Columnas

Claudia Sheinbaum: un año de gobierno

Un año ha transcurrido desde que Claudia Sheinbaum asumió la presidencia de la República, convirtiéndose en la primera mujer en la historia de México en ocupar la silla del Ejecutivo federal. Doce meses que se han caracterizado por un alto nivel de aprobación ciudadana, con encuestas que la ubican entre el 70 y 80% de aceptación. Dicho de otro modo, de cada diez mexicanos, siete u ocho avalan el rumbo de su gobierno. Este respaldo no es poca cosa: representa no solo la legitimidad democrática obtenida en las urnas, sino la validación social a la forma en que ha conducido el país en un contexto interno y externo de enormes dificultades.

El arribo de Claudia Sheinbaum al poder coincidió con un terremoto político internacional: el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. Desde el 20 de enero de este año, la geopolítica mundial se sacudió con la reaparición de un personaje que ha convertido los aranceles y las restricciones migratorias en sus principales armas de negociación y control. Su retorno trastocó los mercados, reconfiguró las alianzas multilaterales y puso en jaque a países emergentes como México. Lo que en su momento parecía un escenario improbable, se transformó en la primera gran prueba para la presidenta mexicana, que debió enfrentar no solo el caprichoso temperamento de Trump, sino los efectos colaterales de una economía estadounidense cada vez más cerrada y nacionalista.

En este tablero, Sheinbaum ha mostrado temple y astucia política. Ha defendido la soberanía nacional sin caer en provocaciones, al mismo tiempo que ha buscado mantener abiertos los canales de comunicación indispensables para evitar que la relación bilateral caiga en un abismo de hostilidad. Hasta ahora, México ha sorteado con relativo éxito los embates arancelarios, aunque no sin costos: el comercio internacional se ha vuelto más volátil y los márgenes de negociación del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) requieren un fino equilibrio entre pragmatismo y firmeza.

En el ámbito interno, el tema de seguridad sigue siendo el talón de Aquiles de cualquier administración. La presidenta Sheinbaum llegó con el compromiso de dar continuidad a la estrategia de seguridad de la Cuarta Transformación, pero también de introducir cambios que mostraran eficacia. El dato más alentador de este primer año es la reducción en los índices de homicidios, un indicador que por décadas parecía inamovible en la estadística negra del país. Este avance no es menor: refleja una mayor coordinación entre las fuerzas federales, estatales y municipales, y un rediseño en el despliegue territorial de la Guardia Nacional.

Sin embargo, no todo es positivo. El fenómeno de los desaparecidos ha mostrado un incremento que lacera profundamente a miles de familias mexicanas. La ausencia de resultados tangibles en este rubro genera críticas legítimas, pues ningún gobierno puede aspirar a la confianza plena mientras persista la incertidumbre sobre el paradero de miles de personas. La presidenta ha prometido reforzar la institucionalidad en este campo, pero todavía queda pendiente transformar promesas en resultados.

El combate a la corrupción ha sido una de las banderas más visibles de Claudia Sheinbaum. Su gobierno no ha titubeado en apoyar investigaciones que involucran a funcionarios de sexenios anteriores. Ejemplo de ello fue la ofensiva contra “La Barredora” en Tabasco, una organización criminal con vínculos en la política local que parecía intocable. Estas acciones le han permitido reforzar la percepción de que la presidencia no es cómplice, y de que el discurso anticorrupción no se quedó en la retórica. Así como avanzar en las investigaciones de la evasión fiscal, el contrabando de combustibles y su red de protección en círculos oficiales estatales, empresariales y federales, en el llamado Huachicol Fiscal.

Pero el golpe más trascendental en este terreno ha sido la consolidación de la reforma al Poder Judicial. Tras años de debate, finalmente la mitad de los jueces y magistrados federales, incluida la Suprema Corte de Justicia de la Nación, fueron electos por voto popular en junio y asumieron funciones el 1 de septiembre. Se trata de un cambio estructural que, para bien o para mal, definirá la vida institucional del país en los próximos años. Sus defensores sostienen que se democratiza la justicia y se rompe con privilegios de élites jurídicas intocables; sus detractores alertan sobre la politización de los tribunales. Lo cierto es que aún es pronto para medir sus resultados, pero la presidenta ha demostrado capacidad para materializar una de las reformas más polémicas y trascendentes de la Cuarta Transformación.

