La noche previa a las elecciones legislativas que definirán el futuro del gobierno de Donald Trump, Estados Unidos atacó la isla iraní de Qeshm, en el golfo Pérsico, en una nueva operación militar limitada contra Irán.
Funcionarios estadunidenses describieron los ataques como operaciones de carácter defensivo destinadas a limitar la capacidad de Irán para amenazar el tráfico marítimo comercial en el estrecho de Ormuz, según informó The Wall Street Journal. Trump restó importancia al riesgo de una reanudación de la guerra e insistió en la posibilidad de alcanzar un acuerdo diplomático con Teherán.
Situada a la entrada del estrecho, Qeshm alberga una instalación subterránea de misiles, una base naval y una importante planta desalinizadora. En las últimas semanas, el Pentágono ha reforzado su presencia militar en la región y ha preparado distintas opciones para una eventual ampliación de los ataques, según el WSJ.
Pero por más estratégica que sea la isla, no parece que se trate de un ataque para escalar o para reanudar la guerra. Más bien parece un efecto distractor, fuegos artificiales, de esos que tanto le gustan a Trump, para distraernos del fiasco que se avecina en las elecciones de medio mandato.
Trump ya ha intentado por todos los medios descalificar el proceso. Antes aplicó el «método Trump», utilizado para imponer presidentes en una decena de países de América Latina: trampas, chantajes, amenazas y compra de votos. Su «ataque preventivo» a Irán parece ser la última y desesperada carta.
El republicano buscará vender algún triunfo estratégico con el ataque a la isla. Lo que resulta extraño es que opte por hacerlo precisamente antes de las elecciones, en las que buena parte del electorado cuestiona el gasto descomunal que ha significado una guerra perdida. De acuerdo con la última estimación del Pentágono entregada al Congreso, el costo de la guerra contra Irán para los contribuyentes de Estados Unidos alcanzó los 47 mil 100 millones de dólares.
Y los estadunidenses están hartos de esa guerra que ha elevado el precio del diésel a más de 6 dólares por galón.
Actualmente los republicanos tienen 218 escaños en la Cámara de Representantes, frente a los 213 de los demócratas. En el Senado, los republicanos tienen 53 de los 100 lugares. Sin embargo, las últimas encuestas auguran un gran vuelco a favor de los demócratas en el Congreso, con ventajas incluso en bastiones republicanos.
La atención que hay sobre esta elección, que tiene un carácter plebiscitario, es inédita para unas legislativas de medio término. Más de 55 millones de personas ya emitieron su voto anticipadamente y uno de los estados clave, Texas, registra un aumento de 50 % en el voto anticipado y muy previsiblemente se trata de voto demócrata.
Pero hoy no solo importa que los demócratas ganen en la Cámara de Representantes. La pregunta clave será la diferencia que consigan. Si, además, logran ganar el Senado, podría ser el punto de inflexión del trumpismo.
Muchos creen que es imposible. Como muchos pensaban, hace apenas dos semanas, que era imposible una remontada de Lula en la segunda vuelta de Brasil. Hay en estas elecciones una subjetividad distinta, una suerte de ola antitrumpista creciente provocada por los excesos del hombre que ha querido gobernar como rey.
Pronto sabremos si es suficiente para frenarlo.
Fotografía: Diario Red












