Miguel Barbosa y ahora el gobernador Alejandro Armenta emprendieron una cruzada común ante el mismo adversario simbólico: el morenovallismo.
Ojo: que no Rafael Moreno Valle. “Rafa” fue el habilísimo hombre que tomó el poder en Puebla, con la ilusión de jamás soltarlo. Por el contrario, el morenovallismo es un fantasma incorpóreo que redujo el ejercicio de gobierno a la conjunción de toda acción pública en los marcos de un modelo de negocios.
Lo dice bien Armenta: en todo querían negocio. Toda flor la querían volver milpa.
En donde los poblanos veían baches, el morenovallismo veía milpa. En donde los poblanos tenían sed, al morenovallismo le llovía milpa. En donde los poblanos urgían cultura, el morenovallismo plantó una semilla japonesa que floreció como Museo Barroco, y la estructura estaba decorada con el trigo neoliberal: la milpa.
Es una acción natural de un gobierno progresista —como lo fue el de Barbosa, como lo es el de Armenta— buscar revertir, en el símbolo y en el acto, la representación y utilidad del Museo Barroco para un fin social.
El hombre-cultura, Julio Glockner, tuvo una osada —y para mí acertada— noción de organizar una función de lucha libre en las afueras del Museo Barroco, pretendiendo así acercar a un público al inmueble que, por despojo estructural, jamás se hubiera aproximado a la Vía Atlixcáyotl número 2501.
Por diversas razones.
No hay paradas de autobús. Ninguna micro conecta de Azumiatla o de La Libertad hacia ese punto. Ni siquiera desde San Baltazar Campeche.
No es preciso llegar en suburban prieta al Barroco, pero si uno tiene la suerte de hacerlo, la pluma del estacionamiento se abre en automático. Si no, queda esperar al personal de seguridad y someterse a un rudo interrogatorio, cual proceso de visado, antes de que sea permitido el acceso.
Las luchas que proponía Glockner fueron debut y despedida. Fueron absurdamente opacadas por el “Cambio” de un periodista, cuyo periodismo nada cambió en favor del pueblo de Puebla.
En el periodo de Sergio Salomón se buscó hacer también accesible el Barroco. Se aperturaron salas para yoga inmersivo, con las que efectivamente se registraron más entradas —no precisamente provenientes de las juntas auxiliares—, incluyendo el arribo de suburbans al estacionamiento y de mujeres esbeltas y blancas para la práctica milenaria oriental, pero aún ínfimas visitas para el grueso de su capacidad museística.
La realidad es que ni la aristocracia poblana ni el pueblo bueno y sabio acuden a los museos. No es una condición local, ni regional, ni nacional. En el mundo entero, las visitas a museos son diminutas en comparación con los estadios de fútbol.
No es un fracaso el Museo Barroco por el hecho de que la gente no vaya. Lo es porque se generó una deuda abismal, por casi cuarenta años, con recursos que bien pudieron usarse para fines prácticos y sociales.
El gobernador ha anunciado que el Museo Barroco pasará a ser la Universidad de las Bellas Artes, un espacio de encuentro y formación para los jóvenes que ven en las artes una necesidad de desarrollo de vida. A ese concepto de la Universidad de las Bellas Artes bien valdría agregársele “las Artes Indígenas”, incorporando en la currícula un programa de enseñanza en el que se promuevan las expresiones artísticas que desarrollan los siete pueblos indígenas de Puebla. Reconociendo así el valor del arte indígena, invisibilizado desde la época de la conquista, llamando artesanía al arte, como ejemplificaba Eduardo Galeano en el texto de Los nadies.
Así, la Universidad de las Bellas Artes y las Artes Indígenas resignificaría el espacio físico que diseñó el arquitecto japonés —galardonado con el Pritzker—, habilitando en un acto de justicia social la posibilidad de ingreso al aparatoso inmueble, en la dignificación de los pueblos indígenas. Quienes, hasta antes de la iniciativa del gobernador Armenta, estaban destinados a entrar en el Museo Barroco únicamente portando pulidora y líquido para deslumbrar los extensos pisos.
El mérito de Juan Gabriel fue haber sido aplaudido tras el concierto en Bellas Artes por todos los asistentes, en una larga ovación, incluyendo a la esposa del presidente Carlos Salinas. Le aplaudió no por parecerse a la aristocracia del salinismo, sino le aplaudió por ser Juan Gabriel.
Juan Gabriel tomó por asalto Bellas Artes, pese a las enormes protestas de la época, para lograr que ese espacio aristocrático fuera conquistado por la voz de un hombre del pueblo. Y que ello hiciera posible que todo mexicano pudiera ingresar a ese recinto, no sólo como asistente, sino como protagonista.
El gran mérito de Alejandro Armenta es que no quiere gobernar para la aristocracia poblana ni parecerse a ellos; quiere más Juan Gabrieles. Que los morenos puedan entrar a un museo deslumbrante como lo es el Barroco, no sólo con una pulidora, chalecos de personal y estropajos, sino para reír, bailar, cantar, pintar, formarse académicamente y egresar de una profesión.
Que el pueblo de Puebla tome el Barroco.
Que el pueblo de Puebla lo haga vibrar.












