Esta semana han sucedido muchas cosas que podrían considerarse importantes para nuestro país -aunque claramente, no todas lo son en un sentido positivo-. En el ámbito internacional, tenemos al menos dos cuestiones relacionadas con la cada vez mayor tensión existente con nuestro vecino del norte. Por un lado, el gigantesco problema humanitario que la administración Trump está generando en Cuba; por otro, el surgimiento de acusaciones, totalmente infundadas de un intento de reconquista del territorio que Estados Unidos robó a nuestro país en el siglo XIX.
Durante la época colonial, Cuba y México formaban una misma unidad geográfica, lo que podría ser llamado un solo “país”, aunque no era exactamente tal: el Virreinato de la Nueva España. No se trataba sólo de ellos y nosotros, claro, porque los territorios de lo que hoy conocemos como Puerto Rico, Guatemala, Belice, Costa Rica, El Salvador, Honduras, Nicaragua, República Dominicana, Trinidad y Tobago, Guadalupe, parte de Venezuela, Colombia y Panamá e incluso países que se nos presentan tan lejanos como Filipinas o las islas Carolinas y Marianas se encontraban en esta entidad territorial y política.
Si no he incluido a lo que ahora son los Estados Unidos, es porque el territorio de la entonces Nueva España que ahora consideramos parte de ese país, era en realidad México, y sólo dejó de serlo por la fuerza. Estados Unidos realizó una guerra sin provocación para apoderarse de ese territorio, e impuso por medios violentos su dominio en el continente contra el único país que por cercanía, tamaño y capacidad, podría intentar oponerse a ello.
Esta no fue ni la única, ni la última intervención de nuestro vecino del norte en nuestros países. La idea detrás del “destino manifiesto”, es decir, la afirmación de que ese país tiene algún tipo de derecho divino marcado de forma fija en la historia para ser el país que domine el mundo, logró configurar a la llamada “Doctrina Monroe” que tantas veces repite Donald Trump y que se puede reducir a la fórmula “América para los americanos”. La cuestión no es sólo semántica, sino eminentemente política: para los Estados Unidos, América es, a veces, el país, a veces, el continente, pero “los americanos” son siempre ellos. Y ellos se asumen así, como los amos del continente todo.
La independencia de nuestro país fue un proceso complejo, largo y fragmentario, que no consiguió, a pesar de algunos aislados intentos, la independencia general de lo que era la Nueva España. Por ello, aunque el Reino de México y sus capitanías y reinos subsidiarios en la masa continental lograron de forma más o menos paralela, ganar la independencia, no lo hicieron los territorios insulares, que continuaron con más o menos esfuerzo, a combatir en sus propios términos.
En este proceso, José Martí, quien es considerado uno de los padres -y primeros mártires- de la independencia de Cuba, llevó a cabo durante la segunda mitad del siglo XIX un largo peregrinaje por varios países, producto del destierro. Su familia, radicada en México, lo acogió en la que él mismo llamó su segunda patria, una nación hermana -históricamente unida- donde tuvo contacto con pensadores y militantes que le permitieron construir de forma conjunta el pensamiento latinoamericanista -y ahora incluso, llamaríamos decolonial- que le caracterizó. Fue de nuestro país que volvió a su tierra, vía República Dominicana, para luchar y morir por la libertad de su patria.
En este periodo, los Estados Unidos continuando con el pensamiento colonial y expansionista que les llevó a la conquista armada del territorio mexicano del norte, inició la guerra Hispano-Americana de finales del siglo XIX, que permitió la independencia de Puerto Rico, Filipinas, Cuba y otros territorios. En Cuba, sin embargo, encontraron una resistencia mucho más pronunciada que en otros lugares, por lo que renunciaron al control directo e intentaron colocar un freno constitucional -la llamada Enmienda Platt- para tener un control material del territorio pero que al mismo tiempo permitiera la idea de independencia.
