Cuando el poder deja de confiar en la competencia, empieza a modificar las reglas para blindarse. Lo vemos en la política y también en el fútbol.
Hemos visto intentos de romper las reglas democráticas cuando los resultados ya no favorecen a quienes históricamente han controlado el poder. Desde el asalto al Capitolio de Estados Unidos alentado por Donald Trump o el intento de Jair Bolsonaro y sus seguidores de desconocer el resultado electoral en Brasil.
En el fútbol ocurre algo parecido. Cuando la competencia amenaza al negocio, se elimina la competencia.
“¿Cómo puede ser que un país futbolero, con canchas prácticamente en cada colonia y municipio, donde millones de niñas, niños y jóvenes crecen con un balón en los pies, esté perdiendo terreno frente a otras competencias?”
Lo que debía ser una decisión extraordinaria por la pandemia, terminó utilizándose para eliminar el ascenso y descenso, consolidando un modelo de liga cerrada, donde el mérito deportivo dejó de ser suficiente para llegar a la máxima categoría.
México tiene talento, tiene afición, tiene infraestructura y tiene una enorme cultura futbolística. Sin embargo, la Liga MX ha perdido terreno en el ámbito internacional.
¿Cómo puede ser que un país futbolero, con canchas prácticamente en cada colonia y municipio, donde millones de niñas, niños y jóvenes crecen con un balón en los pies, esté perdiendo terreno frente a otras competencias?
El problema está en el modelo.
La Liga MX se convirtió en un negocio cada vez menos exigente para sus clubes. Una liga de franquicias donde la permanencia puede estar garantizada y donde la presión deportiva disminuye. Y cuando desaparece el riesgo de descender, también desaparece uno de los principales incentivos para invertir, formar jugadores y construir procesos de largo plazo.
En las grandes ligas del mundo nadie tiene la categoría comprada. Grandes clubes han descendido, han tenido que reconstruirse y luchar nuevamente por regresar a la primera división.
En México una cúpula decidió hacer lo contrario, blindar el negocio y debilitar la competencia.
“En las grandes ligas del mundo nadie tiene la categoría comprada. Grandes clubes han descendido, han tenido que reconstruirse y luchar nuevamente por regresar a la primera división”.
La democracia necesita competencia para funcionar. El deporte también. Sin competencia, el poder se perpetúa. Sin competencia, el mérito pierde valor. Sin competencia, las reglas terminan protegiendo a quienes ya están arriba.
Porque el debate no es solamente sobre ascenso y descenso. Es sobre algo mucho más profundo:
¿Queremos un fútbol donde las reglas sirvan para proteger a los poderosos o un fútbol donde cualquiera pueda competir, ganar y conquistar su lugar?












