Columnas

El nuevo PAN Vegano

El Partido Acción Nacional ha vuelto a la escena pública con un acto de relanzamiento que busca marcar un antes y un después en su historia. Bajo el lema “Patria, Familia y Libertad”,  (me suena, me suena) el PAN pretende reinventarse y volver a ser una fuerza política relevante en la vida nacional, tras más de una década de derrotas electorales y crisis internas. Sin embargo, lo que se presentó en el Frontón México el pasado 18 de octubre no fue un renacimiento ideológico, sino un intento de marketing político con el mismo molde de siempre.

El nuevo PAN parece, como alguien escribió en redes sociales, “un nuevo PAN vegano, de masa madre, sin gluten, sin levadura, muy sano pero sin sabor”.

Jorge Romero, el líder nacional del PAN, proclamó en el Frontón México: “Hoy comienza el resurgimiento de nuestras siglas, nuestro color, nuestro partido”. Con ello, dio por terminada la etapa de alianzas con el PRI y el extinto PRD, coaliciones que durante los procesos de 2023 y 2024 intentaron enfrentar a Morena, sin éxito alguno.

La nueva apuesta panista es caminar solo, sin alianzas, sin muletas, y tratar de recuperar su identidad ideológica. Sin embargo, lo que el PAN llama independencia puede transformarse en aislamiento. En un escenario político donde Morena domina las mayorías legislativas y los gobiernos estatales, un partido opositor fragmentado y sin base social sólida se arriesga a la irrelevancia.

Romper con el PRI era necesario, pero el problema del PAN no era su aliado, sino su pérdida de sentido histórico. Durante años se convirtió en un partido pragmático, obsesionado con la administración del poder y no con el debate de las ideas. Lo que alguna vez fue una escuela de pensamiento político, fundada por Manuel Gómez Morin, Efraín González Luna y Carlos Castillo Peraza, se transformó en una maquinaria burocrática que vive de sus cuotas y prerrogativas.

El nuevo lema panista —“Patria, Familia y Libertad”— tiene resonancias que cruzan fronteras. Es una consigna que, más que inspirar, recuerda los discursos de la derecha populista contemporánea: Javier Milei en Argentina, Giorgia Meloni en Italia, Vox en España. El PAN parece haber decidido importar la retórica de la ultraderecha liberal, disfrazada de defensa de valores tradicionales.

No hay en el lema una propuesta social o económica para México; hay una invocación emocional, un grito conservador que busca despertar nostalgias de un país que ya no existe. En su intento de reconectar con una base moralista, el PAN se aleja aún más de la ciudadanía moderna, diversa y plural que exige soluciones reales, no catecismos ideológicos.

El PAN no ha hecho su autocrítica. Desde su derrota de 2012, cuando Josefina Vázquez Mota obtuvo un lejano tercer lugar, el partido no ha podido recuperar su identidad ni su conexión con la sociedad. Las causas son múltiples, pero destacan tres: el fracaso en el ejercicio del poder, la corrupción interna y la pérdida de su base social.

El PAN gobernó mal. Durante el sexenio de Vicente Fox, el PAN tuvo la oportunidad de demostrar que podía gobernar con visión republicana, pero se perdió entre frivolidades y chistes. Fox fue un presidente más preocupado por sus botas que por la construcción institucional del país.

Felipe Calderón, por su parte, selló el destino del partido con una guerra que sumió a México en el dolor y el miedo. Su gobierno, además de ser cuestionado en legitimidad, fue infiltrado por el crimen organizado. La “guerra contra el narco” destruyó comunidades enteras y fracturó el tejido social, dejando una herencia que todavía lastima al país.

A esos errores se suma la falta de autocrítica. En lugar de revisar sus excesos, el PAN se refugió en la arrogancia tecnocrática. Las nuevas generaciones panistas —Marko Cortés, Ricardo Anaya, Roberto Gil, Mariana Gómez del Campo, Jorge Romero— representan una versión burocrática del partido: jóvenes ambiciosos, sin arraigo ideológico, que ven la política como negocio, no como servicio.

El PAN fue, en su origen, el partido de las clases medias, de los empresarios medianos, de los profesionistas y del catolicismo social. Hoy, ese electorado se ha dispersado. Parte se fue con Morena, atraído por su discurso popular; otra parte se quedó sin representación.

El problema del PAN no es ideológico, sino existencial. Carece de alma. No tiene una causa que inspire. La corrupción del PRI lo volvió impresentable; el pragmatismo del PAN lo volvió irrelevante.

Durante décadas, Acción Nacional fue la conciencia moral del país, una voz crítica frente al autoritarismo priista. Pero cuando llegó al poder, perdió esa calidad. Dejó de ser la oposición ética y se convirtió en un espejo de lo que criticaba. Hoy intenta recuperar su mística, pero sin las virtudes que la hicieron posible.