Esa condición permitió una explotación total por parte de los Estados Unidos del territorio y la población cubana durante décadas. Todos hemos escuchado, alguna vez, las verdades a medias que hablan sobre ingresos altísimos per cápita, o número de médicos o profesores en la isla, pero basta simplemente rascar un poco para observar como se trataba en realidad, de espacios focalizados en las grandes ciudades turísticas, donde lo que hoy conocemos como “expats” (es decir migrantes con dinero) vivían, sin cumplir las funciones de su profesión ni participar en la mejora económica de la población general. Si, es verdad, de forma general, Cuba en las primeras décadas del siglo XX tenía muchos médicos… pero ninguno trabajaba como tal. Eran personas retiradas, que bien disfrutaban de un país empobrecido con un salario que les permitía vivir holgadamente, o bien se dedicaban a la explotación comercial de los habitantes de la isla.
Ese escenario problematizó enormemente la estabilidad política de la isla, lo que derivó en la dictadura de Fulgencio Batista y su régimen de control total como escape de las presiones sociales y el sostenimiento del control por parte de Estados Unidos. Y ahí, en ese periodo, es que de nueva cuenta nuestro país y Cuba se interrelacionaron. Vencidos en un primer intento revolucionario, un grupo de valerosos cubanos que luchaban no sólo contra la dictadura, sino también en contra del dominio estadounidense encontró en nuestras calles y nuestros cafés, en nuestras plazas y jardines, un refugio para la organización.
Los hermanos Fidel y Raúl Castro, el Ché Guevara, Camilo Cienfuegos, Juan Almeida y muchos otros discutieron sus planes para luchar contra la dictadura, buscaron adeptos y entrenaron para su lucha. Nuestro estado, en Xicotepec de Juárez, tiene el orgullo de haber sido centro de operaciones y punto histórico de este esfuerzo, que llevó a la salida del buque Granma desde Tuxtepec, Veracruz a Cuba, para iniciar con la revolución.
La relación entre estos tres países, es, como puede verse, continua y de largo alcance. Somos un triple vecindario que pocas veces se ve de esa manera. Nuestra cercanía no es sólo geográfica -en el espacio compartido por el Golfo de México en común y con la frontera terrestre con Estados Unidos en particular- sino también cultural e histórico. Pero, también lo sabemos, dista mucho de ser equivalente.
Cualquiera que haya viajado a los Estados Unidos y a Cuba, sabe la proximidad que nuestros países tienen. Claro que para el resto del mundo el gigante del norte es una visión hegemónica que obnubila a sus vecinos -yo, como migrante en Europa he incluso escuchado tonterías como que los tacos, el country o los vaqueros son de Estados Unidos-, pero todos los que estamos en este lado entendemos la compleja retroalimentación que llevamos a cabo de forma constante. Y lo mismo pasa con Cuba. Pero la diferencia se encuentra en la manera en la que el otro busca relacionarse con nosotros.
Como lo he mencionado, Cuba ha visto siempre en México a una nación hermana. No es extraño, pues compartimos una historia común y tenemos elementos que hacen más próximos, por ejemplo, a Yucatán o Veracruz con ellos, que con Chihuahua o Sonora. Somos un país que tiene dentro de si muchas patrias. Y en ellas fácilmente cabría la isla, para complementarnos y enseñarnos también, como lo ha hecho siempre.
Por otra parte, Estados Unidos tiene una visión nativista que se deriva de su pensamiento conquistador. Muchos de los pobladores de ese país se saben sin derecho alguno a la tierra que asumen como suya. Y ven, en nuestra piel, en nuestro idioma y en nuestra cultura -una cultura gigante, milenaria, ecléctica y orgullosa- un escarnio contra su liviandad. Y por ello, crean la idea de su propia, natural e inexplicable superioridad. Una superioridad supuesta que se sustenta sólo en la fuerza, como lo hacía en nuestro personal pasado, la de los más brutos en la secundaria.
Uno de los elementos definitivos de este pensamiento, se encuentra en la herida abierta que a ellos les significa Cuba. Un pueblo que se resistió, desde el inicio a su dominio, que tuvo la suerte de contar con aliados y condiciones que le ayudaron como desafortunadamente no lo hicieron con otros, y que consiguió en contra de todo pronóstico, sobrevivir a la más salvaje embestida que tuvo cualquiera en nuestro continente, siendo equiparable, ahora, con un grado de violencia infinitamente mayor, la que tiene el pueblo palestino.
