La narrativa más reciente del gobierno de los Estados Unidos sobre el narcotráfico persigue un objetivo preciso: fundirlo conceptualmente con el terrorismo para habilitar una nueva fase de intervencionismo militar en América Latina y no se trata solo de un giro retórico. Desde la noción de “narcoterrorismo” aplicada a los cárteles, hasta la designación de ciertas drogas como “armas de destrucción masiva”, la administración de Donald Trump ha fijado un marco discursivo que reordena el problema del narcotráfico como una amenaza existencial, no como un fenómeno económico, político y social profundamente entrelazado con el propio sistema capital global.
Este cambio semántico no es inocente, así como no fue inocente el cambio de nombre de Golfo de América en todas las plataformas digitales, lo que se nombra existe y al nombrar al narcotráfico como terrorismo, se intenta borrar la historia de acumulación por despojo en Iberoamérica por las responsabilidades estructurales de Estados Unidos en la configuración de estos mercados y reactivar, con nuevos ropajes, viejas doctrinas imperiales como la Doctrina Monroe. La diferencia con otras etapas del imperialismo estadounidense no es de contenido está en la forma, hoy el presidente Trump lo dice sin pudor, sin diplomacia, sin eufemismos, desde el 2015 afirmó que “México no nos envía a los mejores, nos envía criminales, violadores y traficantes”, hoy solo agrega una palabra más al repertorio: terroristas.
Esta operación discursiva tiene un antecedente claro en la propia historia reciente de Estados Unidos, con la llamada Operación Rápido y Furioso el gobierno mexicano permitió la entrada de miles de armas de alto calibre por parte del gobierno de los Estados Unidos que terminaron directamente en manos de los cárteles que hoy Washington señala como organizaciones terroristas. El patrón se repite una y otra vez en la política exterior estadounidense, Afganistán es un ejemplo clásico, financiamiento, entrenamiento y armamento a muyahidines y talibanes a finales de los años setenta y ochenta, para luego convertirlos en el enemigo absoluto; Irak ofrece otro caso: respaldo militar e inteligencia a Sadam Husein durante la guerra Irán-Irak, seguido de su demonización y destrucción; el surgimiento del Estado Islámico (ISIS) no puede entenderse sin ese largo historial de intervenciones selectivas, abandonos estratégicos y reconfiguraciones violentas del orden regional, así como la construcción del imaginario terrorista.
América Latina ya vivió su propio laboratorio de estas políticas durante la década de los ochenta. El apoyo a dictaduras militares en Guatemala y El Salvador, la guerra contrainsurgente en Nicaragua y la persecución sistemática de movimientos sociales dejaron una estela de muerte que aún estructura las migraciones, la violencia y la precariedad actuales. La diferencia con la guerra contemporánea contra el narcotráfico es que hoy la violencia no es solo un medio para capturar territorios o recursos, sino una fuerza económica en sí misma. La producción de terror genera mercados, justifica presupuestos, alimenta industrias de seguridad, armamento, vigilancia y control. La barbarie exacerbada deja de percibirse como un exceso para convertirse en un insumo rentable.
En este contexto, la política que Donald Trump ha bautizado como «Doctrina Donroe» no es otra cosa que un pacto mercantil basado en la mutilación, el miedo y la violencia, orientado a proteger y expandir los intereses económicos estadounidenses, un movimiento imperial abierto que antes aparecía bajo la forma globalizadora. Bajo esta lógica, cualquier país puede ser señalado como terrorista si obstaculiza el flujo de capitales, recursos estratégicos o rutas comerciales, sea el gobierno en turno democrático o no. El narcotráfico funciona aquí como pretexto, no como causa real, es el significante perfecto, nadie sale a defenderlo, pero todos pagan las consecuencias. La historia demuestra que las políticas de seguridad surgidas tras la Doctrina Monroe, luego bajo la Doctrina de Seguridad Nacional, nunca estuvieron diseñadas para reducir la violencia, sino para administrarla.
Las prácticas brutales del narcotráfico son, sin duda alguna, formas de terror absoluto. Pero ese terror no busca destruir el capitalismo contemporáneo, sino radicalizarlo, ya que favorece la libertad de mercado en su versión más salvaje, acelera la circulación de mercancías, disciplina territorios y abarata la vida humana. No emerge en Estados débiles, sino en Estados fuertes, con infraestructura, puertos, aduanas, sistemas financieros y capacidad logística suficiente para sostener mercados ilícitos de escala global.
Bajo la ecuación terrorismo igual a narcotráfico, la reciente intervención armada de Estados Unidos en Venezuela representa un punto de inflexión para toda la región. Con el argumento de que el llamado Cártel de los Soles operaba desde territorio venezolano y con la acusación directa contra Nicolás Maduro como supuesto jefe de dicha organización, Washington ha justificado una acción que, en el fondo, responde a intereses económicos explícitos. Las primeras declaraciones del propio Trump no giraron en torno a derechos humanos ni a seguridad regional, sino al despojo del petróleo venezolano y a la reapertura del país a la inversión de grandes corporaciones estadounidenses ponderando los intereses estos mismos.
La respuesta de los organismos internacionales ha sido predecible. La ONU, fiel a su tradición, ha llamado al diálogo mientras los hechos consumados se imponen arbitrariamente sobre el terreno. La preocupación es real, ya que en este escenario de total impunidad, cualquier país de Iberoamérica puede convertirse en el siguiente objetivo narcoterrorista, basta con señalar la presencia de drogas sintéticas, que ya son catalogadas como armas de destrucción masiva, en el territorio para poder intervenir los recursos de cualquier soberanía. El precedente ya está sentado.
La agresión contra Venezuela no es un episodio aislado ni un error de cálculo. Es parte de una política que ha llegado para quedarse, gobiernen republicanos o demócratas, lo que cambia es el tono, no la estructura, hoy asistimos a un imperio consciente de sí mismo, orgulloso de su capacidad de destrucción, dispuesto a usar abiertamente el lenguaje del bien contra el mal para asegurar ventajas económicas en un mundo en crisis.
A quienes celebran la invasión de Venezuela y fantasean con una intervención similar en México es necesario recordarles estos puntos históricos que hemos tratado, como una reflexión no sólo del proceso mental, sino como la creación de una imagen especular de lo que podría pasarnos. En La Divina Comedia, Dante reserva los círculos más profundos del infierno no para los violentos, sino para los traidores, en la serie Breaking Bad la violencia nunca aparece como redención, sino como una maquinaria que devora incluso a quienes creen controlarla. Mientras la discusión permanezca atrapada en juicios morales y slogans electorales, no podremos abordar el peligro de la extracción asimétrica de nuestros recursos nacionales, México no solo tiene petróleo, litio o minerales estratégicos, también tiene rutas interoceánicas, fuerza de trabajo y una posición geopolítica clave, si pensamos que el intervencionismo traería orden es porque estamos ignorando que en este juego, el caos también es un negocio que no factura a favor de casa.
Referencias:
– Fabián Sain, Marcelo y Nicolás Rodríguez Games (2015). Tendencias y desafíos del crimen organizado en Latinoamérica. Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo. Buenos Aires.
– Boron Atilio A. (2012). “La importancia estratégica de América Latina para Estados Unidos” en Boron Atilio A. (2012). América Latina en la geopolítica del imperialismo. Ediciones Luxemburg, Buenos Aires.
– Leal Buitrago, F. (2003). La doctrina de seguridad nacional: materialización de la guerra fría en América del Sur. Revista de Estudios Sociales, 74 – 87.
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