Columnas

Educación: la política de seguridad que pocos quieren escuchar

Cuando se habla de inseguridad, el debate público suele inclinarse hacia las respuestas inmediatas: despliegues policiales, operativos visibles y discursos de mano dura. En más de una ocasión, incluso en espacios de alto nivel de decisión, plantear que la educación es una de las estrategias más eficaces para construir seguridad ha sido recibido con escepticismo, cuando no con burla. No porque la idea sea errónea, sino porque incomoda.

La educación no ofrece resultados espectaculares en el corto plazo ni genera titulares inmediatos. Su impacto es silencioso y progresivo. Precisamente por eso, suele quedar fuera de las discusiones urgentes sobre seguridad, aunque sea uno de los factores que más inciden en la reducción estructural de la violencia.

Hablar de seguridad sin hablar de educación es atender el síntoma y no la causa. La violencia se reproduce en contextos de exclusión, abandono institucional y ruptura del tejido social. La educación, entendida como formación integral (académica, ética y socioemocional), actúa como un mecanismo de prevención primaria frente a estos escenarios.

Una persona que permanece en la escuela desarrolla herramientas para comprender la legalidad, resolver conflictos de manera pacífica y proyectar un futuro distinto al de la violencia. No se trata de idealizar la educación ni de oponerla a la acción del Estado en materia policial o judicial, sino de reconocer que la fuerza sin prevención solo contiene el problema, pero no lo resuelve.

La evidencia es clara: los mayores índices de violencia suelen coincidir con mayores rezagos educativos. Cada joven que abandona la escuela es un espacio que el crimen organizado o la economía informal violenta puede ocupar. Invertir en educación, por tanto, es invertir en seguridad, aunque sus resultados no se midan en semanas ni en discursos.

Construir una sociedad segura exige pensar más allá del periodo gubernamental y asumir la seguridad como un proyecto colectivo de largo plazo. La educación no es una respuesta cómoda ni rápida, pero sí es una de las pocas estrategias capaces de transformar, de fondo, las condiciones que hacen posible la violencia.

La paz no se decreta ni se impone. Se construye. Y, aunque a algunos les incomode escucharlo, empieza en las aulas.

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