La conclusión del Tratado de Libre Comercio entre la Unión Europea y la India constituye uno de los acontecimientos más relevantes del comercio internacional contemporáneo. No se trata únicamente de un acuerdo comercial de gran escala, sino de una respuesta política, económica y geoestratégica a un mundo que, durante 2025, fue sacudido por una ola de proteccionismo impulsada desde Washington. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, lo definió como “la madre de todos los acuerdos”, una expresión que no es retórica vacía: sintetiza la magnitud de un pacto que redefine equilibrios, alianzas y reglas del comercio global.
Durante 2025, el presidente estadounidense Donald Trump volvió a colocar los aranceles en el centro de la política exterior de Estados Unidos. No como un instrumento técnico de corrección comercial, sino como una herramienta de presión política directa. La Unión Europea, Japón, Corea del Sur, México y Canadá —socios tradicionales de Washington— fueron objeto de amenazas, incrementos arancelarios selectivos y renegociaciones forzadas. El resultado fue un clima de incertidumbre que impactó cadenas de suministro, mercados financieros y decisiones de inversión a escala global.
Europa, lejos de replegarse, optó por una estrategia distinta: diversificar, ampliar y profundizar sus alianzas comerciales. En lugar de responder con una guerra arancelaria simétrica, Bruselas aceleró negociaciones largamente postergadas y apostó por acuerdos estructurales de largo plazo. El pacto con la India es, en ese sentido, la respuesta más contundente y ambiciosa a la política arancelaria de Trump: frente al proteccionismo, más integración; frente a la unilateralidad, alianzas estratégicas.
La relación entre Europa y la India no es nueva. Tiene raíces profundas que se remontan al comercio romano con el subcontinente, a las rutas medievales, al Renacimiento y, de manera más compleja y contradictoria, al colonialismo decimonónico. Hoy, sin embargo, ese vínculo histórico se resignifica en términos económicos y tecnológicos. A diferencia del pasado, no se trata de una relación jerárquica, sino de una asociación entre dos polos con intereses convergentes en un mundo fragmentado.
El acuerdo vincula a dos gigantes. La Unión Europea, con cerca de 450 millones de habitantes y un PIB aproximado de 17 billones de dólares, se asocia con la India, el país más poblado del planeta, con más de 1 430 millones de personas y un PIB superior a los 3.5 billones de dólares. En conjunto, representan alrededor del 20 % de la población mundial y una porción decisiva del comercio global. Si el tratado se implementa plenamente, estaremos frente al mayor mercado integrado del mundo, superando incluso a los acuerdos transatlánticos tradicionales.
Desde la perspectiva europea, el acuerdo responde a tres necesidades centrales: diversificar mercados, reducir dependencias estratégicas —particularmente respecto a China— y fortalecer su presencia en el Indo-Pacífico. Para la India, el acceso preferencial al mercado europeo supone una oportunidad histórica para consolidar su industrialización, atraer inversión extranjera directa y avanzar en la modernización de su aparato productivo.
Los impactos sectoriales serán amplios y profundos. Se prevé un crecimiento significativo del comercio bilateral en manufacturas, productos farmacéuticos, tecnologías de la información, servicios digitales, automoción y energías limpias. La cooperación tecnológica y la armonización parcial de normas técnicas facilitarán el comercio de alto valor añadido, mientras que los capítulos sobre movilidad profesional permitirán un mayor intercambio de talento, particularmente en sectores de alta especialización.
Para Europa, la India se convierte en un socio clave para la relocalización de cadenas de suministro, una prioridad tras las disrupciones vividas durante la pandemia y la guerra en Ucrania. Para la India, Europa ofrece un mercado exigente que puede funcionar como catalizador de mejoras regulatorias, tecnológicas y laborales.
No obstante, el acuerdo no está exento de tensiones. El capítulo agrícola se perfila como uno de los más controvertidos. Los productores europeos han expresado preocupación por la competencia de importaciones indias que se benefician de costos de producción más bajos, derivados de marcos regulatorios menos estrictos en materia ambiental, uso de agroquímicos, bienestar animal y derechos laborales.
Esta asimetría competitiva ha obligado a la Comisión Europea a incorporar cláusulas de salvaguardia, calendarios de desgravación progresiva y compromisos de convergencia normativa. El objetivo es evitar distorsiones en el mercado interno europeo y proteger a los sectores más vulnerables. Sin embargo, la eficacia de estos mecanismos dependerá de su implementación real y de la capacidad de supervisión de ambas partes. Aquí se jugará buena parte de la legitimidad política del acuerdo dentro de Europa.
Más allá de lo económico, el tratado UE–India tiene una dimensión geopolítica evidente. Envía una señal clara a favor del comercio basado en reglas, del multilateralismo y de la cooperación estratégica entre grandes democracias en un contexto internacional cada vez más polarizado. Frente a un Estados Unidos que privilegia acuerdos bilaterales asimétricos y una China que expande su influencia mediante iniciativas como la Franja y la Ruta, Europa e India apuestan por una integración equilibrada y normativa.
Además, el acuerdo abre la puerta a una reconfiguración más amplia del comercio internacional. Bruselas ha dejado claro que este pacto se inserta en una estrategia mayor que incluye la ampliación de acuerdos con Mercosur y otros bloques emergentes. De concretarse, Europa estaría construyendo una red de alianzas comerciales capaz de contrapesar el proteccionismo estadounidense y la centralidad china, redefiniendo así los flujos globales de comercio e inversión.
Las consecuencias del acuerdo serán de largo alcance. En el corto plazo, ofrecerá certidumbre a los mercados y enviará una señal de estabilidad en un entorno volátil. En el mediano plazo, puede acelerar la transformación industrial india y fortalecer la autonomía estratégica europea. En el largo plazo, podría convertirse en uno de los pilares del nuevo orden económico global, basado en grandes bloques interconectados.
Sin embargo, el éxito del tratado no está garantizado. Dependerá de la voluntad política para sostenerlo frente a presiones internas, de la capacidad institucional para implementar sus compromisos y de la evolución del contexto internacional. Lo que sí es claro es que, frente a la política arancelaria de Donald Trump y la fragmentación del comercio mundial, Europa no optó por el repliegue. Respondió con integración, con visión estratégica y con un acuerdo que, para bien o para mal, marcará una época.
En suma, el acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y la India no es solo un tratado económico: es una declaración política sobre el tipo de globalización que ambos actores están dispuestos a defender. Un mundo de muros y aranceles, o un mundo de reglas, cooperación y grandes mercados integrados. Europa y la India han tomado partido. El tiempo dirá si esta apuesta redefine el siglo XXI.
Eso pienso yo. Usted qué opina. La política es de bronce.












