Desde la comunidad de Atla, Pahuatlán, una menor de 12 años viajó, en compañía de sus familiares, a Huachinango, sede de la fiscalía regional. Después de un complejo recorrido, que sólo es medianamente transitable en auto particular, llegaron al inmueble.
La menor, acompañada por sus familiares, presentaría una denuncia por violación.
No pudieron hacerlo, pues se les interpuso el idioma colonial.
“No es posible tomar su declaración; no contamos en este momento con un traductor certificado. Regresen en cinco días”. Fue esa la frívola respuesta de la agente del Ministerio Público. La Fiscalía General del Estado de Puebla, cuyo presupuesto para el año 2025 fue de más de mil quinientos millones de pesos, tiene la potestad vestida de negligencia de decidir cuándo es oportuno presentar una denuncia y cuándo no.
Que la justicia saque su turno y espere sentada, o de pie, pero que espere.
La menor no sólo tuvo el irreparable dolor de haber sufrido una violación; sino que tuvo también la mala fortuna de nacer en una comunidad indígena y tener por lengua el náhuatl. Porque sí, en este México ser miembro de un pueblo originario no es motivo de orgullo y de reivindicación nacional; es, por el contrario, certeza de padecimientos estructurales, aderezados de racismo, clasismo y marginación.
El hecho anterior pudo ser de conocimiento público gracias a Olimpia Coral y a un grupo de mujeres de la región de Huauchinango, quienes, alimentadas por la indignación, difundieron vía redes sociales reclamos y exigencias hacia las autoridades.
El discurso se ha quedado corto; es rebasado, una y otra vez, por la amarga realidad.
Recuerdo la tarde del 1ro de diciembre de 2018: en un ambiente entre melancólico, nostálgico y triunfalista, López Obrador fue erigido presidente de México. Cientos de miles lo atestiguamos en la plancha del Zócalo de la Ciudad de México.
El momento que más sensibilidad causó en mí ocurrió cuando AMLO fue “limpiado” en una representación ceremonial indígena y bendecido para su encomienda. El chamán que hacía la limpia dobló rodillas para hincarse frente a Andrés Manuel. En una respuesta automática, motivada quizá más por la emoción que por la razón, López Obrador repitió la acción y se hincó frente al maestro indígena.
El hombre-poder, abrazado por la banda presidencial, se convirtió en ese momento en el hombre pueblo: pidiendo perdón, en el símbolo y en los actos, a los pueblos indígenas que lo bendecían.
¿Cuántas rodillas faltaron para pedirle perdón a la niña en la fiscalía de Huauchinango?
La larga noche de los 500 años parece tener, aún, lejos su amanecer.













