El año electoral da cierta luz en el vigente túnel histórico que engendró ultras. El resultado en Suecia muestra que el paso de las derechas alternativas por los gobiernos puede ser fugaz. La aprobación de Donald Trump, sumergida por debajo del 40%, y el voto genérico a los demócratas sugiere un escenario favorable en la elección intermedia de noviembre.
La popularidad de Milei y Kast cae a nuevos mínimos. Es claro que gobernar desgasta. Un motivo de penalización que descuella sobre el resto es la economía.
Ernesto Zedillo, expresidente de México coautor de una crisis de balanza de pagos, declaró hace no mucho que América Latina crecía poco por culpa de los gobiernos populistas. Achacó lo que denominó “década perdida” (2015-2025) a la reversión de las reformas estructurales avaladas por Washington, que incumplieron promesas a pesar de la infinita paciencia.
“El resultado en Suecia muestra que el paso de las derechas alternativas por los gobiernos puede ser fugaz”.
Pocos años después de sus declaraciones, el diagnóstico envejece mal. Sudamérica ofrece dos casos concretos para refutar el argumento implícito de que gobiernos en apariencia amigables con los inversores (pro-mercado) era condición indispensable para cambiar el rumbo regional.
En Chile, José Antonio Kast heredó una economía que crecía y que poco tardó en descomponer. Tras su llegada a la presidencia, los gasolinazos y la austeridad hundieron la actividad económica hasta llevarla a la contracción.
“Tenemos una situación inflacionaria más alta de la que esperábamos y un nivel de crecimiento más bajo del proyectado”, aceptó el propio mandatario. Su popularidad lo resiente. Una encuesta de Criteria situó su aprobación en 31% y otra de Cadem la puso en 35%.
En respuesta a lo que calificó como un momento “complejo”, Kast anunció la reactivación de la obra pública para frenar la inercia negativa. Keynes, ninguneado en campaña en favor de la motosierra, está de vuelta en Chile.
En Argentina, Javier Milei está por cerrar su tercer año con cuentas decepcionantes hasta para el más ultra. A pesar del hundimiento del gasto, la inversión y el empleo, la inflación continúa por encima del 30% anual, lejos del cacareado “un dígito”. El PIB hila tres trimestres creciendo ligeramente en torno al 2% anual y entre abril y junio cayó 0.6% a tasa trimestral.
Al sumar las galopantes tasas de morosidad de los hogares, hoy por las nubes, el cielo sigue cerrado sin visos del azul celeste prometido. Zedillo, hombre de pocas palabras cuando de autoevaluación se trata, estará satisfecho.
El incumplimiento de las derechas de dinamizar las economías es un activo de campaña para las oposiciones. Ciertamente, las izquierdas han quedado igual de cortas tras inflar expectativas. Aunque excepciones hay. Biden y Obama crearon más empleo que Trump y Pedro Sánchez (PSOE, España) entregará mejores cuentas que sus antecesores del Partido Popular, por nombrar dos ejemplos.
“Los extremistas suelen atar la inseguridad tanto a la llegada de refugiados como al desempleo, su caballo de ataque es el bajo crecimiento que atribuyen a una regulación excesiva de los mercados”.
La diferencia clave favorable al progresismo es que redistribuyen mejor, como confirman los casos de Lula, López Obrador, Sheinbaum y otros gobiernos que talaron las tasas de pobreza y desigualdad. Ese as mata la discreta mano que ahora mismo pueden jugar las derechas.
Una limitante en el mundo desarrollado es que los ultras atizaron la llama de la seguridad como eje temático. La irrupción de AfD, patente tras las elecciones del domingo, obedece en buena medida a la promesa de mano dura contra el crimen y la migración.
Los extremistas suelen atar la inseguridad tanto a la llegada de refugiados como al desempleo. En esta segunda causa, su caballo de ataque es el bajo crecimiento que atribuyen a una regulación excesiva de los mercados.
Aunque mantener a raya a los ultras es tarea multidimensional, las izquierdas pueden adoptar varias estrategias. Aproximarse o emular al rival a la Starmer (Reino Unido) luce inefectivo de corto y largo plazo. Linke ofrece una ruta alternativa. Creció en Berlín apelando al 40-45% del electorado que identifica como principal problema de la ciudad la vivienda, donde una agenda redistributiva es efectiva como marco ganador.
Ciertamente, relegar como temáticas al crimen y la migración eleva la potencial canibalización con partidos progresistas o moderados. No obstante, envía como señal un sentido de urgencia sobre la crisis de asequibilidad (corto plazo), inversión que capitaliza cuando los ultras incumplen (largo plazo). Hegemonizar al elector predispuesto puede bastar para ganar.
En América Latina, el ciclo electoral tiene como próxima aduana Brasil. Trump, alentado por sus maniobras en Honduras, Argentina y Colombia, buscó descarrillar a Lula en favor del protegido de MAGA, Flavio Bolsonaro. Una táctica subrepticia de la Casa Blanca fue poner la lupa sobre el eje de la seguridad, donde los ultras juegan en cancha propia.
El 28 de mayo, el Departamento de Estado estadounidense designó a las pandillas Comando Vermelho y Primeiro Comando da Capital como organizaciones terroristas. Es terreno aplanado para un outsider cercano a Washington. En cambio, una economía estable complica al retador. En este clima, es probable que resulte ganador quien mantenga más activo su eje temático estratégico frente al ajeno.
Las promesas incumplidas del neoliberalismo abrieron puertas y ventanas. A través de ellas entraron los ultras. Para cerrarlas, a veces solo hace falta comprar tiempo, como en Suecia.
En otros escenarios más complejos, toca a las izquierdas refutar a merolicos pro-mercado como Zedillo. Las derechas ni desatan más crecimiento ni redistribuyen mejor. Si perfecciona su uso, el progresismo puede convertirlo en un arma electoral de grueso calibre.











