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BTS, Corea del Sur y la arquitectura invisible del poder suave

En la superficie, BTS parece únicamente un fenómeno musical: siete jóvenes coreanos que llenan estadios, rompen récords digitales y movilizan a millones de seguidores alrededor del mundo. Sin embargo, detrás de esa imagen pop se encuentra una de las estrategias culturales más sofisticadas del siglo XXI. BTS no es sólo entretenimiento; es la punta del iceberg de una política de Estado que convirtió a Corea del Sur en una potencia simbólica global. Comprender lo que hay detrás del grupo implica mirar más allá de la música y adentrarse en el concepto de poder suave, en la historia reciente coreana y en la forma en que una nación pequeña decidió disputar influencia en el mundo sin disparar una sola bala.

El poder suave —soft power— describe la capacidad de influir mediante la atracción cultural, los valores y el prestigio internacional. No se impone: seduce. No amenaza: persuade. Mientras el poder duro se expresa en ejércitos, sanciones o coerción económica, el poder suave opera en terrenos intangibles: cine, música, universidades, innovación tecnológica, diplomacia cultural e imagen global. En un mundo hiperconectado, donde la opinión pública internacional pesa tanto como los arsenales militares, esta forma de influencia se volvió estratégica. Estados Unidos lo entendió con Hollywood y Silicon Valley; Japón con el anime y la tecnología; Francia con su cultura y diplomacia. Corea del Sur llegó después, pero llegó con método.

Tras la crisis financiera internacional de 2008, Seúl profundizó una política cultural que ya venía gestándose desde finales del siglo XX: invertir en creatividad como motor económico y herramienta geopolítica. La llamada ola coreana —Hallyu— no fue espontánea. Fue planeación, financiamiento público, coordinación con el sector privado, educación artística, infraestructura digital y una narrativa nacional orientada al mundo. BTS emergió de ese ecosistema, no como accidente, sino como resultado.

La pregunta central es cómo una nación marcada por invasiones históricas, colonización japonesa, guerra civil en los años cincuenta y división ideológica permanente logró transformarse en referente cultural global. La respuesta combina disciplina estatal, innovación tecnológica y una ética pública que redujo drásticamente la corrupción en sectores estratégicos. Corea del Sur apostó por la educación científica, la industrialización tecnológica y la cultura exportable al mismo tiempo. No separó economía y cultura: las integró.

Quien haya visitado Corea del Sur en la última década percibe de inmediato esa transición hacia la posmodernidad tecnológica. Aeropuertos de clase mundial, transporte público impecable, conectividad digital total, ciudades seguras y una industria creativa vibrante. Pero ese paisaje no nació de la suerte. Es producto de décadas de planeación estatal sostenida, algo escaso en muchas democracias contemporáneas.

El ascenso coreano también se refleja en la competencia industrial. Automóviles (KIA) que disputan mercados a marcas japonesas, estadounidenses y europeas; pantallas y dispositivos electrónicos que dominan el consumo global (LG); innovación constante en telecomunicaciones (Samsung). Sin embargo, el verdadero salto cualitativo ocurrió cuando Corea entendió que la cultura podía generar tanto valor económico como la manufactura.

El cine coreano conquistó premios internacionales (Parásitos); la literatura obtuvo reconocimiento mundial (Han Kang); las series televisivas redefinieron el consumo digital (El Juego del Calamar); la industria cosmética se convirtió en referencia global; la gastronomía se expandió; el idioma coreano ganó estudiantes en todos los continentes. En ese entramado cultural aparece BTS como símbolo máximo: juventud disciplinada, narrativa emocional universal, estética cuidada y estrategia digital perfecta.

Pero reducir BTS a propaganda sería un error simplista. El éxito también responde a autenticidad artística y conexión generacional. La clave del poder suave no es fabricar ídolos artificiales, sino producir cultura que otros deseen adoptar voluntariamente. Corea lo logró porque combinó política pública con creatividad real. Sin talento, no hay estrategia que funcione.

El fenómeno revela además un cambio en la geopolítica cultural. Durante décadas, Occidente monopolizó la producción simbólica global. Hoy, Asia disputa ese espacio. Corea del Sur demuestra que la influencia ya no depende del tamaño territorial ni del poder militar, sino de la capacidad de contar historias que el mundo quiera escuchar.

Para México, la lección es profunda. Nuestro país posee una riqueza cultural incomparable: música, cine, gastronomía, literatura, tradiciones, creatividad popular. Sin embargo, esa riqueza rara vez se articula como estrategia de Estado. Exportamos talento individual, pero no construimos una política integral de poder suave. Corea sí lo hizo.

Imaginar un México que impulse sistemáticamente su cultura implicaría invertir en industrias creativas, proteger a sus artistas, fortalecer la educación cultural, digitalizar contenidos, proyectar una narrativa internacional coherente y vincular cultura con desarrollo económico. No se trata de copiar a Corea, sino de entender que la identidad también puede ser política pública.

Existe, sin embargo, un ángulo crítico. El modelo coreano descansa en altos niveles de presión social, competencia extrema y exigencias laborales intensas dentro de la industria del entretenimiento. El brillo global convive con tensiones internas: salud mental de artistas, estándares estéticos rígidos, disciplina casi militar en el entrenamiento. El poder suave también tiene costos humanos. Reconocerlos evita idealizaciones ingenuas.

Aun así, el balance histórico es contundente. Corea del Sur pasó de la devastación bélica a la centralidad cultural global en apenas medio siglo. Lo logró combinando Estado, mercado y cultura en una visión estratégica de largo plazo. BTS es sólo la cara visible de una arquitectura invisible mucho más compleja.

En tiempos donde las guerras tradicionales pierden legitimidad y la batalla por la influencia se libra en pantallas, redes y emociones colectivas, el poder suave se vuelve determinante. Las canciones pueden viajar más lejos que los misiles. Las historias pueden transformar percepciones más rápido que la diplomacia formal. Corea del Sur entendió esta verdad antes que muchos.

La pregunta final no es qué hay detrás de BTS, sino qué hay detrás de los países capaces de producir fenómenos como BTS. La respuesta apunta siempre al mismo lugar: educación, planeación, cultura, innovación y visión de futuro.

México posee historia, talento y creatividad suficientes para ejercer su propio poder suave. Lo que falta no es identidad, sino estrategia. Corea demuestra que incluso una nación pequeña, herida por la guerra y rodeada de tensiones geopolíticas, puede conquistar el mundo si decide hacerlo con inteligencia cultural.

Quizá la mayor enseñanza del pop coreano no sea musical, sino política: en el siglo XXI, la influencia global pertenece a quienes logran que el mundo los escuche… sin necesidad de levantar la voz.

Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.

@onelortiz

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