Columnas

La trampa de la superioridad moral: sobre los expedientes Epstein y la lucha desde la izquierda

En 2008, el ejército colombiano realizó un ataque ilegal hacia el territorio de Ecuador bajo el argumento de alcanzar lo que según dijeron, era un campamento guerrillero de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia- Ejército del Pueblo (FARC-EP). Seguramente algunos de ustedes lo recuerdan, pues durante dicho ataque, varios estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México se encontraban ahí y fueron asesinados por el ejército colombiano. El relato, conocido en gran parte por los poquísimos sobrevivientes, llegó de forma plena a nuestro país gracias a Lucía Morett, que fue la única de los estudiantes que sobrevivió y que narró la ejecución extrajudicial y los atropellos que se realizaron en la llamada “Operación fénix”.

Algo que quizá no sea tan recordado, es que durante dicha incursión ilegal se encontró, supuestamente la computadora de Luis Édgar Devia Silva, alias “Raúl Reyes”, quien era uno de los dirigentes de esta guerrilla. Con ella, durante años, se fabricó un comodín perfecto: ante cualquier crítica, la respuesta era “aparece en los archivos”, y con eso se cancelaba la conversación. La etiqueta funcionaba como una sentencia moral y política: si te mencionaban, entonces “eras FARC”. El punto es que esos archivos carecían de garantías mínimas: el hallazgo fue ilegal, no hubo resguardo verificable y nunca se pudo separar con certeza lo auténtico de lo alterado o fabricado.

Este uso instrumental de los supuestos archivos por parte del presidente colombiano Uribe y su administración para acallar cualquier intento de crítica u oposición -que resultó profundamente efectiva- fue en su momento muy criticado por la izquierda, no sólo en el país sino también fuera de él. Más aún, cuando también se intentaron usar supuestos archivos “secretos” de esta computadora para lanzar acusaciones hacia gobiernos extranjeros, organizaciones de la sociedad civil e incluso organismos internacionales por “apoyar al terrorismo”. De esta forma, supuestos audios, archivos, listas e incluso fotografías o narraciones fueron utilizadas como comodín para deslegitimar no un mensaje o una posición cualquiera, sino algo que se reveló incluso más efectivo: evitar la discusión de cualquier tema descalificando a quien intentaba hablar de ello.

Esa lógica se repite con frecuencia: cuando no se pueden responder argumentos, se sustituye el debate por una prueba de pureza. Se busca una falla personal, una mancha moral o una sospecha útil para concluir que “nada de lo que dices importa”. Es una forma de inquisición que no está diseñada para encontrar la verdad, sino para justificar por qué alguien debe ser expulsado del debate. Lo preocupante es que, aunque es una herramienta típica de la derecha, también puede colarse en sectores que se dicen de izquierda cuando la política se vuelve difícil y la frustración busca refugio en la “superioridad moral” de quien se siente derrotado.

Creo que todas y todos sabemos que las élites gobernantes de todo el planeta —y esto no es solamente los políticos, que realmente no son más que administradores, sino los poseedores de la riqueza global— gozan de espacios de privilegio que son totalmente injustos bajo los principios que supuestamente rigen a nuestra sociedad. Y también, porque nadie es tan tonto como los liberales fingen ser, es claro que todos sabemos que esos principios no son en realidad los que sustentan nuestras relaciones sociales: el mundo es un lugar injusto, donde se normalizan y naturalizan formas desiguales en todos los espacios sociales y donde el cuestionamiento de esas injusticias es redirigido contra los grupos más débiles por parte de los poderosos para mantener su poder (como el actual odio contra los migrantes, el surgimiento de nuevas formas “antifeministas” o el desprecio por los pobres, que no contra la pobreza).

Aunque sabemos eso, en muchas ocasiones caemos en la tentación de dejarnos escapar un momento de la realidad existente para inventarnos una historia fantástica que explicaría esa injusticia de forma simple, creando un enemigo que puede ser atacado y que nos da la sensación de que somos mejores personas porque no participamos de lo que ellos hacen. Es, lo reitero, el escape del que se siente vencido. Y tal parece que en estos momentos, la izquierda en América Latina -hasta hace poco el último bastión que quedaba en el mundo- tiene bastantes elementos para sentirse así.

El problema no es, claramente, indignarse. El problema llega cuando esa indignación se vacía de contenido y sustituye al análisis. Con el caso Epstein, las “listas” pueden operar como en su momento funcionó la “computadora de Reyes”: una etiqueta simple que evita discutir estructuras y se limita a repartir culpas rápidas. No se necesita ver el nombre de Salinas Pliego en un archivo para saber qué tipo de personaje público es; hemos visto lo que hace y el poder que ejerce. Durante los últimos años, ha quedado claro que ha mentido y engañado para lograr sus fines -algo que es especialmente visible durante este periodo en que ha luchado para no pagar los impuestos que legalmente debía-, que abusa de su poder y posición para dañar a quienes puede -aunque nunca a quien tiene más poder que él y podría responder realmente- y que se oculta detrás de sus privilegios para evitar las consecuencias de sus actos.

Nada de esto tiene que ver, sin embargo, con que su nombre salga en estas listas, ni tampoco con sus características personales. Él no es más que un síntoma de un sistema que está creado para que gente como él exista, y no dejarán de hacerlo, hasta que las condiciones sociales que los permiten e incluso impulsan, sean transformadas radicalmente. Por el contrario, si aceptamos la inquisición como método, la derecha gana dos veces: controla el espectáculo y deja a la izquierda atrapada en un terreno moralista donde siempre puede voltear la acusación mañana.

La lectura de estos archivos no debe ser vista, así, como un escape de las formas elementales del enojo popular, ni tampoco como una prueba de la “podredumbre moral” de las élites de nuestro mundo. No porque el enojo popular no deba existir, ni porque las élites no estén podridas, sino porque la presentación moralizante y el uso de estas formas, no hace sino reproducir las condiciones que permiten su existencia. Vigilar cada caso, observar las diferencias; ver la narrativa que aquellos que se encuentran involucrados intentan empujar y administrar la ira para construir un mejor futuro. Eso, y no la facilona indignación pasiva del que asume que no tiene más salida, es lo que quien se acerca al caso desde la izquierda tiene que hacer. No la repetición de los archivos de una computadora ilegalmente encontrada. No la repetición acrítica del “descubrimiento” del día en una serie de archivos extrañamente encontrados, sino un cuestionamiento permanente de qué condiciones han permitido que este horror cotidiano pueda efectivamente, existir en nuestro mundo.

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