Fue sorpresa, pero no tanto. Flávio Bolsonaro ganó la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil. Con prácticamente la totalidad de las urnas computadas, el hijo del expresidente Jair Bolsonaro obtuvo 47.03 por ciento de los votos, frente a 45.16 por ciento de Luiz Inácio Lula da Silva. Poco más de dos millones de votos separaron a los dos candidatos. El resultado conduce a Brasil a una segunda vuelta el próximo 25 de octubre. Hay dos preguntas fundamentales: ¿por qué ganó Bolsonaro o, dicho de otra manera, por qué perdió Lula la primera vuelta? Y la segunda: ¿quién ganará dentro de veinte días?
La respuesta fácil, sobre todo desde algunos sectores de la izquierda latinoamericana, sería atribuir el triunfo de Bolsonaro unicamente a la intervención de Estados Unidos. Donald Trump nunca ha ocultado sus simpatías por el bolsonarismo y su deseo de contar con un gobierno ideológicamente cercano en Brasil. La influencia política estadounidense en América Latina tampoco es ninguna novedad. Sin embargo, una cosa es reconocer esta circunstancia y otra muy distinta explicar únicamente por ella el resultado electoral. Si la izquierda brasileña quiere recuperar los votos perdidos, tendrá que mirar también hacia adentro y preguntarse qué dejó de hacer y qué hizo mal.
Primera razón: el discurso soberanista no basta. Defender la soberanía nacional frente a las presiones de Estados Unidos puede ser una posición correcta y real, pero las elecciones se ganan atendiendo también las necesidades concretas de la población. La gente vota con la historia, con sus convicciones políticas y con sus simpatías ideológicas, pero también con el bolsillo. Al ciudadano común le preocupa cuánto cuesta llenar el refrigerador, pagar la renta, transportarse, comprar medicamentos y llegar al final de la quincena. Cuando existe una distancia entre los indicadores macroeconómicos y la economía familiar, generalmente las urnas terminan cobrándola.
Segunda razón: los escándalos de corrupción continúan siendo una pesada carga para Lula y para el Partido de los Trabajadores. No importa solamente lo que jurídicamente ocurrió con los procesos contra Lula, sino la percepción que permanece en una parte importante de la sociedad brasileña después de décadas de denuncias, investigaciones y escándalos. Bolsonaro explotó nuevamente esa herida. La política se construye con hechos, pero las elecciones también se deciden mediante percepciones. El Partido de los Trabajadores nunca consiguió cerrar completamente ese expediente frente a millones de brasileños y la derecha convirtió nuevamente la corrupción en uno de sus principales instrumentos de campaña.
Tercera razón: la vida cotidiana. Brasil presenta indicadores económicos que cualquier gobierno quisiera presumir, pero una parte importante de la población no siente esa mejoría en su bolsillo. Alrededor del 82 por ciento de las familias tiene alguna deuda y prácticamente la mitad de los brasileños reporta dificultades relacionadas con sus ingresos. Ésta es una contradicción fundamental para entender la elección. Puede mejorar el empleo, disminuir la desigualdad y mantenerse controlada la inflación, pero si millones de personas viven endeudadas, cualquier discurso gubernamental sobre prosperidad pierde eficacia. Las estadísticas pueden decir una cosa mientras la tarjeta de crédito, la cuenta bancaria y el refrigerador dicen otra.
Cuarta razón: el desgaste de Lula. Nadie puede negar su importancia histórica. Durante más de cuatro décadas ha sido uno de los principales dirigentes políticos y sociales de América Latina. Fue líder sindical, fundador del Partido de los Trabajadores, candidato presidencial, presidente, preso, nuevamente candidato y otra vez presidente. Ha resurgido políticamente en numerosas ocasiones cuando muchos lo consideraban terminado. Pero Lula tiene 80 años y su movimiento no preparó adecuadamente la sucesión. Éste es quizá uno de los mayores errores del lulismo. Construyó un movimiento político extraordinariamente poderoso, pero demasiado dependiente de la figura de su fundador.
Ahora viene la verdadera elección. Los votos de la primera vuelta colocan a Flávio Bolsonaro como favorito, pero una ventaja inferior a dos puntos porcentuales no significa una elección resuelta. Bolsonaro necesita conservar prácticamente todos los votos obtenidos y atraer una parte importante de quienes apoyaron a los candidatos eliminados. Lula, por su parte, necesita movilizar a quienes se abstuvieron, recuperar electores desencantados y convencer a los sectores moderados de que su proyecto ofrece mayor estabilidad. Los aproximadamente siete puntos porcentuales que votaron por otras opciones serán importantes, pero igualmente decisiva será la capacidad de ambos candidatos para conquistar a quienes simplemente decidieron no acudir a las urnas.
Primer escenario: Flávio Bolsonaro gana la Presidencia. Sería el regreso de la derecha al gobierno de la democracia más grande y de la principal economía de América Latina. También representaría otro avance de las fuerzas conservadoras internacionales y fortalecería la estrategia continental de Donald Trump. Bolsonaro llegaría, además, acompañado por una derecha fortalecida en el Congreso, lo que podría facilitar algunos de sus proyectos. No sería simplemente una alternancia presidencial. Representaría un cambio profundo en la orientación política de Brasil y tendría consecuencias inmediatas sobre el equilibrio ideológico latinoamericano, las relaciones con Estados Unidos, el BRICS y los procesos de integración regional.
Segundo escenario: Lula resurge, una vez más, como el ave fénix. No sería la primera ocasión. Quienes conocen su historia saben que nunca debe darse políticamente por muerto. Tiene veinte días para convertir la elección en una disyuntiva entre dos modelos de país y movilizar al enorme movimiento político y social que ha construido durante cuarenta años. Necesita hablar menos de sí mismo y más de los problemas concretos de los brasileños. Necesita convencer a quienes alguna vez votaron por él y hoy están decepcionados. Sobre todo, necesita recuperar la esperanza. El miedo a Bolsonaro puede movilizar votos, pero difícilmente será suficiente para ganar.
Existe un tercer escenario, independientemente de quién resulte vencedor: una elección tan cerrada que profundice la polarización y coloque a Brasil frente a un periodo de inestabilidad política. Una diferencia mínima podría alimentar acusaciones, movilizaciones y desconocimientos del resultado. Brasil ya conoce los peligros de llevar la confrontación política más allá de los límites democráticos. La responsabilidad de Lula y Bolsonaro consiste, por ello, en garantizar que la disputa permanezca dentro de las instituciones y que el derrotado reconozca los resultados. Una democracia no solamente se demuestra ganando elecciones; se demuestra, principalmente, aceptando democráticamente cuando se pierden.
Cosas de la vida y de la política. Donald Trump y la derecha internacional pueden presumir avances electorales en distintos países latinoamericanos, y una victoria de Flávio Bolsonaro convertiría a Brasil en su conquista política más importante en la región, después de las elecciones legislativas en Argentina; así como las presidenciales en Colombia y Chile. Sin embargo, dentro de unas semanas Estados Unidos celebrará sus propias elecciones intermedias y ahí Trump tendrá que demostrar si su fuerza internacional corresponde con su respaldo interno o como dice el dicho, candil de la calle y oscuridad de su casa.
Mientras tanto, Brasil decidirá entre dos proyectos antagónicos. Bolsonaro parte adelante, Lula está contra las cuerdas, pero faltan veinte días. En política, veinte días pueden ser una eternidad. Ya veremos.
Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.
@onelortiz












