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Brasil: el triunfo como odisea

Columna de Sergio Tapia.

Los números estaban en contra. La narrativa predisponía, de forma que se antojaba inevitable, a la derrota. Las encuestas —todas—, los medios de comunicación —todos—, los mercados de apuestas inclusive —que son tal vez la más franca presentación de resultados futuros en el capital, toda vez que se dirigen a obtener ganancias— decían que esta vez, Luiz Inácio “Lula” da Silva iba a perder la elección.

Las predicciones originales daban otros resultados. Para la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil, los números se antojaban cerrados, pero con una tendencia favorable al actual presidente y candidato del Partido de los Trabajadores, quien, con un poco de suerte, podría llegar incluso a ganar en primera vuelta. Si eso no pasaba, sin embargo, las opiniones estaban ya divididas. Incluso ganando la primera vuelta, si Lula no conseguía cumplir con las condiciones para ganar en ella la elección, todos auguraban un destino incierto, cuando no incluso contrario a él. La gran mayoría de los candidatos restantes eran, después de todo, candidatos de derecha; gente que se opone al PT y uno pensaría que sus electores se decantarían naturalmente hacia Flávio Bolsonaro, el candidato opositor hijo del expresidente condenado por tentativa de golpe de Estado, Jair Bolsonaro.

El día de la primera vuelta, sin embargo, una sorpresa total se dio en todos los círculos de izquierda de Brasil y de América Latina toda. Bolsonaro no sólo consiguió el triunfo parcial, sino que además lo hizo peligrosamente cerca de ganar en primera vuelta (Brasil requiere para que esto suceda que el candidato vencedor obtenga más del 50% de los votos válidos totales del país) y obtuvo, casi de inmediato, el apoyo del resto de candidatos de derecha, así como de los diferentes presidentes de la región con una ideología similar.

Poco debe explicarse ya sobre lo que la familia Bolsonaro significa para Brasil y habría significado para Nuestra América. Apoyado por las iglesias evangélicas y el gobierno de Estados Unidos, con un discurso de negacionismo abierto de la violencia en las dictaduras y rechazando todo progreso social mediante el derecho y sus instituciones, este político se candidataba tan sólo por la imposibilidad de su padre —quien, reitero, está juzgado, sentenciado a 27 años y preso por su intento de golpe en 2023— de hacerlo. Sin una carrera política propia, sin haber realizado trabajo alguno fuera de la sombra de su familia, Flávio se enfrentó con una retórica incendiaria, basada en ideas de extrema derecha, al tres veces presidente de Brasil. Su propuesta política consistía, literalmente, en la entrega del país hacia los Estados Unidos y una política revanchista que perseguiría a trabajadores, jubilados, migrantes, estudiantes, beneficiarios de programas sociales, comunidades indígenas y que, en general, culpaba de todo problema social existente a las personas pobres y racializadas. Seguía, pues, el guion que desde Washington hasta la Patagonia tantos éxitos le ha dado a la derecha.

A pesar de ello, como una grata noticia que se recibe de forma inesperada, este domingo pudimos ver una odisea realizada con todas sus fuerzas por una gran parte del pueblo brasileño. Ante el cierre de carreteras generado por políticos y poderes locales en zonas de influencia del PT, el pueblo se organizó para encontrar otros caminos. Balsas, caballos, grandes caminatas. Gente tomando aviones para llegar a tiempo y lograr depositar su voto. Ancianos que salen momentáneamente de su retiro —a veces voluntario, a veces no tanto— del mundo, para integrarse y votar por el candidato 13: Luiz Inácio da Silva, Lula. El llamado ahora, después de su elección, “el tetra”.

A lo largo de las semanas que pasaron entre la primera y la segunda vuelta, existió, sin embargo, una inmensa incertidumbre. Como he mencionado, absolutamente todas las predicciones apuntaban a un triunfo de Bolsonaro, estableciendo, según ellas, una tasa de rechazo insuperable para Lula y el PT, algo que, sabemos, hace virtualmente imposible el triunfo de un candidato en una elección a dos opciones.

