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¿Intervendrá Estados Unidos en México?

A partir de los acontecimientos de las últimas semanas, la pregunta sobre una posible incursión de Estados Unidos en México dejó de ser una especulación alarmista para convertirse en un tema que merece un análisis serio, frío y estratégico. La captura y traslado forzado de Nicolás Maduro a territorio estadounidense, las declaraciones abiertas sobre el control de los recursos petroleros venezolanos y la reiterada idea de “comprar” Groenlandia no son hechos aislados ni excentricidades discursivas. Son señales claras de una doctrina de poder que ha decidido romper límites, reinterpretar el derecho internacional y actuar sin complejos cuando considera que sus intereses estratégicos están en juego.

El viernes 9 de enero, la inquietud en redes sociales no surgió de la nada. Durante años se insistió en que una intervención directa de Estados Unidos en México era impensable, imposible o políticamente suicida. Esa certeza hoy se ha erosionado. Una cosa era un Donald Trump candidato, provocador y estridente, y otra muy distinta es un Trump presidente en funciones que ya demostró estar dispuesto a ordenar operaciones militares extraterritoriales, incluso violando de manera abierta la soberanía de otros Estados. Cuando desde la Casa Blanca se afirma que México está “controlado por los cárteles”, se clasifica jurídicamente a estas organizaciones como terroristas internacionales y recordamos que compartimos más de 2000 km de frontera, el terreno conceptual y logístico para una acción directa queda peligrosamente preparado.

Sería un error monumental seguir analizando a Trump como un líder que actúa solo por impulso o por cálculo electoral. Su personalidad ególatra es evidente, pero también lo es su capacidad para alterar las coordenadas de la política internacional. En apenas un año de retorno al poder ha debilitado el multilateralismo, ha reducido el valor práctico de la OTAN como bloque cohesionado y ha dejado a la Naciones Unidas como un foro irrelevante frente a las decisiones unilaterales de Washington. En política interna, ha reactivado con eficacia el discurso del enemigo externo, utilizando a los cárteles del narcotráfico como la amenaza perfecta para cohesionar a su base política y justificar medidas extraordinarias. Incluso ha inventado organizaciones criminales, como el “Cártel de los Soles”, que apareció en todo el discurso en contra de Maduro, pero que desapareció al presentar la acusación formal.

Hablar de una posible intervención en México exige precisión. No se trata necesariamente de una invasión clásica, con tropas cruzando la frontera de manera abierta. Existen distintos niveles de intervención. El primero, el menos conflictivo e incluso el deseable, es el que ya está ocurriendo: cooperación reforzada en inteligencia y seguridad con el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum. El segundo nivel implica operaciones encubiertas contra objetivos de alto valor para Estados Unidos, realizadas con discreción y negación plausible. El tercero es aún más delicado: el uso de contratistas privados, cazarrecompensas o mercenarios que actúen en territorio mexicano sin un vínculo formal con agencias estadounidenses. El cuarto nivel, el más grave y disruptivo, sería la acción directa de fuerzas estadounidenses para capturar o eliminar personas con procesos abiertos en cortes de ese país.

El discurso público se centra en la seguridad y en la lucha contra el fentanilo, una crisis real y devastadora para la sociedad estadounidense. Sin embargo, sería ingenuo pensar que ese es el único factor. El caso venezolano dejó algo muy claro: tras la captura de Maduro, los principales funcionarios estadounidenses fueron brutalmente sinceros al afirmar que Washington controlaría el petróleo y los recursos derivados de su explotación. En política internacional, la franqueza suele aparecer después de la fuerza, no antes. El fin de semana, el presidente Trump se reunió con los ejecutivos de las principales empresas petroleras estadounidenses y como ocurre en la película El Padrino dos, repartió, literalmente el botín venezolano a quienes apoyaron su regreso al poder.

En el caso mexicano, el trasfondo inmediato es la renegociación del tratado de libre comercio que iniciará formalmente en junio. Energía, inversiones estratégicas y la relación comercial de México con China están en el centro de la disputa. Estados Unidos observa con creciente desconfianza cualquier acercamiento económico de su vecino del sur con Pekín, en un contexto de guerra comercial y tecnológica que definirá el equilibrio global de las próximas décadas.

Entonces, ¿la intervención es inevitable? No necesariamente. Aún existe margen de maniobra, pero este se reduce con rapidez y exige decisiones firmes, realistas y libres de demagogia. La primera tarea del Estado mexicano es fortalecer de manera verificable sus acciones contra el crimen organizado. No basta con afirmarlo en discursos; es indispensable demostrar resultados tangibles que puedan ser comunicados a la comunidad internacional y a los principales socios comerciales.

La segunda acción clave es profundizar la cooperación con Estados Unidos en materia de inteligencia, pero bajo reglas claras y con respeto a la soberanía nacional. La opacidad solo alimenta sospechas y narrativas intervencionistas. En tercer lugar, México debe desplegar una estrategia diplomática activa dentro de Estados Unidos, construyendo alianzas tanto con republicanos como con demócratas, y fortaleciendo al mismo tiempo sus vínculos con Europa y otros actores globales.

El cuarto punto es asumir la renegociación del tratado de libre comercio como un proceso político, no solo técnico. México debe llegar con una estrategia flexible, consciente de las asimetrías de poder, pero también de su valor estratégico para la economía estadounidense. El quinto elemento es quizá el más delicado: demostrar que México es un aliado confiable, lo que implica tomar una distancia prudente y calculada de China. La reciente miscelánea fiscal que grava a países sin tratado comercial es una señal en esa dirección, y Washington la ha leído con atención.

Finalmente, el sexto punto es quizá el más importante: actuar con prudencia, responsabilidad y visión de Estado. En momentos de alta tensión internacional, los desplantes retóricos pueden ser costosos. La soberanía no se defiende con consignas, sino con inteligencia, diplomacia y decisiones estratégicas que entiendan la dureza del mundo en el que hoy nos toca vivir.

La posibilidad de una incursión estadounidense en México no debe asumirse con fatalismo, pero tampoco con negación. Estamos ante un nuevo escenario internacional, más crudo, menos normado y profundamente marcado por la ley del más fuerte. Reconocerlo es el primer paso para evitar que esa posibilidad se convierta en realidad.

Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.

@onelortiz

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