México puede enorgullecerse a nivel mundial de muchas cosas. Una de ellas, es que no hemos dejado solos a quienes asumimos nuestros hermanos. Cuando la Organización de Estados Americanos votó para expulsar a la Cuba revolucionaria de su seno, México se opuso. Cuando en la ONU se presentó, a solicitud de Estados Unidos, una moción para su suspensión, México se opuso. Cuando la URSS cayó, quien envió de forma sistemática ayuda a ese país fuimos nosotros. Y ahora nuevamente, lo hacemos.
Este esfuerzo, sin embargo, resulta al mismo tiempo insuficiente y exagerado (si, ambos… al mismo tiempo) para la derecha en el país. Por un lado, México ha tenido en ocasiones que limitar su ayuda debido a la presión de Estados Unidos -veamos por ejemplo, los envíos de petróleo a la isla- pero al mismo tiempo, hemos buscado formas diferentes de apoyo -como el envío de “ayuda humanitaria” que no es tal, sino un mínimo de dignidad básica-.
Esta solidaridad despierta igualmente la otra herida de nuestro vecino. El saber que el territorio que ocupa, lo hace de forma ilegítima. Y por ello, redirige igualmente su andanada ideológica contra nosotros: nos acusa, de forma fantasiosa, de intentar “reconquistar” lo que nuestro territorio -una palabra que refleja bien por qué eso sería posible- y utilizar no sólo nuestros consulados, sino también la industria musical y de entretenimiento para ello. Incluso Bad Bunny ha sido llamado ya “agente mexicano”.
En este sentido, algunas personas desde la derecha en nuestro país exigen un apoyo sin cortapisas a Cuba. Que “soberanamente” enviemos petróleo a ellos -algo que, honestamente, me gustaría que se hiciera, pero que ha sido ya mostrado como una “línea roja” para los Estados Unidos-. No lo hacen para mejorar las condiciones de vida de la isla, sino porque saben que la capacidad de hacerlo es limitada y entonces buscan utilizar eso contra el gobierno, o, algo que adorarían, conseguir que verdaderamente se enviara y que eso iniciara un ataque frontal en contra de la actual administración por parte de Trump.
Digo que esto es algo de derecha, porque el origen de este tipo de pensamiento se articula desde esos intersticios. Aunque haya algunos que desde la supuesta izquierda (esa, que se piensa iluminada y “empática”) lo reproduzcan como “lo único moralmente aceptable”. Como si para la izquierda las condiciones materiales de lucha no significaran nada y la voluntad fuera el único elemento existente.
No me sorprende que este pensamiento se haga desde los opositores de cualquier intento emancipatorio que exista. Pero si que lo enarbolen quienes se autoidentifican como la verdadera lucha del pueblo (sea lo que signifique eso) en nuestro país. Yo considero, honestamente, que ellos se dan cuenta de lo que están haciendo: jugando para la derecha. En mi experiencia, he tenido muchos conocidos aceleracionistas (gente que piensa que lo que necesitamos es que la gente viva muy mal para que la revolución llegue y por ello, lucha para que incluso empeore diciendo que lo que ayuda no es más que “una trampa”) e inocentes que piensan que la política es un “juego” de todo o nada. Y de nueva cuenta, la gran mayoría de ellos, siempre recibiría un beneficio extra -simbólico, de posición política, de legitimidad- si los esfuerzos de mejorar fracasan y por ello, no les creo.
Por otra parte, me parece que colocarnos en una situación pasiva que no deje nada al horizonte de lo que podemos hacer, es igualmente ayudar al imperialismo norteamericano contra nuestro país y el resto del continente. Ser reactivos es una jugada mala, especialmente si estás en desventaja abierta: cualquier acción tuya sería siempre incapaz de detener los avances del otro.
En este sentido, México se ha presentado, en la medida de sus propias posibilidades, como una solución a este problema gigantesco. Lo ha hecho, reitero, sabiendo que tendrá un costo, pero que igualmente no hacer nada lo tendría de lleno. Es hora de escuchar el fondo de lo que la gente dice y ver sus intenciones reales, en este tema, como en muchos otros.
También puedes leer: La trampa de la superioridad moral: sobre los expedientes Epstein y la lucha desde la izquierda













