El inicio del octogésimo primer período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York confirma la deriva más peligrosa del multilateralismo contemporáneo. Mientras el atril principal acoge los discursos rituales de las y los jefes de Estado, los verdaderos movimientos tectónicos ocurren en los pasillos. Es allí donde el imperialismo estadounidense, bajo el mandato de Trump, ha dejado de disimular su desprecio por el derecho internacional para instrumentalizar el espacio fundacional de la diplomacia mundial.
El episodio más bochornoso de esta agenda ocurrió tras la intervención del mandatario estadounidense, con la lamentable reunión del denominado «Escudo de las Américas». Un puñado de gobernantes de la región acudió al llamado de Washington para hacer gala de su sumisión, solo minutos después de que Trump dedicara su discurso a humillar a América Latina y el Caribe y a reiterar ofertas de intervención militar directa en suelo soberano con el pretexto de la lucha contra el narcotráfico. En ese escenario, la dignidad de la delegación cubana resaltó al abandonar la sala.
Lejos de articular una agenda de desarrollo o cooperación soberana, la primera medida concreta de esta alianza ha sido la imposición de sanciones colectivas coordinadas por la Casa Blanca contra 24 grupos del crimen organizado, calificados como una «amenaza inmediata y compartida». La declaración conjunta formaliza la adhesión ciega a la extraterritorialidad norteamericana.
Pero el problema de fondo no radica en la persecución del delito transnacional, sino en la perversión de las instituciones. Trump está logrando moldear el derecho internacional a la medida de sus intereses. Es la primera vez que un mecanismo de sanciones de esta magnitud se extiende en bloque a una quincena de países para subordinarlos a la «lista negra» dictada desde Washington, cerrando el acceso al sistema financiero y empresarial a quienes queden señalados por la Casa Blanca.
Este despliegue confirma una transformación nefasta. La ONU, concebida tras las ruinas de la Segunda Guerra Mundial como un espacio de encuentro y construcción de paz, está siendo la palestra bajo la presión de Washington para actuar como un tribunal de alteración del derecho internacional. Estados Unidos ya no busca la resolución pacífica de controversias ni el respeto a la autodeterminación de los pueblos; utiliza la infraestructura de las Naciones Unidas para disciplinar a la región y articular un grupo de gobiernos subordinados.
Lo que presenciamos en Nueva York con el Escudo de las Américas no es integración en búsqueda de la seguridad compartida, sino la degradación de la diplomacia regional.
Fotografía: Diario Red












