Esta pieza es un resumen del artículo completo de Álvaro García Linera «El proyecto cortoplacista de las derechas latinoamericanas», publicado en la revista Ant/agón el pasado 12 de septiembre.
Una ola reaccionaria avanza por todo el continente latinoamericano. Con excepción de México, Brasil —las dos potencias de la región—, Uruguay y Guatemala, el resto de los países han elegido gobiernos de extrema derecha autoritaria. Lo han hecho por una estrecha mayoría, pero son gobierno y expresan un estado de ánimo de resentimiento y agresividad política antiigualitaria de una parte de la población.
No estamos ante la tradicional derecha liberal que caracterizó al neoliberalismo triunfante en la década de 1980. La extrema derecha actual no promete un destino de paz mundial basada en los mercados, sino una apocalíptica depuración de los impíos que se oponen a las jerarquías “naturales” del patrón sobre el asalariado, del hombre sobre la mujer, de la piel “blanca” sobre el resto y de los ricos sobre los pobres. Más que una utopía, lo que enarbola es una “guerra santa” contra el comunismo, contra los migrantes, contra los derechos y los bienes públicos. Están convencidos de que en el mundo ya no hay suficiente riqueza como para compartir entre todos los seres humanos y que debe ser concentrada para usufructo de unos pocos, los “ganadores”, arrojando al resto de los perdedores a los fuegos infernales.
Esta extrema derecha fanática creció a medida que el neoliberalismo regional entró en crisis, y se convirtió en gobierno allí donde las gestiones progresistas defraudaron las expectativas de bienestar de las clases menesterosas. Pero, a diferencia de ciclos anteriores, que duraron treinta años, cabalga un proyecto societal mutilado y cortoplacista que, en lo económico, va a contracorriente de las tendencias emergentes en el mundo.
Mientras Estados Unidos, China y la Unión Europea levantan aranceles, impulsan políticas industriales y se trazan metas de soberanía energética o tecnológica, en el continente las extremas derechas gubernamentales se aferran anacrónicamente a las añoranzas de un extinto globalismo de libre mercado. Han impuesto una brutal austeridad fiscal a la espera de que la inversión extranjera directa (IED) llegue a raudales.
Pero el mundo del 2026 no es el de 1995. La IED, que alcanzó entre el 4 y el 5 por 100 del PIB mundial en la década de 1990, hoy apenas bordea el 1 por 100. En Argentina llegó al 8,5 por 100 del PIB en 1999; con el gobierno “libertario” ha caído al 0,5 por 100 en 2025. Además, es una inversión de enclave, dirigida a la extracción de materias primas y cuyas ganancias son externalizadas a los países de origen: una situación muy parecida a la economía de enclave colonial del siglo XVI.
Los “ajustes” al gasto público, la reducción de impuestos a los ricos y la privatización no representan ninguna inyección fresca de capital a la economía. Son solo modos de extractivismo depredador de recursos públicos para depositarlos en manos privadas acostumbradas al rentismo. El resultado es una economía estructuralmente estancada, proclive a incubar continuamente intensos ciclos de malestar social. Las extremas derechas latinoamericanas se han empantanado en un enmohecido neoliberalismo globalista de porvenir decapitado que tiende a convertir a los países en protectorados coloniales de las grandes potencias.
¿Por qué, pese a su prematuro fracaso económico, mantienen una base social de apoyo político que varía entre el 20 y el 40 por 100 del electorado? Las decepciones que las izquierdas y el progresismo han engendrado contribuyen, pero no es suficiente. Las extremas derechas han surgido blandiendo dos espadas: la de poner fin a alguno de los aspectos más relevantes de la crisis económica y la de resarcir moralmente a los agraviados por la crisis.
La primera espada se está desmoronando rápida e irreversiblemente; pero la segunda es agitada con flamígera destreza. El odio revanchista convertido en política de Estado contra los derechos, los migrantes, los “zurdos”, los comunistas, los indios, las feministas o cualquier atisbo de igualitarismo social desempeña el papel de una expiación colectiva. Si no hay porvenir venturoso, por lo menos que haya el placer de la crueldad ejercitada en contra de los que se consideran irreductiblemente diferentes.
Esta perversión moral de la esperanza rasga el tejido social, y sus consecuencias en la cohesión colectiva serán duraderas. La forma de combatirla no es solo mediante una furia invertida: lo que se requiere, ante todo, es una audaz restitución de una esperanza plausible en torno a un proyecto productivista y de justicia social capaz de remover los cimientos de las viejas estructuras económicas y mentales envilecidas. Porque, para que la izquierda pueda volver a tener una oportunidad de conducción de la nación, no deberá hacerlo pretendiendo simplemente administrar las condiciones del estancamiento y el desastre.












