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Guerra, Petróleo y Hegemonía: La Tormenta Perfecta en Irán

Lo primero que muere en una guerra es la verdad. La frase, atribuida a Esquilo, cobra una vigencia brutal ante el inicio de los bombardeos de Estados Unidos contra Irán el 28 de febrero de 2026. En cuestión de horas, la narrativa oficial habló de “operación limitada y focalizada”, de “amenazas inminentes”, de “defensa preventiva”. Sin embargo, detrás del lenguaje quirúrgico y la retórica de seguridad, lo que se asoma es la vieja disputa por el control de los hidrocarburos y la arquitectura del poder global.

El gobierno estadounidense anunció ataques contra instalaciones vinculadas al programa de misiles balísticos iraní, centros de mando asociados con la Guardia Revolucionaria Islámica e infraestructura logística utilizada por milicias aliadas. Teherán respondió calificando la ofensiva como un acto de agresión directa, activó sus defensas aéreas y movilizó fuerzas en el Estrecho de Ormuz. En cuestión de horas, el precio internacional del petróleo se disparó, los mercados financieros entraron en volatilidad y el Consejo de Seguridad de la ONU convocó reuniones urgentes.

No se trata de un episodio aislado. El deterioro comenzó en 2018, cuando la administración de Donald Trump abandonó el acuerdo nuclear firmado en 2015. Aquella ruptura reactivó un régimen de sanciones severas y abrió una espiral de desconfianza. Irán incrementó el enriquecimiento de uranio, redujo su cooperación con los organismos de supervisión y profundizó su estrategia de guerra indirecta a través de milicias aliadas en Irak, Siria, Líbano y Yemen. La eliminación del general Qassem Soleimani en 2020 marcó un punto de no retorno.

Hoy, la escalada adquiere una dimensión mayor. Los bombardeos conjuntos de Estados Unidos e Israel han provocado la muerte del ayatolá Ali Jameneí, líder supremo de la República Islámica. La respuesta iraní —cientos de drones y misiles lanzados contra Israel y bases estadounidenses— ya ha dejado muertos en ambos bandos. Washington reconoce tres soldados caídos; Israel reporta civiles fallecidos. El presidente Trump habla de “Operación Furia Épica” y anticipa que la ofensiva podría durar “cuatro semanas, o menos”. El primer ministro Benjamín Netanyahu afirma que su ejército golpea “el corazón de Teherán con intensidad creciente”.

Pero más allá de la retórica bélica, el tablero estratégico es evidente. Por el Estrecho de Ormuz transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial. Quien controle esa arteria energética incidirá directamente en la economía global. Hace apenas unos meses, Estados Unidos consolidó su influencia sobre las reservas venezolanas tras la captura de Nicolás Maduro, asegurando acceso a una de las mayores reservas del planeta. Con la presión militar sobre Irán —cuarto poseedor mundial de reservas probadas— la Casa Blanca se coloca en una posición dominante en el mercado energético.

La guerra es, también, un negocio. El sector de defensa y las empresas energéticas registraron alzas inmediatas en Wall Street. Las bolsas asiáticas y europeas cerraron con pérdidas, pero los contratistas militares celebraron. La industria armamentista prospera cuando el miedo se convierte en política pública. Para líderes con agendas internas complejas, un conflicto externo puede servir como catalizador de cohesión nacional y distractor frente a crisis domésticas.

Sin embargo, la ecuación no es lineal. Irán no es Irak en 2003. Posee una red de alianzas regionales, capacidad misilística y una sociedad que, pese a tensiones internas, suele cerrar filas ante agresiones externas. La sucesión acelerada tras la muerte de Jameneí demuestra que el sistema político había previsto este escenario. Un poder tripartito de transición ya asume funciones mientras se define al nuevo líder supremo. El equilibrio entre clero, fuerzas de seguridad e instituciones electas será determinante para calibrar la respuesta.

Los escenarios son múltiples. Una contención limitada implicaría intercambios de ataques sin guerra abierta, con presión internacional para volver al diálogo. Una escalada regional podría involucrar a aliados y convertir el conflicto en un incendio de gran escala. Una negociación forzada, bajo el peso de sanciones y devastación, abriría la puerta a un nuevo acuerdo nuclear con condiciones distintas y mayor control occidental sobre el programa iraní.

En este contexto, México debe actuar con prudencia y coherencia histórica. Nuestra tradición diplomática se ha construido sobre la autodeterminación de los pueblos, la no intervención y la solución pacífica de las controversias. No se trata de neutralidad pasiva, sino de una postura activa en favor del derecho internacional y del diálogo multilateral. La experiencia del siglo XX demostró que alineamientos automáticos suelen hipotecar márgenes de maniobra y soberanía.

El conflicto en Oriente Próximo tendrá repercusiones económicas directas para nuestro país. El alza en los precios del petróleo puede beneficiar transitoriamente los ingresos públicos, pero también encarecer combustibles y presionar la inflación global. La volatilidad financiera impacta inversiones y comercio. Además, la estabilidad de las rutas energéticas es un asunto de seguridad económica global que trasciende fronteras.

La pregunta de fondo es si el mundo está asistiendo a la consolidación de una nueva hegemonía energética bajo liderazgo estadounidense o al inicio de una fragmentación más profunda del orden internacional. Rusia y China ya condenaron la ofensiva, señalando que agrava la inestabilidad. Europa pide contención. El sistema multilateral luce debilitado frente a decisiones unilaterales respaldadas por poder militar.

Cuando las bombas caen, la verdad se diluye entre comunicados oficiales y propaganda. Por ello, más que asumir narrativas simplificadas de “bien contra mal”, conviene observar los intereses estructurales en juego. El control de rutas energéticas, la disuasión nuclear, el equilibrio regional y la política interna de los actores involucrados conforman un entramado complejo.

La historia enseña que las guerras iniciadas como “limitadas” rara vez permanecen bajo control absoluto. Las dinámicas de represalia, orgullo nacional y cálculo estratégico pueden desbordar cualquier previsión. En ese sentido, el ataque del 28 de febrero de 2026 no es sólo un episodio militar; es una señal de que la disputa por el orden mundial y los recursos estratégicos entra en una fase más abierta y peligrosa.

México, fiel a su tradición diplomática, debe apostar por la paz, el multilateralismo y la legalidad internacional. No porque sea una posición cómoda, sino porque en un mundo incendiado, la coherencia y la prudencia son también formas de defensa nacional.

Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.

@onelortiz

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