En el cuento “Buba”, incluido en Putas asesinas, Roberto Bolaño construye una historia inquietante sobre el fútbol incluyendo talento, superstición, cuerpo, magia y violencia. No es casual que ese relato esté dedicado a Juan Villoro, uno de los intelectuales que mejor ha comprendido que el fútbol no es un mero entretenimiento, sino una forma de representación del mundo.
Hace unos días se viralizó una de sus entrevistas que le realizaron en tercer grado deportivo, en la que Villoro insistía en algo que durante años fue despreciado por ciertos intelectuales: el fútbol como cultura en el sentido de que es una forma de representación del mundo. Aquello que durante mucho tiempo fue visto como vulgar, como asunto del “populacho”, como algo ajeno a la alta literatura o al pensamiento serio, él lo reivindica para desplazarlo como elemento no sólo producido sino como productor de sentido colectivo.
Villoro no pregunta si el fútbol es o no digno de análisis, sino ¿qué dice éste de nosotros?
Si aceptamos que el fútbol es una forma de representación colectiva, entonces sus estructuras, sus narrativas y sus contradicciones no son ni causas ni consecuencias, sino reflejos.
En México, ese espejo o reflejo devuelve imágenes complejas.
Pensemos en el América y las Chivas, los dos equipos más populares del país; estos no son meros equipos de fútbol, sino narrativas nacionales en disputa.
El América representa, para muchos, el poder económico, la centralización y la eficacia sin escrúpulos. Un equipo históricamente asociado a estructuras empresariales fuertes, a la contratación de talento extranjero y, no pocas veces, a la sospecha permanente sobre la legitimidad de sus triunfos. Es el éxito que incomoda porque parece construido desde arriba, desde la trampa y los atajos a los cuales no todas ni todos los mexicanos tienen acceso; a la carrera dispareja, pues.
Las Chivas, en cambio, han sido envueltas en una narrativa de autenticidad: jugar solo con mexicanos como signo de identidad nacional. Sin embargo, esa pureza se ha vuelto cada vez más problemática. En la práctica, el mercado ha obligado a redefinir qué significa “ser mexicano”; cavilemos sobre jugadores jurídicamente mexicanos, pero no nacidos ni formados en México; o, por otro lado, en la inflación de precios que otros clubes hacen sobre sus jugadores mexicanos para venderle a las Chivas; o, finalmente, en ese discurso de la mexicanidad, donde si no le vas a las Chivas eres una especie de traidor a la patria —una especie de chovinismo deportivo—.
¿Qué nos dice esto sobre “lo mexicano” y la mexicanidad? Sobre lo que somos, pues…
En columnas previas he sostenido que el orgullo del mestizaje en México no necesariamente implica un reconocimiento de nuestras raíces indígenas, sino más bien su dilución. El mestizaje, en muchos casos, nos ha hecho sentir más cercanos a los herederos de la colonia que a los pueblos originarios. No es afirmación de origen, es el refrendo de la aspiración a la extranjería.
Leído desde ahí, el fútbol adquiere otra dimensión. ¿Irle al América o a Chivas es solo una preferencia deportiva? ¿O también expresa formas de relación con el poder, con la identidad y con la historia?
El fútbol no solo se juega en la cancha; se juega en el terreno simbólico de la nación.
Sumemos a este abanico la forma en que se gobierna el fútbol en México (otro elemento que vale la pena analizar para pensarnos como producto y productores de ello). En una columna reciente, Pepe Hanan escribía, en el contexto del fútbol italiano, sobre fondos de inversión, debilitamiento de su liga, pérdida de identidad y una selección nacional incapaz de clasificar a los últimos mundiales, todo ello como efectos de un esquema de financiamiento que parece pernicioso; y esto me hace pensar en aquel libro Fútbol y política: Conversaciones desde la izquierda, en el que Ángel Cappa y Marcos Roitman critican a la empresa del fútbol; sí a la empresa, porque eso ven ellos en este deporte; ya no ven fútbol sino negocio.
La analogía con México no es forzada. Aquí, desde hace años, múltiples voces coinciden en que se ha priorizado lo financiero sobre lo deportivo. El fútbol se administra como negocio antes que como proyecto deportivo. Y los resultados están a la vista, pues tenemos una selección que, aunque competitiva regionalmente, está lejos de aspirar a los estándares de élite mundial.
¿Qué dice esto de nosotros como nación, como mexicanos?
Dice, quizá, que hemos normalizado un modelo donde la rentabilidad desplaza al mérito, donde el corto plazo sustituye al proyecto; y no solo en el fútbol.
Pero hay más…
Pensemos en la identidad local. Equipos como el Puebla, el Querétaro, el Atlético San Luis o incluso el León enfrentan un fenómeno recurrente: buena parte de sus habitantes no se identifican con sus propios clubes. Las lealtades se trasladan hacia los equipos llamados “grandes”; aquellos que son mediáticamente dominantes.
¿Qué significa que un poblano no le vaya al Puebla? ¿Que un queretano no se reconozca en su equipo? ¿O que un potosino no se identifique con el Atlético San Luis?
Significa, me parece —entre otras cosas—, una fragilidad en la construcción de identidades locales que permean en la identidad nacional ¿Cuántos niños mexicanos no hemos visto que prefieren a la selección española o brasileña sobre la mexicana? Pareciese una tendencia a mirar hacia el centro y hacia lo hegemónico. En México tenemos una profunda dificultad para construir pertenencia desde lo propio; no reconocer a Hugo Sánchez, puede interpretarse, desde este ángulo de razonamiento, como una negación de ser lo que somos.
El fútbol parece ser más que un deporte, se instituye como un campo donde se reproducen —y a veces profundizan— nuestras tensiones culturales como el centralismo, la desigualdad, la aspiración y la identidad difusa.
Despreciar el fútbol como objeto de reflexión no es signo de sofisticación, sino de ceguera, es lo que implícitamente, creo, nos busca advertir el hijo de aquel miembro del grupo Hiperión —refiero a los Villoro—.
El fútbol en sus dinámicas organizativas, en sus narrativas y en sus formas de ser lo que es condensa maneras colectivas de ser y estar.
Querida persona lectora, el fútbol no solo es un producto deportivo, es un producto cultural que habla de nosotros y, al mismo tiempo, nos forma. En cómo lo jugamos, lo consumimos y lo organizamos, se revelan nuestras jerarquías, nuestras aspiraciones, nuestras renuncias y nuestras cegueras.
Decía mi abuela que en la mesa no se debía hablar de fútbol, religión y/o política; yo hablo de las tres sin tapujos, quizá por eso me cuesta tanto trabajo hallar con quien beber vino y café en la mesa…













