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Lula: la remontada histórica

Gran sorpresa y enorme triunfo para la izquierda latinoamericana. Contra  los pronósticos, Luiz Inácio Lula da Silva ganó la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil, celebradas este domingo 25 de octubre. Al momento de escribir estas líneas, los resultados oficiales confirmaban su reelección, con alrededor del 52 por ciento de los votos, frente al 48 por ciento de Flávio Bolsonaro. No fue una victoria cualquiera. Lula logró lo que parecía imposible: remontar una derrota en la primera vuelta, enfrentar a una derecha radicalizada y conseguir su cuarto mandato presidencial. Una victoria política de enormes dimensiones.

Sorpresa, porque el pasado 4 de octubre Flávio Bolsonaro había ganado la primera vuelta con el 47.03 por ciento de los votos, frente al 45.16 por ciento de Lula. La historia electoral brasileña parecía condenar al presidente a la derrota. Hasta ahora, quien ganaba la primera vuelta terminaba imponiéndose en la segunda. Sorpresa también porque la campaña estuvo marcada por una intensa confrontación política, denuncias de desinformación digital y un escenario internacional favorable a las derechas. El bolsonarismo parecía tener todo para regresar al poder. Sin embargo, una vez más, el pueblo brasileño decidió escribir su propia historia.

¿Qué cambió en estos 21 días? ¿Cómo consiguió Lula transformar una derrota prácticamente anunciada en una victoria histórica? Ya vendrán estudios demoscópicos, análisis regionales y explicaciones sobre el comportamiento de los distintos sectores del electorado. Por lo pronto, a bote pronto, podemos identificar cinco factores que ayudan a explicar esta remontada. El primero fue la movilización electoral. El Partido de los Trabajadores (PT) comprendió que su principal adversario no solamente era Bolsonaro, sino la abstención. Había millones de ciudadanos que no acudieron a votar en la primera vuelta. Recuperarlos significaba abrir una posibilidad real de triunfo.

Los números son contundentes. Lula consiguió incrementar su votación en aproximadamente 10.3 millones de sufragios entre ambas vueltas, mientras Bolsonaro solamente sumó alrededor de 3.7 millones. La abstención, que había superado el 21 por ciento en la primera elección, disminuyó hasta aproximadamente el 19 por ciento. No todos los votos adicionales provinieron de antiguos abstencionistas, también hubo transferencias de otras candidaturas. Sin embargo, la movilización fue fundamental. Particular importancia tuvo la participación de los jóvenes, especialmente estudiantes universitarios y sectores urbanos. La lección es elemental: las elecciones no solamente se ganan convenciendo, también organizando y movilizando.

El segundo factor fue la batalla digital. Durante años, el bolsonarismo construyó una poderosa maquinaria de comunicación en redes sociales, especialmente en WhatsApp, donde la desinformación, las emociones y los mensajes polarizantes encontraron terreno fértil. Después de la primera vuelta, el equipo de Lula modificó su estrategia. Bajo el impulso de operadores políticos como André Janones, la campaña fortaleció sus redes de comunicación, organizó a sus simpatizantes y respondió con mayor velocidad a los ataques. La inteligencia artificial, los algoritmos y las plataformas digitales pueden influir en las campañas, pero no sustituyen la organización política. Las redes sociales sirven para comunicar; los votos se depositan en las urnas.

El tercer factor fue la recuperación de la agenda social. Lula comprendió que no bastaba con denunciar los riesgos del regreso de la extrema derecha. Era necesario recordar por qué su proyecto político representaba una alternativa para millones de brasileños. La defensa de Bolsa Família, las propuestas para mejorar los ingresos y el impulso a una jornada laboral más corta colocaron nuevamente en el centro de la discusión las necesidades de los trabajadores. La promesa de mejores condiciones laborales y dos días de descanso semanal conectó con sectores que enfrentan largas jornadas y salarios insuficientes. La política social volvió a convertirse en una poderosa herramienta electoral.

El cuarto elemento fue territorial. El nordeste brasileño, bastión histórico del lulismo, volvió a desempeñar un papel fundamental. Sin embargo, la victoria no podía construirse exclusivamente en esa región. Era indispensable disminuir las diferencias en los grandes centros urbanos e industriales, particularmente São Paulo y Río de Janeiro, donde el bolsonarismo mantiene una importante presencia. La estrategia consistió en fortalecer los territorios favorables y disputar cada voto en las regiones adversas. No necesariamente había que ganar donde dominaba Bolsonaro; bastaba con reducir sus ventajas. Una elección presidencial se decide por la suma nacional de los votos, no por el número de estados conquistados.

El quinto factor fue la construcción de una coalición política más amplia. Lula entendió que para derrotar al bolsonarismo necesitaba trascender las fronteras tradicionales de la izquierda. Su candidatura se convirtió en un punto de encuentro para sectores progresistas, organizaciones sociales, fuerzas de centro y ciudadanos preocupados por la estabilidad democrática. No todos sus electores necesariamente comparten las posiciones ideológicas del PT, pero encontraron en Lula una opción frente a la radicalización de la derecha. Esta capacidad de construir mayorías sin renunciar a una identidad política constituye una de las principales enseñanzas de la elección brasileña.

También existe una dimensión internacional imposible de ignorar. La influencia política de Donald Trump y las simpatías de sectores del gobierno estadounidense hacia el bolsonarismo formaron parte del contexto de esta elección. Sin embargo, sería necesario documentar con precisión el alcance de cualquier intervención gubernamental directa. Lo indiscutible es que Brasil decidió su futuro mediante las urnas. La victoria de Lula representa un contrapeso político frente al avance de las derechas radicales en el continente. También fortalece la posibilidad de construir una agenda latinoamericana basada en la soberanía, la cooperación económica y la defensa de los intereses nacionales.

Pero sería un error interpretar el resultado como una derrota definitiva del bolsonarismo. Casi la mitad de los electores votaron por Flávio Bolsonaro. Brasil continúa siendo una sociedad dividida, con enormes desigualdades económicas, tensiones regionales y una intensa polarización ideológica. Lula tendrá que gobernar para todos, fortalecer sus alianzas legislativas y ofrecer resultados concretos. Su triunfo electoral no significa un cheque en blanco. La izquierda latinoamericana debe comprender que las victorias se construyen con organización, pero se sostienen con buenos gobiernos. La pobreza, la inseguridad, el empleo y el poder adquisitivo seguirán siendo los verdaderos desafíos.

La segunda vuelta brasileña deja lecciones para toda América Latina, particularmente para México y Morena. La primera: una elección nunca está perdida mientras existan organización, estrategia y capacidad de movilización. La segunda: la inteligencia artificial y las campañas digitales no bastan para conquistar el poder. La tercera: frente a las presiones externas, la soberanía popular sigue siendo determinante. Y la cuarta, quizá la más importante: los gobiernos progresistas deben responder con hechos, resultados y bienestar social. Lula ganó una elección que parecía perdida. Ahora deberá demostrar que su victoria también puede convertirse en una nueva oportunidad para Brasil.

Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.

@onelortiz

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