El debate sobre la clase media en México ha sido, durante décadas, uno de los terrenos más fértiles para la retórica política y uno de los más escurridizos para el análisis serio. Todos hablan de ella, pocos la definen con claridad y casi nadie se pregunta cómo se construye, cómo se pierde y, sobre todo, cómo se sostiene. En términos simples —y quizá por ello más contundentes— la clase media es ese amplio sector social que no es rico, pero tampoco pobre; que vive de su trabajo, que aspira a estabilidad, educación, salud, vivienda y movilidad social; y que suele ser el termómetro más sensible de la salud económica y democrática de un país.
En ese contexto, los datos más recientes de la OCDE, del Banco Mundial y del INEGI obligan a una revisión profunda de los lugares comunes. Durante el sexenio del presidente Andrés Manuel López Obrador, 13.4 millones de mexicanos salieron de la pobreza y la clase media creció de manera sostenida, hasta superar —por primera vez en décadas— a la población en situación de pobreza. No se trata de una cifra menor ni de un dato aislado: es un cambio estructural que rompe con la narrativa de estancamiento social heredada del periodo neoliberal.
Conviene recordar de dónde venimos. A finales del siglo XX y principios del XXI, tras los sexenios de Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, México exhibía una paradoja dolorosa: estabilidad macroeconómica con fragilidad social. La inflación estaba controlada, las finanzas públicas “ordenadas” y los mercados satisfechos, pero más de la mitad de la población vivía en pobreza y la clase media apenas representaba el 18.1 por ciento de los mexicanos en el año 2000. El crecimiento no se traducía en bienestar; la modernización no implicaba justicia social.
La llamada Cuarta Transformación rompió, al menos parcialmente, con ese paradigma. Durante siete años de gobiernos orientados por una lógica distinta —primero con López Obrador y ahora con la presidenta Claudia Sheinbaum— la pobreza se redujo 13.6 por ciento y la clase media creció 12.4 por ciento, de acuerdo con cifras del Banco Mundial. Estos datos no son producto de un milagro económico ni de un boom petrolero inexistente; responden a una combinación de políticas públicas deliberadas: incrementos sostenidos al salario mínimo, expansión de los programas de bienestar y una concepción del Estado como garante de derechos y no como simple administrador de carencias.
El aumento al salario mínimo es quizá el indicador más visible de este viraje. Pasó de niveles históricamente bajos —que durante décadas condenaron a millones de trabajadores a la sobrevivencia— de 197 pesos en 2022 y a 260 pesos en 2024. Lejos de provocar el desastre anunciado por sus detractores, este incremento fortaleció el mercado interno, elevó el ingreso laboral real y permitió que millones de hogares cruzaran el umbral que separa la pobreza de la vulnerabilidad y, en algunos casos, de la clase media emergente.
A ello se suma la política de transferencias directas. Entre 2022 y 2024, la pensión para personas adultas mayores prácticamente se duplicó, al pasar de 3 mil 850 a 6 mil pesos. Para millones de familias, especialmente en zonas rurales y semiurbanas, este ingreso no solo significó un alivio, sino una red de protección que evitó caer nuevamente en la pobreza ante cualquier contingencia. La lógica es clara: sin piso mínimo de bienestar, no hay movilidad social posible.
Los datos de la OCDE colocan a México como el país de América Latina donde más ha crecido la clase media en los últimos años, en contraste con Argentina, Perú o Uruguay, donde este sector se ha reducido. Este contraste es relevante porque desmonta la idea de que el crecimiento de la clase media depende exclusivamente de ciclos económicos globales. Las decisiones de política interna importan, y mucho.
Sin embargo, el crecimiento de la clase media no debe leerse como un punto de llegada, sino como una etapa frágil. La historia mexicana está llena de ejemplos de ascensos sociales efímeros, truncados por crisis económicas, devaluaciones o recortes al gasto social. Sacar a 13.4 millones de personas de la pobreza es un logro indiscutible; el verdadero desafío es evitar que regresen a ella. La clase media es, por definición, el sector más vulnerable a los vaivenes económicos: no tiene los colchones financieros de los ricos ni el respaldo asistencial pleno de los programas focalizados.
De ahí la importancia de la segunda fase del proyecto. La presidenta Sheinbaum ha anunciado ajustes a los programas de bienestar conforme a la inflación, su ampliación y un aumento del presupuesto destinado a transferencias directas, que pasará de 845 mil millones de pesos a un billón de pesos entre 2025 y 2026. Programas como Pensión Mujeres Bienestar, la Beca Rita Cetina y Salud Casa por Casa buscan atender no solo la pobreza extrema, sino también los riesgos de caída para quienes ya lograron salir de ella.
A esto se suma el anuncio de un nuevo aumento al salario mínimo en 2026 y el impulso a la inversión pública y mixta bajo esquemas de propiedad nacional, desarrollo sustentable y transparencia. La apuesta es clara: consolidar una prosperidad compartida que no dependa de burbujas financieras ni de endeudamiento excesivo, sino de una economía real que genere empleo, ingresos y estabilidad.
El reto de fondo, sin embargo, sigue siendo la desigualdad. El crecimiento de la clase media es una buena noticia, pero no elimina automáticamente las brechas históricas entre regiones, géneros y sectores productivos. La política social debe ir acompañada de una política fiscal progresiva, de servicios públicos de calidad —educación, salud, transporte— y de un Estado capaz de regular al mercado sin asfixiarlo.
En síntesis, los datos de la OCDE y del Banco Mundial confirman algo que durante años fue negado: sí es posible reducir la pobreza y ampliar la clase media desde el Estado, sin sacrificar estabilidad macroeconómica. El mayor logro de estos años ha sido sacar a millones de mexicanos de la pobreza; la tarea histórica de los años siguientes será impedir que regresen a ella y avanzar, de una vez por todas, en la eliminación estructural de la desigualdad. Porque una clase media que crece, pero no se consolida, es apenas una promesa; una clase media estable es, en cambio, la base de un país más justo, democrático y viable.
Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.
@onelortiz
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