El 28 de agosto, Donald Trump y Delcy Rodríguez, presidenta encargada de Venezuela, anunciaron por separado un “Acuerdo Petrolero” histórico, que significa un punto de inflexión tanto para la relación bilateral Washington-Caracas como para el futuro económico y político de Venezuela, sometida a los mandatos de la Casa Blanca desde la intervención militar del 3 de enero.
Fiel a su estilo, Trump presentó el pacto energético como una gran victoria económica y geopolítica de su administración, argumentando que se trataba del “mayor acuerdo petrolero de la historia mundial”, con Estados Unidos asegurando directamente el “control mayoritario” sobre más de una quinta parte del potencial hidrocarburífero probado venezolano, lo que permitiría duplicar “con creces las reservas de petróleo estadounidenses”.
Rodríguez, por su parte, dijo que el acuerdo comprende la explotación de 17 campos petroleros que abarcan 65 mil millones de barriles de reservas probadas, con una inversión proyectada de 100 mil millones de dólares que se traducirían en más de 200 mil millones en tributos para el Estado, orientados teóricamente hacia la recuperación social y económica venezolana.
“Pero abordar esos aspectos, sin el acuerdo y sus cláusulas en mano y con el desconocimiento de los primeros contratos firmados con empresas norteamericanas, nos llevaría a un laberinto sin salida”, dice con razón William Serafino en estas mismas páginas.
Muchas dudas quedan en el aire. Preguntas que hasta ahora no tienen respuesta:
¿Qué significa exactamente “control mayoritario” anunciado por Trump?
¿Quién conserva jurídicamente la propiedad del petróleo y del subsuelo venezolano? ¿Por qué el acuerdo tiene una duración de 25 años?
¿Venezuela mantiene plena capacidad para decidir cuánto petróleo vende, a quién lo vende y a qué precio, o el acuerdo limita la posibilidad de que Venezuela establezca relaciones energéticas con China, Rusia, India, Irán u otros países?
¿Qué porcentaje de las ganancias quedará en Venezuela y qué porcentaje irá a las empresas estadounidenses?
¿Qué compromisos políticos o diplomáticos asumió Venezuela a cambio del acuerdo?
Y más allá de lo meramente técnico:
¿Cuál es el marco de desarrollo nacional que se plantea y cuáles son los criterios redistributivos ante un vuelco político-simbólico del chavismo que ha convertido al empresario inversor en su principal sujeto político?
¿Cuál es el margen de independencia comercial de la industria energética (y del país) en un contexto donde Washington apunta a transformar a Venezuela, otra vez, en su gasolinera privada?
¿Cómo desarrollar política social con un capitalismo estadounidense en fase zombi, que necesita la máxima depredación para sobrevivir?
¿Cuáles son los posibles cortafuegos geopolíticos para obtener mejores palancas de negociación en medio del auge neocolonial de la Doctrina Monroe?
Si Venezuela conserva la soberanía y la propiedad sobre sus recursos, como afirma el gobierno, ¿por qué no publicar íntegramente el acuerdo?
Como dice Serafino:
“El acuerdo puede denominarse correctamente como histórico, abordaje en el que Rodríguez y Trump coinciden plenamente. Pero no por sus características técnicas y fiscales, sino porque, políticamente, implica la cruda aceptación de que las élites dirigentes venezolanas no tienen nada más que ofrecerle a la nación caribeña que no sea un negocio petrolero lucrativo para EE.UU., mediado por el consuelo de que la renta por los barriles extraídos baste para levantarnos de la destrucción de las sanciones y los malos manejos económicos.
“Lo que evidencia el pacto es, justamente, el fracaso de las élites, hoy en un punto de tal debilidad y déficit de autonomía que los grados de separación entre adversarios-enemigos del arco político pasan por quién está cercano a Trump, a quien avala y con quien negocia. En esa trama ilegible por un lenguaje técnico neutralizador, se define el futuro de la República Bolivariana, en medio de su agrio tránsito por una pirámide de legitimidad invertida que ha transformado al jefe de la Casa Blanca en el rector del horizonte nacional”
Fotografía: Diario Red












