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La incomodidad de la protesta y la defensa de los privilegios

La semana pasada se llevó a cabo en la Universidad Nacional Autónoma de México la VIII Feria Internacional del Libro de las Universitarias y los Universitarios. En ella, y quizá como presentación principal, Angela Davis y Gina Dent presentaron la traducción al español de su más reciente obra, escrita en colaboración con Erica R. Meiners y Beth E. Richie, Abolición, feminismo, ¡ahora!

El trabajo de Davis requiere poca presentación tanto en el mundo académico como dentro de los grupos militantes, especialmente de izquierda. Su participación en ambos espacios ha sido constante y profunda desde finales de los sesenta. Miembro del Partido Comunista de los Estados Unidos, fue candidata a Vicepresidente, mientras que su trabajo en diversas universidades le permitió desarrollar una visión sobre el marxismo que incluía a la raza y el género como elementos indispensables para la comprensión del sistema de dominación moderno.

Uno de los múltiples puntos de contacto entre estos espacios, puede ser visto en su crítica al sistema carcelario, tanto en lo general como concepto y realidad global, como especialmente en el caso de su propio país, Estados Unidos, el más amplio y extenso sistema carcelario del mundo. La forma en la que éste se estructura es, de acuerdo con su visión, parte de un mismo entramado industrial-carcelario, que funciona como una estructuración del racismo, el sexismo e incluso como forma moderna de esclavitud y que debe ser abolido. Se trata quizá, de un punto de vista que resulta radical, especialmente en un espacio como el nuestro, en que la violencia criminal forma parte de la vida cotidiana. Esta realidad es, sin embargo, otra parte del mismo complejo, que tiene funciones disciplinarias que no son opuestas, sino complementarias al de la prisión.

Tanto el tema del libro, como la personalidad e historia de Davis -sin demeritar a la profesora Dent- hacían de esta presentación un evento de gran importancia para la feria y la universidad. Y por ello, también, se convertía en un espacio ideal para actos de protesta, como efectivamente sucedió. Después de una espera de más de diez horas para ingresar al evento, una docena de manifestantes impidió su inicio, con la finalidad de visibilizar las muertes de seis mujeres -Rosa, Vanessa, Viridiana, María Elena, Mónica Valeria y Diana Laura- en menos de tres meses en el penal de Santa Martha Acatitla bajo condiciones que resultan sospechosas para familiares y conocidos, así como la criminalización de protestas y actos de manifestación por parte de alumnos de esta institución, como el caso de Arturo Lugo Macías, “Shevek”, quien fue detenido este año por eventos ocurridos durante la ocupación estudiantil en la FES Acatlán de 2020.

Como puede verse, ambos temas resultan centrales, tanto para el libro como para el trabajo de Angela Davis y Gina Dent, pues reflejan muy bien los procesos de deshumanización que se articulan a través del sistema carcelario, la estructuración de jerarquías a través de él y la forma en que el poder disciplinario constituye elementos de control social mediante la ejemplificación casuística.

Una cosa es, sin embargo, observar estos elementos desde la abstracción o la exterioridad, y otra muy distinta observar la forma en la que ellos actúan en nuestra propia vida cotidiana. Cuando las acciones de ruptura del sistema no se dirigen a algo lejano, existente quizá tan sólo en textos que pueden leerse desde la comodidad de nuestros privilegios, sino contra las estructuras que los mantienen y alimentan, ellos se presentan como hostiles, irreverentes, inútiles cuando no abiertamente dañinos, y quienes articulan estas acciones son vistos como peligrosos, dañinos e incluso subhumanos.

Esto es lo que sucedió en la confrontación que Amneris Chaparro Martínez, actual Directora del Centro de Investigaciones y Estudios de Género de la Universidad y moderadora del evento, tuvo con los protestantes. Durante los primeros minutos, ella fingió la tolerante aceptación que el poder suele mostrar a quien considera inofensivo, pero pronto esta actitud cambió al hostil recibimiento de quien asume que merece más que el resto. Una frase, dicha con total convencimiento, marca muy bien esta actitud. Ella, una autoridad de primer nivel de la Universidad, se enfrentó con uno de los manifestantes diciéndole que no iba a permitir que “un vato” le dijera qué hacer. No resulta raro que la frase, dicha así, recibiera aprobación de parte del público, especialmente porque desde la superficialidad, parecería una subversión de las estructuras patriarcales del poder: una mujer que se opone al “hombre”.

El poder sin embargo, no es una cuestión genética. No deviene de los cromosomas ni tiene una estructuración esencialista o unidireccional. Si fuera así, sería increíblemente sencillo. Este caso lo demuestra: la Directora de un Centro de Investigaciones de la UNAM, una autoridad universitaria, con un enorme capital simbólico, cultural, económico, con una posición jerárquica e institucional que le protege, le decía a quien en ese momento aparecía frente a ella como un estudiante que protestaba contra la Universidad, que ella, que tiene todo ese poder, no le encuentra como un interlocutor válido. El “vato” al que se refiere no tiene que ver con el sexo en esa relación específica, sino con el entramado, complejo y múltiple que conforma la subjetividad de un estudiante cualquiera.

Para algunas personas, podría parecer paradójico que esto suceda precisamente en una plática sobre la abolición del sistema carcelario, que pretende presentar una visión incluyente y amplia del feminismo, basado en una visión de clase y raza que algunas posturas -como el feminismo blanco o aquel que ha sido mal llamado “radical”- rechazan. Por el contrario, yo considero que no es así. Se trata precisamente del espacio ideal para esta pugna. Por un lado, las protestas de este tipo se articulan en muchos casos, en espacios afines debido tanto a la búsqueda de empatía y aprobación, así como potencial ayuda del público y participantes, como un intento de disminuir el impacto negativo que pudiera tener en el futuro inmediato. Por otro, resulta claro que esos mismos feminismos blancos y supuestamente radicales, intentarán, mediante ese capital simbólico, cultural y material, apropiarse de los discursos y los espacios que les son contrarios, con la finalidad de obtener centralidad política para su propia agenda.

Algunas personas han visto en este episodio, un paso más en una supuesta deriva hacia la moderación en el discurso de Davis. Entiendo el argumento, y comparto parcialmente a nivel personal, algunos elementos de este. No obstante, considero que se trata de una reducción individualizante que hace poco por entender los múltiples fenómenos que se encuentran en él contenidos, con la intención de articular una visión “moralizante” que sirve como paliativo. Si asumimos que una mujer, negra, lesbiana, que ha desarrollado todo su trabajo académico y militante en una izquierda que no puede ser considerada sino “radical” termina convirtiéndose en un observador pasivo de un acto de poder de una autoridad universitaria contra estudiantes y manifestantes, entonces algunas personas sentirán que hacen bien en no acceder a los espacios académicos o mejorar sus propias condiciones de vida, pues esto es lo que les vuelve de “verdadera izquierda”.

Esta forma de ver las cosas sin embargo, no hace sino repetir la misma lógica de poder que se esconde detrás de la actuación de la Directora Amneris Chaparro Martínez. Asume una visión lineal y simplista del mundo y el poder y esencializa estas cuestiones para articular una comprensión fetichista de la complejidad social. Algo que a través de su trabajo, tanto político como académico, Davis, Dent y muchas y muchos otros militantes de izquierda, rechazan y combaten.

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