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Claves temáticas de la elección en Brasil

Brasil acudió a las urnas y votó dos ideas de país en apariencia irreconciliables. Lula da Silva, de anclaje social y carrera propia, vigorizó en el tercer mandato sus pilares programáticos: la defensa de la soberanía, el tejido de alianzas en el Sur Global, una economía que redistribuye y la reivindicación de los trabajadores frente al capital. En cambio, el retador Flavio Bolsonaro forjó una identidad basada en la herencia política del padre (hoy preso), en clave ultra: la religión evangélica, la cercanía con Trump, los guiños a las élites económicas y la mano dura contra la delincuencia. Hondas grietas distancian a las bases. Si bien la necesidad de formar coaliciones de gobierno apacigua la polaridad, la intromisión del exterior y la judicialización templa los ánimos de acercamiento. En ese ambiente de incertidumbre e improbable reconciliación, el porvenir inmediato gana dimensión histórica.

Lula llegó a la elección con una aprobación aceptable. Encuestadoras como Datafolha o AtlasIntel (Bloomberg) situaban su calificación en los 40 altos (45% a 47%). Aunque no espectacular como la de Sheinbaum o Bukele, era buen punto de partida para lograr la reelección. En contraste, un mandatorio como Trump roza apenas el 40% en un país igual de polarizado. Allende el resultado electoral, Lula es un caso atípico de popularidad sostenida con el paso de las décadas, inclemente conversor de estrellas enanas en fugaces.

“Lula da Silva vigorizó en el tercer mandato sus pilares programáticos: la defensa de la soberanía, el tejido de alianzas en el Sur Global, una economía que redistribuye y la reivindicación de los trabajadores frente al capital. En cambio, el retador Flavio Bolsonaro forjó una identidad basada en la herencia política del padre (hoy preso), en clave ultra”.

Lula alcanza mayor popularidad entre mujeres (2 a 1 contra los hombres) y en la tercera edad (2 a 1 contra los jóvenes), previsible en un ambiente de embates contra el feminismo y de expansión del gasto en pensiones. Los agnósticos y ateos, los universitarios y los habitantes de la región nordeste también califican al presidente muy por encima de otras categorías. En cambio, los evangélicos (30%), los hombres (31%), los jóvenes de 16 a 24 años, los habitantes del sur (32%) y los más pobres (34%) penalizan al presidente con bajas tasas de aprobación (AtlasIntel). En un país tan desigual como Brasil, las grietas socioeconómicas definen elecciones.

Lula tuvo como activo electoral una economía estable que redistribuye. En 2023 y 2024, la economía creció por encima del 3%, aunque moderó su paso en 2025 (2.3%) y en el primer semestre del año en curso. Tras superar tasas de 30% en la pospandemia inmediata, la pobreza cayó a solo uno de cada 5 brasileños. El desempleo descendió a mínimos de varias décadas. La inflación, que repuntó en 2021-2022 con Bolsonaro, bajó a niveles aceptables para el banco central y la historia nacional.

Como cereza al pastel, la última gran apuesta electoral de Lula fue prohibir las apuestas en línea. Si bien no lograba unanimidad en cuanto al método de combate, alcanzaba consenso sobre la urgencia de intervención. Una encuesta de AtlasIntel (17-22 septiembre) situó las tasas de aprobación en 81% para un mayor pago de impuestos de los casinos, en 73% para la imposición de límites a la publicidad de apuestas en línea y en 71% para la prohibición total. El instinto electoral de Lula y el sentido de urgencia triunfó sobre los grandes intereses económicos y la movilización de cabilderos y aliados, entre ellos los influyentes clubes de futbol.

“En un país tan desigual como Brasil, las grietas socioeconómicas definen elecciones”.

En cambio, el retador tenía como principal activo de campaña la mano dura. A la pregunta sobre las ventajas de uno y otro candidato en temáticas clave, Bolsonaro ostenta mayor ventaja frente a Lula (+5 puntos) en el combate al crimen y el narcotráfico. Otra encuesta de junio situó en 53% de aprobación la designación estadounidense de las bandas criminales del PCC y Comando Vermelho como “organizaciones terroristas”. Como en otras naciones latinoamericanas, Washington auxilió a su candidato predilecto en un eje temático fértil para su siembra.

El duelo electoral por Brasil, con sus peculiaridades, no está desacoplado de las grandes venas que irrigan el corazón regional. Como sucedió en México con la amenaza de aranceles, Trump usó el poder asimétrico y discrecional de Estados Unidos para atacar a un gobierno díscolo. Como en Colombia, los intereses de un clan político cercano a la Casa Blanca portaron como blasón electoral la promesa de una luna de miel con Washington. A la caza de la estela de Bukele en El Salvador, los ultras brasileños basaron sus campañas en el orden y las recetas milagrosas contra la inseguridad.

Lo que ocurra en las siguientes semanas tendrá implicaciones para los vecinos y amigos de Brasil. México, que negocia un acercamiento estratégico entre Pemex y Petrobras, enfrentará nuevas condiciones de posibilidad. Argentina, que llega a su propia antesala electoral en un clima adverso para la reelección de Milei, podría estar más condenada a la pesadez del péndulo electoral. China, necesitada de diques para contener la Doctrina Donroe (corolario de Monroe), arriesga su posición ganada como principal socio comercial del gigante sudamericano.

En cuanto al gigante político-electoral, Lula libra su más grande apuesta: el acabado fino de un legado histórico en temporada de ultras. En sus hombros descansan las esperanzas de que la Casa no siempre gana.

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