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El día de muertos y la mexicanidad

Desde que fui niño, siempre escuché a mi padre biológico, a Héctor, el domador de caballos, hablar sobre la muerte. Para él, era un paso más en la vida, el último escalón antes de lo que él pensaba, era la iluminación completa. Sus argumentos tenían componentes múltiples, derivados entre otros, de esa “juventud de excesos” como le llamaría mi abuelo, donde se volvió medio hippie y medio yogui y que construyó su forma de enfrentar la vida.

Para mi madre, mujer metódica y nunca creyente, la muerte era el abismo y la oscuridad. Era, más importante aún, el olvido. La vida era, a pesar de sus problemas, algo hermoso, y la muerte era su opuesto. Yo todavía recuerdo cómo cantaba, el ritmo de sus pasos en la madera de nuestra casa; la forma en que reía y cómo me hacía enojar en ocasiones. Ella, al menos en eso, no ha muerto. Sigue aquí mientras yo esté.

Mi abuela Luz, quien fue para todo efecto social y emotivo, mi mamá, mi querida, dulce y siempre presente figura de protección y de cuidado, de amor y de conocimiento, no pensaba en la muerte como algo negativo. Lo pensaba, lo dijo hasta el último de sus días, como un viaje. El último que daría. Donde vería nuevamente a su propia mamá -algo difícil era para mí, entender entonces que ella era también una niña que había envejecido- y a su papá, que le daba, según me cuenta todavía cuando duermo y la encuentro de nuevo, pedacitos de piloncillo para que no llorara. Que vería a su hermanita, la más dulce mujer que conoció en la vida, que vería a su madrina, que le abrió -como a mí lo hizo ella- el mundo al enseñarle a leer y darle el más preciado regalo que alguien le hizo: el conocimiento y la constancia como antídoto seguro de las certezas absolutas.

Mi abuelo bolito, mi papito, por el contrario, odiaba la idea de la muerte. Su padre, el más viejo de los viejos entre los viejos de nuestro país, vivió tantos años que salía en periódicos y noticieros. El “abuelo Manuel”, mi bisabuelo, a quien conocí y con quien todavía conviví, se casó, ya viejo con una mujer mucho más joven cuando enviudó. Tuvo una hija más, que era de la edad de mi mamá, la más joven de las hijas de mi abuelo y sobrevivió cosas que muy probablemente yo no sobreviviría. Mi abuelo veía eso y pensaba que quizá, con suerte, el también lo lograría. Toda su vejez, al menos la que conocí, habló sobre como quería que si hubiera la posibilidad, lo mantuvieran vivo hasta el final, con máquinas, con trampas, con trucos. Engañar a la muerte porque él regresaría y disfrutaría un poquito más este suspiro que llamamos vida.

Un día, mientras estaba en el trabajo, sin embargo, mi abuelo me marcó por teléfono. Era algo totalmente excepcional, pues él no era una persona que hiciera eso normalmente. Me pidió ir a comer a casa -que sentía mi casa a pesar de haber salido de ahí con 19 años, como marcaba la tradición más sabia de mi familia- para hablar. Yo tenía entonces 25 años; él, 97. Y cuando llegué escuché su respiración entrecortada, con un soplido que venía de algún lugar ajeno y me preguntó si yo estaría dispuesto a ir a vivir con ellos de nuevo. Mi tío Romeo, el mejor de ellos, estaba ahí, cuidándolos, pero su trabajo nocturno dificultaba que estuviera todo el tiempo. Y mi abuelo, siempre consciente de eso, me dijo “ya me voy a morir, hijito. Y no quiero que tu abuela esté sola cuando eso pase”. Yo le dije que sí, me tomé el día -porque lo pedí y no me lo dieron y a mí siempre me ha importado muchísimo lo que mis jefes opinan sobre cómo debo hacer mi vida- y me fui a vivir con ellos.

Tres semanas después de ese momento, mi abuelo moría. Y con él, a esa edad, se acababa también mi mundo. Recuerdo cuando sucedió; recuerdo que vestía y qué había comido ese día. Estaba con Gloria y con Juan cuando me dijeron que fuera a despedirme y él, cuando llegué y le tomé la mano, despertó, me tocó la cara apretándome fuerte sonrió y se despidió del mundo. Yo lo abracé, durante mucho tiempo, menos de lo que habría deseado, sin embargo, y salí a dar la noticia. Después fueron entrando a despedirse los demás. Mi abuela me dio las gracias y me dijo que ahora era yo quien tenía que hacer el resto. Y en la medida de mis propias y muy limitadas capacidades, intenté hacerlo.

Si cuento esto no es, de forma alguna, de manera gratuita. Mi madre murió en el camino al hospital, mi abuela en él; mi padre y mi abuelo, en mi casa, mis hermanitos, aunque formalmente lo hicieron en una institución, se fueron antes. Carito y Marcos. Al que no conocí y a quien quiero y todavía recuerdo, cada año, como mi pequeñita hermana menor. Ellos, todos y cada uno, siguen aquí, conmigo, en cada paso, en cada decisión, en cada error y en cada opción. Ellos son yo, aunque el recipiente de esta época, no merezca a quienes le precedieron.

