La semana pasada, la Senadora Lilly Téllez -quien debemos recordar, inició en la política dentro de las filas del Movimiento de Regeneración Nacional- realizó una entrevista en Fox News en donde básicamente dijo que nuestro país era un “narcoestado”, donde no es que el crimen organizado haya corrompido al gobierno, sino que ambos, gobierno y crimen organizado son uno mismo.
Con apoyo a esta narrativa, que es la que Estados Unidos está utilizando en contra del gobierno de Venezuela, la Senadora solicitó el apoyo del gobierno de Donald Trump para acabar con el narcotráfico y el crimen organizado en el país. Lo que significaría, según incluso su propia narrativa, acabar también con el gobierno. Esto claro, no lo dice, pero se sobre entiende en lo que dice. Si Morena y la Presidenta no actúan en contra del crimen organizado porque están coludidos, entonces atacar a uno significa también atacar al otro.
A lo largo de los pasados meses México y Estados Unidos han tenido diversos momentos de tensión, producto, todos y cada uno de ellos, al aumento tanto en intensidad como en agresividad de lo que podríamos llamar la necedad imperial de nuestro vecino del norte. Las posturas de Trump respecto a México y los mexicanos no son algo exclusivamente trumpista, y ni siquiera podemos decir novedoso. Todos los gobiernos de EEUU se han relacionado con nosotros basándose en la idea de que nuestra nación y nuestro pueblo son intrínsecamente inferiores. A veces aliados, si, en otras, siervos, pero siempre por abajo.
Esto que estoy diciendo no es una novedad para nadie. No sólo porque la postura -basada siempre en la ignorancia del poder- de EEUU es que ellos son mejores que todos, sino también porque cualquiera que conozca por lo menos por encima la historia de nuestro país reconoce muchos momentos en que ello es evidente. Y por ello, ni siquiera Acción Nacional, que es quien tradicionalmente se ha relacionado más con los gobiernos de ese país, apoya las exigencias ridículas de Trump o de las alucinaciones de su gabinete. Durante meses se había formado un acuerdo tácito para mantener un frente común ante lo que se entiende claramente como un peligro externo.
Incluso en los reclamos que se han hecho de forma sistemática en contra de las reformas estructurales -como lo es por ejemplo, la reforma al poder judicial-, los panistas habían sido muy cuidadosos en mantenerse institucionales. Sus exageraciones las dejaban para las cámaras siempre dispuestas de los medios nacionales, mientras que hacían reclamos en instancias específicas de instituciones extranjeras o internacionales. De nada serviría, lo entienden muy bien, quitar una reforma que les parece dañina para el país, abriendo la puerta a una situación que definitivamente traería más problemas que beneficios.
Después de todo, Acción Nacional entiende muy bien que los gobiernos de Estados Unidos van a defender y apoyar a los intereses de Estados Unidos y los estadounidenses. No son un gobierno mundial o un ente neutro que vigile principios abstractos que beneficien al mundo, sino un gobierno con pretensiones coloniales que siempre y en cada ocasión, van a buscar su beneficio. Cuando ese beneficio se alinea con el de ellos -es decir, cuando el PAN observa que ellos van a ganar algo también-, pues se alían con ellos. Pero saben bien que en esta ocasión y con estas condiciones, no sería en absoluto el caso.
En cambio, quien rompió ese frente común fue un actor secundario de una facción mínima que busca popularidad y reflectores. Un personaje histriónico y cada día más radicalizado que pretende repetir lo que Bolsonaro, Milei e incluso Trump hicieron en sus países: presentar al discurso conservador de derecha como “radical” y contestatario, presentar las ideas y nociones básicas del conocimiento científico -que es muchas veces “contraintuitivo”, es decir que va contra lo que pensamos en primer lugar o contra lo que entendemos de inicio con nuestra experiencia cotidiana- como tonterías (incluyendo claro, a las ciencias sociales y sus postulados) y a elementos morales socialmente compartidos como cosas “antinaturales” o ridículas.
Lilly Téllez no hace esto porque un día despertara y empezara a pensar así por alguna razón mágica. Lo hace porque existe en este momento, un proyecto global, auspiciado por grandes capitales en el mundo, de obtener un cambio en el “sentido común” de la gente. Que la gente empiece a pensar que los derechos son opcionales, incluso nocivos (como la regularización del trabajo en plataformas digitales), que comience a pensar que el problema del mundo es el gobierno (y no los grandes capitales que se encuentran fagocitando todos los bienes de consumo de nuestra sociedad y que ven en el gobierno la única contención en su camino) y que las diferencias sociales son en realidad características que deben mantenernos separados.
