En estos días, se desarrolla el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza. Lo hace con la mayor presencia de funcionarios y empresarios desde 1990, cuando el fin del “socialismo realmente existente” generó la expectativa de una transformación mundial total, así como, siendo más honesto, la apertura de nuevos mercados y potenciales ganancias para las empresas de occidente.
Como en otros eventos de esta magnitud, varios episodios se han convertido en noticia, siendo el elemento central la actividad del presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump. Su discurso, que duró más de setenta minutos en el Foro, y que contrario a lo que suelen ser las participaciones de funcionarios de ese país, fue errático y sin un mensaje claro, incluyó declaraciones sobre Groenlandia -a la que de forma constante confundía con Islandia-, y reflejó no sólo su poca sensibilidad política, sino también y especialmente, un profundo desconocimiento sobre temas históricos o geopolíticos.
Para algunas personas, esto fue en realidad una suerte de performance. Una puesta en escena para la negociación inmediata de los temas que la administración estadounidense considera como prioritarios, y una suerte de regodeo que hace “subir las apuestas” a aquellos que se oponen a ellos. Utilizando de alguna forma el impulso que la ilegal detención del presidente en funciones de Venezuela Nicolás Maduro le proporcionó a la máquina de guerra de su país, Trump se presentó como la cabeza de un sistema que no puede ser derrotado. Algo que en más de un sentido, es verdadero.
En medio de estas declaraciones, sin embargo, han existido algunos destellos de resistencia, que quizá tienen más de discurso que de acciones reales inmediatas. Así por ejemplo, Francia ha comenzado a hablar sobre preparar los mecanismos internos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte para evitar medidas de coerción por parte de Estados Unidos, así como Italia ha recodado la bilateralidad de los acuerdos existentes entre países. Canadá, por su parte, ha mencionado la necesidad de observar que las nuevas condiciones llevan a lo que llama las “potencias medias” a buscar espacios de colaboración diferentes, que les permitan enfrentar de manera adecuada los retos que las acciones estadounidenses crean para ellas.
A pesar de contar con una delegación para el evento, la narrativa en medios de comunicación es que uno de los grandes ausentes en el foro ha sido nuestro país. Siguiendo las formas desarrolladas dentro de la llamada 4ª Transformación, la presidenta Sheinbaum no se planteó participar personalmente, y aunque eso resulte un poco más extraño, tampoco enviar al canciller Ebrard.
Contrario a lo que parece ser la opinión mayoritaria, no considero que esto haya estado del todo equivocado. Primero, por como se ha planteado ya en otros espacios por algunos analistas -como Viridiana Ríos- porque contrario a lo que intenta presentarse, las reuniones de Davos no tienen, salvo en ocasiones específicas, el papel que se le pretende dar en estos momentos. Después y principalmente, porque aunque lo tuviera, resulta claro que todos los países están participando con una disparidad respecto a Estados Unidos que les hace vulnerables a la forma de negociación trumpista: romper las reglas establecidas para crear caos y ganar a través del desconcierto.
Uno de los elementos centrales de la negociación, es nunca sentarte a una mesa donde estás en desventaja, salvo que seas forzado a ello. Esto llevó por ejemplo, a que ni el Secretario General de las Naciones Unidas -que Trump pretende suplir por un club privado de países que paguen una suscripción para ello- ni los representantes de Dinamarca hayan asistido al evento. No tiene sentido hacerlo cuando un personaje se comporta de la manera en que lo hace el presidente de Estados Unidos, porque simplemente sería darle la oportunidad de atacarte de frente sin posibilidad de responderle en el mismo sentido.
Para algunas personas, habría sido maravilloso que el discurso canadiense -o uno similar- hubiera sido presentado por nuestra presidenta. Algo que no sólo no hace sentido, sino que muestra una desconexión total con su verdadero significado. En primer lugar, lo dicho por el primer ministro de Canada no es en realidad un discurso emancipador o que se oponga a la opresión del mundo, sino el discurso de una élite que pierde sus privilegios. Lo que dice, es que si bien saben que ellos no pueden competir, ni militar ni económicamente con Estados Unidos, ciertos países -que podríamos llamar la periferia del Norte global- necesitan unirse para mantener su estatuto diferenciado del resto, a los que podrían de esa manera seguir explotando como hasta ahora lo han hecho. Es el discurso de aquellos que insisten en decir que ellos no son pobres, pero no para buscar eliminar la pobreza, sino para que ella siga existiendo mientras sea para otros.
De la misma forma, resulta necesario que la posibilidad de Canadá de hacer esto se sustenta en características que no son compartidas con todo el mundo, así como en alianzas estratégicas que nosotros simplemente no tenemos. Un país eminentemente blanco, con un elevadísimo componente colonial no sólo interno -basta ver la tasa de suicidios en las comunidades nativas del país- como externo -lo sabemos perfectamente bien nosotros, con el papel de las mineras en nuestro territorio-, se permite utilizar ciertos recursos y formas que a otros nos son vedados y que quedarían, de hacerse por nosotros, más como motivo de burla o desconcierto.
Algo que resulta claro, es que las cosas están cambiando. Que no se trata, como se mencionó en el evento, de una fase de transición interna, sino de una ruptura del orden institucional que todas y todos nosotros conocemos. No existe en este momento, claridad de las condiciones que el nuevo espacio de negociación vaya a tener, pero si al menos, de algunos de sus elementos. Quizá por ello, el primer ministro de Bélgica se sintió en la necesidad de dejar de lado a sus habituales referencias políticas y teóricas (se trata de un conservador de derecha) para acercarse a quienes mejor han entendido el mundo.
Trayendo a Davos a Antonio Gramsci, Secretario General del Partido Comunista Italiano que lucho contra Musolini y el fascismo, Bart De Wever recordó sus imponentes y muy acertadas palabras: el viejo mundo se muere, el nuevo tarda en nacer. Y en ese intermedio, surgen los monstruos. Ante ello, resulta claro que es necesario ver que vivimos en el espacio donde los monstruos están surgiendo. Pero también y más importante para la práctica política inmediata, recordar que ya lo hicieron en el pasado, y que cada vez, como en el mito griego, junto con ellos llegó igualmente la esperanza.
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