Vivo hace muchos años en otro país. No es el primero, fuera de México, en donde vivo y las condiciones laborales parecen decir, cada día más, que tampoco será el último. Existen, en cada lugar, muchas diferencias culturales. Desde aquellos con los que bromeo siempre -como el baño diario o la capacidad de hablar con alguien aunque no le conozcas- hasta otras, más profundas, como la idea de lo social y de las obligaciones, de las molestias y de lo que entendemos como político. Pero la que me resulta más clara, es el del trato que se la da a la muerte.

En la mayoría de los lugares a donde he ido, la muerte es, para decirlo de forma simple, un tabú. No porque “no se hable de ella”, porque se habla, ni porque se finja que no sucedió -aunque a veces se haga- sino porque ese hablar y ese actuar, se encuentran cruzados por una mirada negativa, por una mirada moral que se basa en la idea de que la muerte es algo “malo” en sí mismo, no porque sea malo para nosotros que alguien se muera, no porque esa persona muy probablemente no hubiera querido haberse muerto, sino porque se murió y eso vuelve a la vida de esa persona, a la memoria y el recuerdo, algo malo. Como si hubiera que avergonzarse de que hubiera muerto, como si tuviéramos que sacarlo de la vida lo más rápido posible y ocultarlo como una vergüenza propia.

Los mexicanos, lo sabemos, no vemos la muerte de esa manera. Influidos por siglos de cristianismo obligatorio, muchos en el país piensan en escenarios paradisiacos o de castigo como lo son el cielo y el infierno, como escenarios futuros para nosotros y de existencia para los nuestros, pero ese pensamiento, a diferencia de otros lugares, no se vuelve algo cerrado, algo que cierra un capítulo, ni algo que sea considerado como ajeno a la vida diaria.

El día de muertos refleja muy bien esta idea. Para nuestro país, ellos, desde Orión y Petra, mis gatitos, que se han ido y a quienes siempre coloco un plato en este día, hasta mis padres, mis hermanos y mis abuelos, “vuelven” en mi memoria para estar aquí, conmigo, el día todo, como siempre, pero honrándolos. Y no, no es algo “cristiano” ni vino con los conquistadores y su genocidio voluntario. Es algo que construimos socialmente en aquello que llamamos “lo mexicano”. Ese algo imaginario y cambiante, ese algo mutable y abierto. Ese algo que nos hace reconocernos a mitad de la calle en una ciudad cualquiera mientras silbamos.

Esta celebración es parte estructural de cómo tratamos y pensamos a la muerte de los nuestros. Como proyectamos y deseamos la nuestra. Como vivimos como comunidad y cómo nos relacionamos con los otros. Como comemos, como bebemos, como reímos y lloramos. Y en ese sentido, quienes no tienen ese marco de conocimiento -no importa si viven o no en México, no importa si nacieron o no aquí, no importa el color de su piel, cabello o acento- lo viven de manera distinta, aunque hagan los mismos pasos.

Para algunas personas, esto significa entonces que “los no mexicanos” no deberían hacer una ofrenda, no deberían comer hojaldras (porque soy poblano) ni deberían honrar a sus muertos. Porque asumen de alguna manera, lo que nuestros críticos repiten de forma ridícula, pero con una visión opuesta. Si ellos, los ignorantes de otros lados insisten en que “el desfile lo hicieron por James Bond” (háganme el favor, esas personas claramente son quienes NUNCA han salido de su colonia, porque es una ignorancia monumental), los del otro lado insisten en que no hagas un altar si no eres “mexicano”. Como si esta característica fuera una esencialidad derivada de una supuesta y ridícula pureza étnica.  

Esta relación que tenemos con la muerte no viene en los genes. No viene tampoco, por la colonia donde vivimos ni mucho menos por lo que un señor calvo y con barriga naranja decide que son nuestras fronteras culturales. Viene por una forma de ver y entender la vida. Una forma que yo llamo -aunque los esencialistas, hispanistas e indigenistas, que son lo mismo, insistan en negarlo- mexicana de entender el mundo.

Por ello, agradezco cada altar, así como insisto anualmente en colocar el mío. Porque en él, sea donde sea que está, encuentro a mis abuelos, a mis padres, a mis hermanos, a mis gatos. Porque en el mío, están también mis vecinos, sus padres, sus abuelos, sus hijos, sus hermanos. Porque donde esté cada uno de ellos, está esa comunidad imaginaria (como toda comunidad) que llamamos México. No es mexica, ni española, ni católica ni purépecha. Es una socialización distinta. Que es la mía, la nuestra, la de mis padres y mis ancestros porque ahora estoy yo aquí, en ellos. Que vivan nuestros muertos. En la memoria y en el hacer continuo. Que la tierra sea leve. Que el amor continúe. Que este México que somos, siga creciendo.

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