El 11 de junio de 2017 Morena celebró el tercer Congreso Nacional Extraordinario, en el que esencialmente se discutió la alianza electoral de Morena con el PT, en los marcos de la campaña presidencial del año 2018.
El Congreso Nacional está compuesto por los consejeros nacionales y los consejeros estatales de todas las entidades federativas. Aproximadamente tres mil congresistas.
Los congresistas escucharon la propuesta de alianza en la viva voz de Andrés Manuel López Obrador, secundado por el religioso apoyo de Yeidckol Polevnsky; en ese momento dirigente de Morena a nivel nacional y actual senadora del PT.
Esa fue la primera vez que pude observar —y quedé petrificado— el mágico convencimiento que ejercía el liderazgo carismático de AMLO.
Ya había tenido la oportunidad de estar presente en decenas de discursos de López Obrador, en las diversas giras que hizo en Puebla. Pero la negociación en tiempo real que emprendió con el Congreso Nacional aquella tarde fue algo distinto.
No fue el líder de las masas en el mitin, que evangelizaba ante sus simpatizantes, sin una interlocución directa, cuya respuesta a sus sentencias discursivas era una granizada de aplausos.
Aquello fue épicamente distinto.
AMLO expuso la necesidad de la alianza con el PT. Los congresistas escuchaban.
Llegado el momento de la votación, el aura adoptó un tono surrealista. El mecanismo de voto eran cartones con “A FAVOR” o “EN CONTRA”, mismos que los congresistas sostenían “a mano alzada” para expresar el voto.
Miles de personas alzaban su cartoncito y la comisión auscultadora, encabezada por Yeidckol y Martí Batres, “contaban” los votos desde arriba del templete.
Vaya escena: tres mil cartones alzados, contados por el ojo del buen tanteo desde la cima del templete.
Cosa curiosa: a golpe de vista, la mayoría de los congresistas votaban por la NO ALIANZA con el PT.
Ante el nerviosismo de Yeidckol y demás integrantes del presídium, AMLO —con una sonrisa filosa— tomó el micrófono y frenó la rebelión.
Dijo algo similar a lo siguiente:
“Aquí no habrá imposición, aquí no hay compromisos, se hará lo que ustedes, congresistas, determinen. Pero si yo estuviera en capacidad de votar, votaría a favor de la alianza”.
Se repitió la votación. Al unísono, el Congreso Nacional de Morena elevó los cartones positivamente ante la sutil exigencia de AMLO.
Quedó aprobada, unánimemente, la alianza de Morena con el PT para el proceso electoral 2018.
En esa misma asamblea se rechazó cualquier alianza con otro partido, incluyendo al Partido Verde, por “ser partidos al servicio del viejo régimen”.
Casi diez años después, la alianza del PT con Morena —agregado ahora el Partido Verde— se encuentra en vilo, rozando la fractura.
Son el PT y el PVEM actualmente institutos políticos fuertes y con una representatividad valiosísima, otorgada por la legitimación narrativa de la Cuarta Transformación.
La aritmética no se ahoga ante los mares discursivos: el Partido Verde tenía en el año 2018 16 diputados federales.
Ya en 2021, aliados con Morena, consiguieron 43 diputados federales. Y en 2024, con el abrumador triunfo encabezado por Claudia Sheinbaum, consiguieron 62 diputados actuales.
En el Senado pasaron de 6 senadores en 2018 a 14 senadores en el 2024.
El PT tuvo una conversión similar: en 2015 el PT tuvo 7 diputados federales.
Ya metidos a la alianza con Morena, tuvieron 29 diputados en 2018, 37 en 2021 y 49 en 2024.
En el Senado tuvieron 6 posiciones en 2018, aumentando a 9 en el 2024.
Ante la presentación de la Reforma Electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum, el Partido del Trabajo, en voz de su coordinador en la Cámara de Diputados, Reginaldo Sandoval, ha dejado en claro lo intransitable de la reforma y la imposibilidad del voto a favor de la misma.
Eso sí, afirmando hipócritamente cada cinco palabras que el PT es la 4T y que están a muerte con la presidenta Sheinbaum.
¿Qué lealtad hay en afirmar que apoyan a la presidenta, pero votar en contra de su reforma?
La posición del Verde es similar a la del PT: apoyan en el discurso, pero contravendrán en la votación.
Claudia Sheinbaum expresó días atrás que el hecho de no aprobarse la reforma electoral no representaría un fracaso para ella; por el contrario, asumiría el resultado como un éxito en el orgullo de cumplir con su electorado.
También comentó que ya sería “el pueblo de México” el que valoraría a los partidos que voten en contra —particularmente los de la alianza— y que en esa valoración tendrían su juicio social.
La presidenta entiende bien que la política se juega en tiempos y en escenarios.
Y que, de no aprobarse en un primer momento la reforma constitucional electoral, se habrá agotado su plan A; pero en la sutil sonrisa la presidenta oculta las ganas de anunciar el plan B.
Similar al que ejecutó López Obrador cuando la Reforma Eléctrica no tuvo la mayoría calificada, y reformó con la mayoría simple las leyes secundarias.
Aquellas leyes secundarias fueron tumbadas por la extinta Suprema Corte de Justicia; lo que dio pie al plan C.
“Votar todo Morena para hacer una reforma judicial”.
Es claro que la nueva Suprema Corte de Justicia avalará las reformas ejercidas en las leyes secundarias y que, de alguna u otra forma, la presidenta de México materializará su Reforma Electoral.
Quienes deben ser cuidadosos son los diputados federales del PT y del Partido Verde que originalmente eran militantes de Morena y, por la coyuntura electoral, fueron siglados por otros partidos.
Pues votarán en contra de la propuesta de la presidenta, que eventualmente será materializada en el plan B, y en el proceso electoral de 2027 quedarán disminuidos en el mal sazón de la traición.
Acá la presidenta Sheinbaum ya ganó, independientemente del primer resultado.
¿Qué gana Morena si se aprueba la Reforma Electoral?
¿Qué pierde el PT – PVEM si no se aprueba?













