Columnas

América Latina ante la nueva confrontación imperial

En esta, primera columna del año 2026, escribo con una especial preocupación por nuestra región de América Latina, derivada de la invasión unilateral y sin ningún tipo de justificación, realizada por los Estados Unidos en Venezuela, por un lado, y de la ingente cantidad de gente que la apoya en nuestros países, por el otro.  

Entiendo que algunas personas asumen que bajo un mandato norteamericano, ellos en lo particular serían beneficiados y que su apoyo a este proceso sea derivado de esta condición. Muchos, incluso alimentan la idea, siempre difundida en la búsqueda de un cambio social profundo, de que no se trata sólo de algo que sucedería con ellos en específico, sino que los cambios serían generales: mejores condiciones de vida para todos (aunque ellos reciban siempre “un poquito más”).

En algunas ocasiones, algunos, muy pocos de quienes piensan, efectivamente mejoran en sus propias condiciones. La gente que abre las puertas a los invasores, por ejemplo, se convierten a veces en líderes de los nuevos procesos, aunque sea tan sólo de nombre -algo que mejora su estatus y sus condiciones económicas- y las pequeñas parcelas de personal capacitado local suele salir momentáneamente de lo que ellos veían como pobreza, al menos de forma temporal. Más importante aún, es quizá la diferenciación social respecto al otro, al desposeído que lentamente se veía más cerca y la recordaba que ellos eran también desposeídos, aunque pudieran comprar un poco más de cosas. Ese prurito -que hace que un freelancer brasileño se enoje de ver que “su muchacha” vaya a Disneylandia– no es poca cosa.

A pesar de ello, todos sabemos que a la larga las condiciones generales no son en realidad favorables cuando existe una intervención ajena a los intereses del pueblo. Y esto significa, siempre, cuando se realizan este tipo de intervenciones desde fuera. En el caso de Venezuela, el impacto ha sido inmediato, pues María Corina Machado, quien había recibido el premio nobel de la Paz hace tan sólo unas semanas, pensó realmente que ella sería convocada por Trump en la caída de Maduro para “reconstruir Venezuela”. Pero como en el caso de la muerte de Viriato -líder en lo que ahora sería Portugal, de la resistencia contra el imperio- recibió la misma respuesta que dio Quinto Servilio Cepión a quienes le ayudaron a derrotarlo: Roma no negocia con traidores.

Lo que ha realizado Estados Unidos en Venezuela es una más de las violaciones de ese país hacia la idea de derecho internacional, que si bien gravísima no es la única. Ese país no sólo desconoce la gran mayoría de los tratados internacionales, sino que incluso aquellos que le son obligatorios, los considera secundarios a sus propios intereses, haciendo que cualquier intento de obligarle a cumplirlos sea visto como una potencial causa de guerra o inicio de un proceso en contra de las autoridades internacionales. El mejor ejemplo está en como los jueces de la Corte Penal Internacional han sido “sancionados” por la administración de Trump por hacer su trabajo.

Por otra parte, el mayor peligro inmediato de este escenario, es el regreso de una forma política que generó las condiciones para las guerras mundiales y que por ello mismo había sido abandonada como política de las grandes potencias: la de la confrontación colonial directa. Nadie puede pensar, claramente, que los conflictos en Vietnam, Corea, Afganistán o decenas de países africanos no fueran de carácter colonial. Que el plan Cóndor o la guerra fría no fuera una pugna en un escenario geoestratégico anclado en los principios imperialistas. Pero las cosas habían cambiado, dejando de lado siempre la idea de una anexión -incluso temporal- porque eso implicaría una forma concreta de hacer política que se ha mostrado profundamente peligrosa en un mundo con varios actores poderosos.

Diferentes momentos para las condiciones de este nuevo conflicto se han articulado alrededor del mundo. Siria es un antecedente directo, así como lo es el genocidio de Israel en Gaza o los ataques a Irán y la guerra de Ucrania. Pero en cada uno de esos casos, aunque cada vez menos, la justificación partía de una lógica distinta. Lo que ahora se habla, aunque algunas personas asuman que tiene que ver “con el carácter de Trump” y no con la realidad política estadounidense, abre la puerta a un escenario diferente, donde ningún país de América Latina -o el mundo- está seguro si no se pliega a los intereses directos de las grandes potencias.

Estamos en el peor de los escenarios posibles, en este 2026. Y el año, comienza recién ahora.

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