En materia social, el gobierno de Sheinbaum mantiene la línea trazada por Andrés Manuel López Obrador. Los programas insignia, lejos de desaparecer, se ampliaron y consolidaron. El dato más contundente lo aportó el Inegi: 13.4 millones de mexicanas y mexicanos dejaron la pobreza durante el sexenio pasado y el primer año del actual. Es un logro histórico, pues no había registro en más de medio siglo de una reducción tan significativa en el número de pobres.

A este escenario se suman dos políticas de gran impacto: la pensión para mujeres mayores de 60 años, que reconoce la deuda histórica con millones de amas de casa que sostuvieron la economía familiar sin derechos laborales; y las becas Rita Cetina, que garantizan apoyo universal a estudiantes de educación básica. Estas medidas no solo representan un alivio directo a los bolsillos de las familias, sino que refuerzan la narrativa de un gobierno que coloca en el centro de sus prioridades a los sectores históricamente marginados.

Sin embargo, persisten problemas serios. El abasto de medicamentos en el sistema de salud pública continúa siendo una piedra en el zapato, al igual que el deterioro en instalaciones hospitalarias. La presidenta ha prometido acelerar la transición hacia un sistema nacional de salud unificado y gratuito, pero la implementación tropieza con inercias burocráticas, resistencias sindicales y carencias estructurales que ningún gobierno puede resolver de la noche a la mañana.

Además de la compleja relación con Estados Unidos, Claudia Sheinbaum ha buscado reposicionar a México en el escenario internacional. Su estrategia se basa en fortalecer vínculos con América Latina, mantener la cooperación con Europa y Asia, y defender la participación activa en organismos multilaterales. No obstante, la agenda externa se encuentra marcada inevitablemente por la sombra de Trump. Los aranceles a productos mexicanos, las presiones migratorias y la amenaza constante de revisar el T-MEC condicionan cualquier intento de autonomía.

En este contexto, Sheinbaum ha optado por un estilo pragmático: defender la soberanía en el discurso, pero evitar rupturas que pudieran derivar en crisis económicas. Su papel recuerda al equilibrio que gobiernos anteriores debieron mantener frente a Estados Unidos, pero con la diferencia de que, en esta ocasión, el presidente norteamericano hace del chantaje político un arte cotidiano.

El primer año de Claudia Sheinbaum refleja la continuidad del proyecto de la Cuarta Transformación. Se han logrado avances significativos en seguridad, combate a la corrupción y reducción de la pobreza, pero los retos son enormes: desde la fragilidad del sistema de salud hasta la presión internacional que proviene de la Casa Blanca. La oposición, debilitada en las urnas, encuentra en estos puntos débiles su principal campo de crítica, aunque hasta ahora no ha logrado articular una alternativa seria que dispute el respaldo ciudadano a la presidenta.

A un año de distancia, la presidencia de Claudia Sheinbaum muestra un panorama mixto. Sus niveles de popularidad hablan de una ciudadanía satisfecha en términos generales, pero también de una expectativa alta que difícilmente podrá sostenerse si no se resuelven los problemas estructurales. Su relación con Trump ha sido un logro diplomático, aunque precario; su reforma judicial es histórica, aunque de resultados inciertos; su política social es inclusiva, aunque enfrenta limitaciones presupuestales; y su estrategia de seguridad muestra avances, pero también deudas dolorosas.

En síntesis, el primer año de Claudia Sheinbaum confirma que el proyecto de la Cuarta Transformación sigue vivo y con respaldo popular, pero también que el ejercicio del poder obliga a navegar entre la continuidad y la innovación, entre la firmeza y la negociación. El futuro de su sexenio dependerá de su capacidad para mantener este equilibrio sin perder el rumbo, ni ceder a las presiones externas e internas que acechan a cualquier gobierno en México. Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.

@onelortiz

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