El relanzamiento del PAN es una repetición de los mismos vicios que lo hundieron: El control burocrático del partido. Los mismos grupos de siempre mantienen el poder interno. No hay espacio para nuevas voces ni liderazgos sociales. La falta de liderazgo político real. Ninguno de sus últimos candidatos presidenciales —Vázquez Mota, Anaya o Xóchitl Gálvez— logró construir una estructura partidista sólida. Todos fueron figuras mediáticas, no dirigentes. La desconexión con la base social. El PAN es un partido de notables, de políticos profesionales, pero sin arraigo en la calle. Sus líderes son conocidos en los medios, pero desconocidos en las colonias.

Mientras Morena organiza asambleas y moviliza comunidades enteras, el PAN vive en conferencias de prensa y debates en redes sociales. Su militancia se ha convertido en una audiencia pasiva.

México necesita una oposición seria. Una que no sea el reflejo de su pasado ni el eco de la derecha global. Una oposición que defienda la democracia, no los privilegios. El país necesita equilibrios, pero el PAN no parece capaz de ofrecerlos.

La democracia se sostiene en el debate, en la crítica constructiva y en la alternancia posible. Pero una oposición que no propone, que no se renueva, se vuelve inútil. Acción Nacional parece haberse resignado a esperar el error de Morena, en lugar de construir su propio proyecto de nación.

El PAN debería ser la voz del Estado de derecho, la eficiencia gubernamental y la ética pública. Pero para eso necesita recuperar credibilidad. No basta con cambiar el logotipo o el lema; necesita una refundación moral y política.

El contexto actual le ofrecía al PAN una oportunidad histórica. La centralización del poder en Morena, los errores de algunos gobiernos locales y el desgaste de figuras públicas abrían un espacio para una oposición inteligente. Pero el PAN eligió el camino fácil: el marketing de la nostalgia.

En lugar de convocar a intelectuales, jóvenes, empresarios, campesinos o comunidades religiosas para repensar el país, el partido optó por un acto simbólico en un recinto cerrado, con discursos reciclados y aplausos de siempre.

El “nuevo PAN” es, en realidad, el viejo PAN con un envoltorio distinto. No hay una propuesta económica frente al modelo social de la Cuarta Transformación; no hay una política de seguridad alternativa a la militarización; no hay una visión de Estado laico y plural. Sólo hay consignas y fotografías.

El guiño al discurso de Javier Milei es revelador. El PAN busca parecer moderno tomando prestadas las ideas de una ultraderecha libertaria que confunde libertad con desregulación y patria con mercado. Pero México no es Argentina, ni el PAN es Milei.

La retórica de “Patria, Familia y Libertad” puede atraer a sectores conservadores, pero aliena a una juventud progresista que no encuentra en ese mensaje una respuesta a sus preocupaciones reales: el cambio climático, la desigualdad, la inseguridad o la falta de oportunidades.

Si el PAN se convierte en un partido de trincheras morales, será absorbido por su propia marginalidad. No se gana una elección presidencial con rezos, sino con propuestas.

Durante años, el PAN presumió tener una doctrina humanista cristiana. Hoy, ni eso conserva. Su discurso carece de contenido ético o filosófico. No hay reflexión sobre el papel del Estado, la justicia social o la economía solidaria.

En el fondo, Acción Nacional está atrapado entre dos extremos: ser demasiado conservador para el México urbano y demasiado laico para el México tradicional. Su crisis es de identidad.

Mientras no resuelva quién es y a quién representa, cualquier relanzamiento será sólo un espejismo.

Consejo no pedido. Si el PAN quiere volver a ser relevante, necesita algo más que un nuevo logotipo. Debe construir un proyecto de nación con tres pilares: Un Estado eficiente y transparente. El combate a la corrupción no puede ser una consigna vacía. Debe traducirse en propuestas legislativas, en gobiernos locales ejemplares, en auditorías públicas. Un modelo económico inclusivo. El liberalismo no puede ser sinónimo de privilegio. El PAN debe reconciliarse con las clases trabajadoras y con el campo, sectores que abandonó desde hace décadas. Una visión ética de la política. Volver a las raíces de Gómez Morin no significa nostalgia, sino vocación. La política como servicio, no como negocio.

Si el PAN asume esa tarea, podría volver a ser útil a la democracia mexicana. Si no, seguirá siendo un partido testimonial.

El relanzamiento del PAN es un gesto más simbólico que sustantivo. Un intento de mostrarse nuevo sin serlo. En la práctica, sigue siendo el mismo partido de los últimos veinte años: burocrático, predecible y desconectado.

Un “nuevo pan vegano” —como se le ha llamado irónicamente—, saludable en apariencia, pero sin levadura política, sin sabor ciudadano, sin masa social.

La democracia mexicana necesita pan fresco, no recalentado. Un PAN con contenido, no sólo con empaque.

El desafío no está en reinventar el logo, sino en recuperar la confianza perdida. Si Acción Nacional no entiende eso, el horno del 2027 volverá a sacarlo crudo.

Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.

@onelortiz

También puedes leer: Tragedia bajo la lluvia: Yo le creo a la gente

Recuerda suscribirte a nuestro boletín

📲 https://bit.ly/3tgVlS0
💬 https://t.me/ciudadanomx