Columnas

Barcelona y la voz de México

Durante años se instaló en México una visión parroquial de la política exterior: creer que basta con administrar la relación con Estados Unidos, asistir a uno que otro encuentro multilateral y repetir frases de protocolo. Esa lógica reduccionista olvida algo elemental: las naciones medianas, con peso demográfico, económico, cultural y geopolítico como México, no pueden darse el lujo de callar en el escenario internacional. Por eso fue relevante el viaje relámpago de la presidenta Claudia Sheinbaum a Barcelona para participar en la cumbre de gobiernos progresistas por la paz.

No se trató de turismo político ni de una postal diplomática. Fue una señal. En un momento donde la polarización, los nacionalismos excluyentes, la guerra comercial y los conflictos armados marcan la agenda global, México decidió estar presente y hablar con voz propia. Esa sola decisión ya tiene valor estratégico.

La muerte de José Mujica dejó un vacío visible en la izquierda latinoamericana y mundial. Mujica representaba algo escaso en la política contemporánea: congruencia personal. Su austeridad no era consigna, era forma de vida. Su disposición al diálogo no era pose, era convicción democrática. Su capacidad de perdonar no era debilidad, era madurez histórica. En un tiempo de líderes fabricados por mercadotecnia, Mujica era autenticidad. Lo he dicho y lo repito: el mundo necesita más Pepe Mujica y menos Trump en el poder.

Tras su partida, no existe una figura única que sintetice a la izquierda democrática continental. Lo que existe son gobiernos diversos, con matices y contradicciones, que comparten ciertas banderas: justicia social, defensa del Estado, combate a la desigualdad, transición ecológica y rechazo al autoritarismo. Aislados pueden resistir; articulados pueden influir. De ahí la pertinencia del llamado del jefe del gobierno español Pedro Sánchez para reunir en Barcelona a voces progresistas de distintos continentes.

Bien hizo Sánchez en convocar. Y bien hizo Sheinbaum en asistir.

México apareció junto a liderazgos como Luiz Inácio Lula da Silva, Gustavo Petro y otros dirigentes que entienden que la política internacional no puede quedar secuestrada entre la extrema derecha, los mercados financieros y los fabricantes de armas.

Los principales mensajes de la presidenta Sheinbaum en ese foro fueron consistentes con la tradición diplomática mexicana y con su propio discurso de gobierno. Primero, la defensa de la paz como vía superior frente a la guerra permanente. Segundo, la necesidad de combatir la desigualdad como raíz de muchos conflictos sociales y migratorios. Tercero, el impulso a una cooperación internacional basada en respeto mutuo, no en imposiciones. Cuarto, la urgencia de enfrentar el cambio climático con responsabilidad compartida. Y quinto, la reivindicación de que democracia también significa bienestar, derechos y oportunidades.

Ese enfoque coloca a México en una posición inteligente. Nuestro país no tiene vocación intervencionista, pero tampoco debe ser espectador mudo. La doctrina histórica mexicana de autodeterminación y solución pacífica de controversias no implica silencio; implica actuar sin sometimiento.

Es altamente probable que Donald Trump o su entorno reaccionen con crítica, sarcasmo o descalificación ante la presencia de Sheinbaum en esta reunión progresista. Más aún en tiempos donde avanza la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá y donde Washington acostumbra leer todo en clave doméstica. Pero México no puede diseñar cada movimiento mirando la posible rabieta de otro gobierno.

La relación con Estados Unidos es prioritaria, sin duda. Compartimos frontera, comercio, migración, seguridad y millones de vínculos humanos. Pero una cosa es reconocer centralidad y otra practicar subordinación psicológica. México necesita una relación firme, pragmática y respetuosa con Washington, mientras amplía puentes con Europa, América Latina, Asia y África.

Por eso ojalá Sheinbaum realice más viajes como este. Gobernar desde la pura lógica local empobrece la mirada. Las grillas cotidianas, los pleitos domésticos y la obsesión por la agenda interna suelen encerrar a los gobiernos en una caja pequeña. Salir al mundo permite comparar políticas públicas, atraer inversión, construir alianzas científicas, abrir mercados, posicionar causas y entender tendencias que tarde o temprano impactarán en casa.

México, además, es apreciado en muchos foros internacionales. Tiene prestigio cultural, peso económico, capacidad diplomática acumulada y una tradición histórica respetada. No partimos de cero. Lo que hace falta es presencia constante.

También sería deseable reactivar espacios de articulación política e intelectual latinoamericana como el Grupo de Puebla, fortalecer la Secretaría de Relaciones Exteriores y aprovechar mejor la diplomacia parlamentaria desde el Senado de la República. No toda conversación internacional pasa por los ejecutivos. Los congresos, universidades, ciudades, sindicatos, empresarios y organizaciones civiles también cuentan.

Diplomacia es eso: hablar, escuchar, tejer, persuadir, anticipar. No sólo firmar comunicados ni posar para la foto. Y en el siglo XXI, donde la batalla por la narrativa global es feroz, quien no comunica su visión termina viviendo dentro de la versión ajena.

Durante demasiado tiempo se creyó que la mejor política exterior era exclusivamente la interna. La frase contiene verdad parcial: un país ordenado y próspero se proyecta mejor. Pero hoy resulta insuficiente. La mejor política exterior también exige presencia, iniciativa y narrativa internacional.

La voz de México debe escucharse fuera del país más allá de la conferencia mañanera y más allá de lo que medios extranjeros quieran contar sobre nosotros. Debe escucharse en cumbres, universidades, organismos multilaterales, parlamentos y plazas públicas.

Barcelona dejó una lección sencilla: cuando México sale al mundo con dignidad, no se achica; se engrandece. Y cuando una presidenta entiende que gobernar también implica representar a la nación en el exterior, la política deja de ser provinciana para convertirse en verdadera política de Estado.

Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.

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