La derrota aparente del PT permitió, sin embargo, la conjunción de una serie de eventos totalmente afortunados. Por un lado, consiguió que muchas y muchos votantes que se asumen a sí mismos como “más a la izquierda” que el actual gobierno (ya saben, los “críticos” que exigen la expropiación absoluta de toda propiedad privada de los millonarios y la salida del sistema bancario inmediatamente, con la construcción de comunas autogestivas-militantes que sean espacios seguros queer) entendieran una situación concreta de la realidad del país en este momento: Lula o el vacío. Un vacío que no era abstracto, que no significaba “un régimen burgués más que no hace distinción con el actual”, sino que hacía peligrar su vida, sus ingresos y sus propios privilegios. En algunos casos, incluso, les hizo recordar la vieja máxima de Lenin sobre por qué es una tontería abandonar “el estado” por supuesta pureza ideológica.

Por otro lado, la victoria de la extrema derecha hizo que mucha gente que se asume de derecha se comenzara a cuestionar sobre cuál de los dos polos que pasaron para la siguiente vuelta se encontraba menos lejos de sus propios principios. Y para una gran parte de ellos, la respuesta fue Lula. A pesar de todo aquello que no aceptaban. A pesar de no estar de acuerdo con sus políticas. Porque el marco de discusión era común y, al menos con él, la existencia de ciertas reglas del debate público y los límites de lo posible eran claros y democráticos. Por ello, muchas personas votaron por él.

Finalmente, no debemos perder de vista el importantísimo trabajo que hizo el PT a nivel de territorio para convencer a abstencionistas, anulistas e indecisos para aproximarse a la candidatura de Lula da Silva. Un trabajo que continuó en las redes sociales —algo que algunas personas insisten en que “fue la diferencia”, queriendo obviamente obviar el trabajo a ras de suelo que sirvió de base para que lo virtual tuviera asidero—. Una parte muy importante de este trabajo se encontró también en el maravilloso desempeño del presidente/candidato en los debates; lugar en que demostró fácilmente su mayor conocimiento y manejo de los grandes temas nacionales, la superioridad técnica e ideológica de su proyecto de país, y al mismo tiempo, desenmascaró a un débil y claramente incapaz candidato que reunía todo elemento negativo posible: se trata de un nepobaby, es decir, una persona que tiene lo que tiene por “ser hijo de alguien”, sin experiencia real, con un sentimiento de superioridad que le hace despreciar a grandes partes del electorado, con un discurso fragmentario y contradictorio, que no resiste una aproximación analítica seria y especialmente, con una soberbia personal que cae especialmente mal en un político.

Esta combinación de factores generó un aumento inusitado en los votos recibidos por Lula, quien terminó con más de diez millones de votos en comparación con la primera vuelta, y logró por primera vez en la historia de la democracia brasileña dar la vuelta en segunda ronda.

Claramente, todas las personas no fascistas del continente —no digo “progresistas” o similares, porque en realidad es mucho más amplio: incluso los conservadores no fascistas están en este supuesto— sentimos un alivio gigantesco en que Lula y su enorme campaña hayan podido contener a toda la maquinaria internacional de los grandes capitales que lucharon para hacer que un candidato totalmente mediocre, entreguista y terrible ganara la presidencia del mayor y más fuerte país de América Latina. Pero el esfuerzo para evitar esto fue, desde mi perspectiva, titánico. Mi corazón se llena de orgullo y emoción al ver los barcos cruzando el Amazonas, las sillas de ruedas, las camillas, los bastones y andaderas dirigiéndose con una mirada de decisión total hacia las mesas de votos. Al mirar a tantas y tantos brasileños tomando vuelos nocturnos, carísimos, largos y cansados, para votar por no conseguir otra forma de hacerlo.

El problema que tengo es que me parece que no deberíamos tener que llegar a estos esfuerzos para ganarle a una opción tan claramente equivocada a nivel fáctico, tan poco efectiva para resolver nuestros problemas y tan moralmente asquerosa. Brasil realizó una odisea, pero su enemigo no era más que un monstruo terrible, pero supuestamente inepto. Y aun así, casi lo consiguen…

Si algo debemos aprender en México, es precisamente eso. Tenemos que cortar el crecimiento de esas ramas que ya hicieron raíces en el país. Encontrar un camino para que decir las cosas sin sentido que dicen ellos sea visto como hablar de que la virgen apareció en una tortilla. Que las palabras suenen a chiste mal diseñado y que sus supuestas soluciones sean vistas como lo que son: tonterías sin sentido alguno, diseñadas para engañar a los pueblos y entregarnos como ganado a Estados Unidos y los grandes capitales internacionales.

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