Las diputadas locales de Morena Nay Salvatori y Grace Palomares quedaron en el centro de una controversia después de que se viralizara un fragmento del videopodcast Descasadas, en el que hablaron sobre hombres de mayor edad mediante expresiones como que “huelen a baúl del recuerdo” o que “ya se están pudriendo”. Lo que probablemente pretendía ser una conversación irreverente terminó interpretándose como una burla basada en la edad, el deterioro físico y los estereotipos sobre el envejecimiento. La reacción provocó disculpas públicas, el deslinde de la dirigencia partidista, la intervención de la Comisión de Derechos Humanos de Puebla, el cierre del podcast, la salida temporal de Salvatori de un espacio televisivo y la apertura de un procedimiento interno en Morena.
El comentario no solo fue nefasto, prejuicioso y de mal gusto: también fue políticamente torpe. Una diputada no deja de representar a sus electores cuando sale del Congreso, enciende una cámara o participa en un programa de entretenimiento. Su cargo acompaña cada una de sus intervenciones públicas. Además, las expresiones alcanzaron a uno de los sectores más valiosos para el proyecto político al que pertenecen. Las personas de entre 60 y 79 años superaron el 70 por ciento de participación en las elecciones federales de 2024, y los mayores de 65 años estuvieron entre los grupos que más acudieron a las urnas. A ello se suma que los programas sociales destinados a adultos mayores han ocupado un lugar central en la narrativa y en la relación política de Morena con este segmento. No existe un voto completamente seguro, pero ridiculizar a uno de los públicos más participativos y políticamente favorables resulta incomprensible desde cualquier lógica estratégica.
La primera falla ocurrió antes de que estallara la polémica. No se trató de una declaración improvisada frente a una pregunta inesperada, sino de un programa grabado, producido y publicado. Hubo tiempo para escuchar el comentario, dimensionar su riesgo y eliminarlo durante la edición. Fue, por tanto, una crisis prevenible y autoinfligida.
La segunda falla apareció cuando Salvatori intentó defenderse antes de reconocer el agravio: apeló a la libertad de expresión, afirmó que se referían a hombres de entre 45 y 54 años y sostuvo que estaban jugando con los mismos criterios que históricamente algunos hombres han usado contra las mujeres. El problema de esa respuesta es que colocó en el centro la intención de quien habló y no el impacto recibido por quienes escucharon. En una crisis atribuible a la propia conducta, la estrategia adecuada no es justificar, disminuir o buscar una equivalencia moral, sino asumir responsabilidad, mostrar empatía y corregir.
La tercera falla fue construir disculpas acompañadas de reservas. Ambas legisladoras ofrecieron mensajes públicos, pero introdujeron explicaciones sobre la descontextualización, la politización del caso y el aprovechamiento de la oposición. Una disculpa que comparte espacio con culpables externos pierde fuerza porque parece diseñada para contener costos, no para reconocer el error. Después llegó una nueva contradicción: al anunciar el cierre de Descasadas, Salvatori afirmó que ya no era posible conversar con libertad, humor u honestidad sin que el contenido fuera distorsionado. Con ello volvió a presentarse como víctima y desplazó nuevamente a las personas agraviadas. La secuencia fue desordenada: primero defensa, después disculpa, luego acusación de descontextualización y finalmente victimización. Cada mensaje reabrió la conversación y prolongó una crisis que pudo reducirse con una respuesta única, rápida y sin ambigüedades.
La crisis no creció únicamente porque la oposición aprovechara el episodio, sino porque sus protagonistas fueron incapaces de reconocer el error desde el primer momento. Y el problema adquiere mayor relevancia porque su notoriedad pública comienza a construirse más alrededor de controversias mediáticas que de su trabajo legislativo. En el caso de Salvatori existe ya una secuencia de episodios recientes: la parodia sobre el accidente de estudiantes de la Ibero Puebla, su intervención precipitada en una detención ocurrida en San Andrés Cholula y expresiones cuestionadas sobre una mujer fallecida después de un procedimiento estético. Ahora Palomares queda asociada al mismo patrón de exposición sin control. La popularidad digital puede acercar a un representante con la ciudadanía, pero cuando no está acompañada de criterio, preparación y disciplina se convierte en una fuente recurrente de riesgos. En política, un error puede superarse; lo que difícilmente se perdona es la incapacidad de aprender a tiempo.












