: la disputa ya no ocurre únicamente en el terreno de los argumentos, sino en el de la atención, la viralidad y la capacidad de condensar mensajes complejos en formatos simples y compartibles. En ese sentido, Morena —y en general cualquier fuerza política que aspire a competir en el espacio digital— no puede limitarse a reaccionar o a descalificar estas dinámicas, sino que debe aprender a producir este tipo de materiales, comprender su lógica, adaptarse al ecosistema digital e incursionar activamente en estos dispositivos propagandísticos, sin perder de vista la responsabilidad ética y la necesidad de sostener sus propias narrativas con evidencia y coherencia.

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