Desde la incursión militar de Estados Unidos para capturar y trasladar a Nicolás Maduro ante una corte estadounidense, pasando por las declaraciones sobre la intención de tomar control de Groenlandia, hasta la reiteración de que México estaría “controlado por el narcotráfico”, el clima político y estratégico en América del Norte ha entrado en una fase de tensión discursiva que no puede ser ignorada. No se trata de alarmismo ni de patriotismo de utilería: desde la perspectiva de la inteligencia y la seguridad nacional, el Estado mexicano está obligado a analizar escenarios, incluso aquellos que parecen improbables, para anticiparse y reducir riesgos.
Conviene decirlo con claridad. La posibilidad de una intervención directa de Estados Unidos en México no es un deseo ni una profecía; es una hipótesis estratégica que debe evaluarse a la luz de hechos recientes y de una narrativa política que se ha ido construyendo desde la Casa Blanca. Hacerlo no implica claudicar en la defensa de la soberanía, sino ejercerla con seriedad.
El precedente peligroso: violar el derecho internacional sin consecuencias. El primer elemento que debe considerarse es el precedente. En la captura de Maduro, Estados Unidos violentó principios básicos de la Organización de las Naciones Unidas y del derecho internacional público: soberanía, no intervención y solución pacífica de controversias. Más allá de debates jurídicos, lo relevante es el resultado político: no hubo consecuencias reales. Ni sanciones, ni aislamiento, ni costos diplomáticos significativos. En términos de disuasión, el mensaje es claro y preocupante: si ya se hizo una vez y funcionó, ¿qué impediría hacerlo de nuevo bajo otra justificación?
Este precedente erosiona el sistema internacional basado en reglas y normaliza la excepcionalidad. Cuando la excepcionalidad se convierte en práctica, los países medianos como México quedan en una zona de vulnerabilidad estructural.
La construcción del enemigo externo. El segundo elemento es la narrativa. Durante más de un año, Donald Trump y su aparato propagandístico han construido el discurso del enemigo externo. Antes fue la migración; hoy son los cárteles del narcotráfico y el fentanilo. Poco importa que la crisis de opioides tenga su origen principal en Estados Unidos —en su sistema de salud, en su mercado ilegal y en su demanda interna—: la narrativa ha colocado a los cárteles mexicanos y a los precursores chinos como responsables casi exclusivos.
La política exterior estadounidense ha demostrado históricamente que las narrativas preceden a las acciones. Primero se define al enemigo; luego se justifica la excepción; finalmente, se ejecuta la acción. No es una teoría conspirativa, es un patrón histórico observable desde Vietnam hasta Irak, pasando por Panamá.
La etiqueta del terrorismo como cobertura jurídica. El tercer elemento es jurídico-político. Al declarar a los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas internacionales, Trump no sólo endurece el discurso: se dota de una cobertura legal interna. Bajo esa lógica, una eventual incursión podría presentarse no como una operación militar clásica —que requeriría mayores controles del Congreso—, sino como una acción de justicia o de seguridad nacional contra el terrorismo transnacional.
La frontera entre una operación policial internacional y una acción militar encubierta es deliberadamente difusa. Esa ambigüedad es peligrosa, porque reduce los costos políticos internos en Estados Unidos y traslada el conflicto al territorio de un Estado soberano.
Inteligencia y asimetría: la realidad incómoda. El cuarto elemento es quizá el más incómodo: la asimetría de inteligencia. Desde hace décadas, Estados Unidos ha desplegado en México una amplia red de inteligencia, cooperación, espionaje y monitoreo. Sin caer en exageraciones, es razonable suponer que en Washington se dispone de información detallada sobre los cárteles, sus liderazgos y sus movimientos. Lo lamentable es que, en muchos casos, esa información no siempre se traduce en capacidades equivalentes del Estado mexicano.
Reconocer esta asimetría no es un acto de sumisión, sino el punto de partida para corregirla. Negarla, en cambio, sería irresponsable.
Frente a este escenario, el gobierno de Claudia Sheinbaum ha optado por una ruta que combina firmeza y pragmatismo. No hay estridencia ni gestos teatrales, pero tampoco concesiones a la subordinación.
La comunicación directa con Trump ha sido la primera línea de contención: hablar, aclarar, conocer de primera mano las exigencias y marcar límites. La segunda ha sido mostrar resultados verificables en materia de seguridad y combate al crimen organizado. La tercera, profundizar la coordinación y el intercambio de información, capacitación e inteligencia, incluso cuando ello implica costos políticos internos. La cuarta, insistir en los principios históricos de la diplomacia mexicana y en el respeto al derecho internacional.
Esta estrategia no garantiza que el riesgo desaparezca, pero eleva el costo político y diplomático de cualquier acción unilateral estadounidense.
Desde la perspectiva de la seguridad nacional, es inevitable formular la pregunta incómoda: ¿qué haría el Estado mexicano si, pese a todo, Estados Unidos decidiera realizar una incursión directa en territorio nacional?
Primero, determinar la naturaleza exacta de la acción. No es lo mismo un sobrevuelo de inteligencia que un ataque con drones; no es lo mismo la acción de contratistas privados que la incursión de fuerzas regulares o agentes oficiales. Cada escenario exige respuestas diferenciadas.
Segundo, rechazar y condenar de inmediato la acción ante los foros internacionales, documentando la violación al derecho internacional y activando los mecanismos diplomáticos y jurídicos disponibles.
Tercero, reafirmar la relación bilateral desde la lógica de la soberanía compartida, no desde la confrontación estéril. México no gana nada escalando retóricamente un conflicto con su principal socio comercial; pero tampoco puede normalizar la violación de su territorio.
Entre el realismo y la dignidad. El debate sobre una posible intervención estadounidense en México suele polarizarse entre el nacionalismo trasnochado —que ofrece el pecho desde la comodidad de la retórica— y el negacionismo ingenuo —que se niega a ver los riesgos reales. Ambos extremos son irresponsables.
La defensa de la soberanía no se hace con gritos ni con consignas, sino con Estado, inteligencia, resultados y diplomacia. Hoy más que nunca, México necesita fortalecer sus capacidades internas, reducir la dependencia informativa, consolidar su política de seguridad y actuar con una voz firme pero racional en el escenario internacional.
La historia enseña que las intervenciones no siempre comienzan con tanques cruzando fronteras. A veces empiezan con discursos, etiquetas y silencios tolerados. Anticiparse no es rendirse; es gobernar con responsabilidad.
Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.
@onelortiz
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