Como he mencionado arriba, todos sabemos que EEUU siempre va a velar por sus intereses y va a hacer lo que reditúe en su beneficio. Si hay un grupo de demócratas liberales que pretenden un cambio de régimen en una monarquía absoluta en Qatar o Arabia Saudita apoyados por las socialdemocracias de Europa y del mundo, ellos no tendrán ningún tipo de interés hasta no ver que ese cambio les da más de lo que reciben con los actuales amos de esas tierras. La preocupación democrática de ese país, se limita a los beneficios que puede obtener. Y eso Téllez lo sabe muy bien, como lo sabe también quien estoy seguro ha sido un vínculo entre los grupos internacionales que he mencionado y la Senadora: Ricardo Salinas Pliego. Ambos saben perfectamente que una intromisión de EEUU en México generaría un caos económico, social, político, que decantaría en la pérdida de miles de vidas inocentes y crearía un problema que duraría generaciones enteras. Pero ninguno de ellos se importa, porque lo que ven es que ellos en lo particular, podrían así obtener beneficios.
La naturalización de los discursos radicales de derecha no tiene por objetivo la creación de una sociedad más libre, como siempre lo repiten, sino más débil. La búsqueda de una homogenización imposible en la sociedad, genera un desprecio a los que son diferentes (como la xenofobia, el racismo, la homofobia o la misoginia, que según los reportes están en aumento en todo el mundo); la idea hiperindividualista de beneficios egoístas, rompe las posibilidades de luchas en común, creando sustitutos despolitizados totalmente que se entienden incluso a sí mismos, como grupo, en términos de unidad cerrada. Ambas cosas permiten que los problemas entre trabajadores y patrones, entre gobiernos y ciudadanos, entre dos personas, sean resueltos siempre en tratamientos desiguales que benefician a quien posee más. Durante los primeros años del liberalismo, esa visión era la dominante y por ello, aunque los modelos esclavistas abiertos continuaron, los regímenes coloniales más avanzados exigieron un cambio de modelo en que incluso el más pobre entre los pobres tuviera el poder de la elección: hacer lo que se les mandaba o morirse de hambre.
A lo largo de los últimos diez años, estos discursos han ganado espacios gigantescos. Los estudios muestran que a diferencia de todos los demás momentos de nuestra historia, los jóvenes actuales son en realidad mucho más conservadores que sus padres y sus hermanos mayores en todo el mundo, aunque reproducen ese conservadurismo con un ropaje contestatario. En América Latina, las grandes excepciones eran México, Brasil y Argentina. De los tres, queda tan sólo uno que ha resistido a los embates de esta forma de entender el mundo, aunque lentamente vaya permeando incluso entre quienes se dicen y piensan “de izquierda”.
Por ello, el discurso de Lilly Téllez en Fox News, o las entrevistas de Salinas Pliego en que se presenta como “candidateable” no deben ser vistos como tonterías o payasadas sin ningún sentido, sino como la construcción desde la derecha de una nueva forma de hacer política a través de la mentira descarada y el cinismo. Debemos recordar que todos los que mencioné antes, fueron vistos como ridículos en un inicio y que fue gracias a una inyección gigantesca de capitales a campañas ilegales pero no demostrables, la promesa a las grandes élites nacionales de recursos y espacios hasta ahora prohibidas o limitadas para ellos y la construcción de un discurso de superioridad propia y de los suyos -incluso por encima de expertos en el área de su experiencia- que minaron la fuerza y cohesión social tanto de movimientos de izquierda, como inclusive de asociaciones de derecha. No es el mismo caso en absoluto, que la candidatura de Xóchitl Gálvez en las pasadas elecciones.
Por ello, aproximarse a los Estados Unidos en este momento, no tiene más sentido que buscar el apoyo de Trump para un futuro electoral, como lo es en parte también, las respuestas y ataques de Trump hacia México. Si en realidad ese país quisiera apoyar a la lucha contra el crimen organizado, entonces haría lo que tiene que hacer de su lado de la frontera. ¿En realidad hay alguien que cree que el Mayo Zambada sólo corrompió a funcionarios mexicanos? ¿será que se cree que nuestra policía y nuestras agencias son corruptas pero las de ellos son ineficientes para detener las drogas por otras razones? ¿por qué defender a las fábricas y distribuidores de armas que, se tiene demostrado, surten a grupos delincuenciales de nuestro país? ¿en verdad creen que dentro de los SuperPAC (recaudaciones para campañas en Estados Unidos) no hay dinero del narcotráfico y el crimen organizado?
Pensar que el problema del narcotráfico y el crimen organizado es un problema de México que tiene efectos en Estados Unidos, es un simple intento de construir una narrativa falsa. El problema es un problema multilateral que tiene una división geográfica de producción, como lo tienen todos los mercados y productos y por ello, si EEUU quisiera luchar realmente contra ello, podría hacerlo perfectamente sin intervenir de ninguna manera en México. Y eso todos, Lilly Téllez incluida, lo sabemos. Como en el caso de Venezuela, lo que EEUU busca son los recursos de México. Unos recursos que siempre ha visto como suyos.
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