En la política mexicana, los libros de memorias rara vez son ejercicios inocentes. Suelen aparecer cuando los protagonistas han dejado el cargo, cuando las lealtades se erosionan y cuando la historia inmediata aún está en disputa. En ese registro se inscribe “Ni venganza Ni perdón. Una amistad al filo del poder”, volumen en el que Julio Scherer, abogado, consejero jurídico de Andrés Manuel López Obrador en la primera mitad de su gobierno, y en palabras del propio expresidente un “hermano”, presenta con apoyo de Jorge Fernández Meléndez una suerte de declaración política respecto a lo que él considera su participación en el primer gobierno de la cuarta transformación.
El propio Julio Scherer reconoce que no sabe escribir libros, sólo redactar demandas, por lo cual recurre al periodista Jorge Fernández Meléndez para, en lo que es una suerte de larga, larguísima entrevista con comentarios del periodista, registra una conversación íntima y reflexiva que intenta fijar su versión de los hechos. Más que autobiografía, el texto funciona como alegato: una defensa personal, una explicación de agravios y, sobre todo, una disputa por el sentido del poder en el lopezobradorismo.
El libro devela los entretelones de la política palaciega y la injerencia de figuras centrales de la democracia mexicana, como Cuauhtémoc Cárdenas, Marcelo Ebrard, Alejandro Gertz Manero y los expresidentes Enrique Peña Nieto y Felipe Calderón. También describe los avatares del primer trienio de AMLO en el poder, un periodo en el que, según el autor, además de haber sido consejero jurídico de la presidencia, fue uno de los hombres más influyentes del gobierno, responsable de implementar cambios profundos y plasmar en letra las convicciones del mandatario. Esa autopercepción complaciente y sobrada atraviesa todo el relato: Scherer no narra desde la periferia, sino desde la convicción personal de haber sido pieza clave.
Cuando apareció el libro, incluso antes de su circulación plena, los medios de comunicación, las redes sociales y los opositores al gobierno concentraron sus críticas en un único pasaje: el que aparece en las páginas 252 y 253, donde, según el autor, Jesús Ramírez, de acuerdo con documentos y testimonios de inteligencia, mantuvo reuniones con Sergio Carmona y fue el vocero de la presidencia quien se lo presentó al entonces presidente nacional de Morena, Mario Delgado. El escándalo eclipsó el resto del contenido. El texto de Julio Scherer tiene muchos más hilos de los cuales tirar, y quizá los más relevantes no están en ese episodio, sino en su lectura del poder presidencial.
Se trata, en esencia, de un retrato de intrigas en torno a Palacio Nacional. Scherer afirma que el presidente López Obrador es un gran político, pero un pésimo administrador; que fue manipulado; que los puestos en el gabinete se otorgaban con un 90% de lealtad y un 10% de capacidad, lo que provocó graves problemas en la administración pública. Admite que el presidente definía o cancelaba candidaturas, apoyó la alianza con el PAN para llevar al poder a Gabino Cue en Oaxaca, pero se opuso con furia para impedir que Alejando Encinas concretara la alianza con los panistas en el Estado de México y que influyó de manera determinante en la elección de Arturo Zaldívar como presidente de la Suprema Corte. Tales afirmaciones no sólo describen una experiencia personal: cuestionan el corazón del proyecto político y rompen desde dentro la idea de que el pueblo manda y decide.
También revelan el lugar desde donde escribe el autor. Al fin de cuentas, es la visión de un abogado nacido y ubicado en un sitio privilegiado del poder, de un movimiento social al cual no pertenece ni entiende y que, por el contrario, ubica en un plano marginal en su relato. El lopezobradorismo aparece menos como movimiento popular que como estructura de decisiones personales. Esa mirada explica tanto sus elogios como sus resentimientos.
Scherer es enfático en subrayar su cercanía con López Obrador, así como la amistad de su padre con el expresidente, a quien dice haber conocido en el lecho de muerte de Heberto Castillo en 1997. Afirma incluso que “de alguna manera López Obrador llega con Cuauhtémoc Cárdenas”, omitiendo el hecho, por demás conocido, de que fue Graco Ramírez quien presentó a López Obrador con el ingeniero. Esa selectividad narrativa no es menor: en las memorias políticas, lo que se omite suele ser tan revelador como lo que se cuenta.
El autor también reivindica su papel en episodios clave: su defensa de Carlos Imaz durante los videoescándalos de 2003 y su cercanía con la Presidenta Claudia Sheinbaum; su participación en el equipo jurídico del desafuero, junto con Javier Quijano y Miguel Ángel Mancera; su influencia durante el infarto de López Obrador en 2013, cuando asegura haber convencido a Beatriz Gutiérrez Müller de contratar un seguro de gastos médicos sin avisarle a Andrés con el cual se sufragaron los costos derivados de este incidente. Momentos en los que, dicho sin ambages, “echa mucha crema a sus tacos”. No es sólo memoria: es construcción de legado.
En su lectura del PRD, Scherer sostiene que Andrés Manuel ponía los votos y los “chuchos” se quedaban con el dinero. Claro que López Obrador ponía los votos, su carácter de líder social y su carisma son innegables. Sin embargo, cuando se habla de pesos y centavos existen —como diría el clásico— “otros datos” sobre el financiamiento parlamentario y partidista que sostuvo al obradorismo. La historia, nuevamente, aparece como territorio en disputa, en la cual Jesús Ortega, Jesús Zambrano, Carlos Navarrete, Javier González, Alejandro Encinas y Guadalupe Acosta Naranjo, pueden aclarar si los recursos que sostenían a López Obrador salían del partido y de sus grupos parlamentarios o bien era recaudado por emisarios de AMLO, como el propio Julio Scherer en su tiempo. Si hay pruebas de uno u otro aspecto es el momento de ponerlas en la palestra pública.
Uno de los pasajes más reveladores es la cena de la noche del triunfo en 2018, celebrada en el condominio horizontal de Andrés Manuel en Tlalpan, con la presencia de empresarios de los principales medios de comunicación: Bernardo Gómez de Televisa; Ricardo Salinas Pliego de televisión Azteca y Olegario Vázquez Adalid de Grupo Imagen. La escena sintetiza la paradoja del poder: el movimiento que se proclamaba ruptura también tejía continuidades. El libro, quizá sin proponérselo, muestra esa tensión estructural de la Cuarta Transformación.
Donde el texto adquiere tono más áspero es en la delimitación de afectos y enemistades. Scherer pondera a Marcelo Ebrard, Omar García Harfuch y Ricardo Monreal.
Mientras que se va con todo en contra de Jesús Ramírez, al que acusa de haber manipulado al presidente; Adán Augusto López Hernández, a quien acusa de haber expropiado y destruido el manglar en donde se construyó la refinería de Dos Bocas, una obra que nunca debió haberse construido, según el autor; a Rutilio Escandón, al cual considera el peor candidato y peor gobernador que tuvo Morena; a Rocío Nahle, a quien considera un cero al izquierda en el tiempo en que estuvo en la Secretaría de Energía y que prácticamente le construyeron la refinería para que tuviera domicilio en Veracruz; a Manuel Bartlett Díaz que dice que le hizo un gran daño al gobierno de López Obrador y recuerda como Bartlett amenazó a su padre; a Olga Sánchez Cordero con la que tuvo serias diferencias desde el principio y por supuesto, con Alejandro Gertz Manero, el cual, una vez que dejó la consejería jurídica, se dedicó a hostigarlo sin tregua. También habla pestes de María Elena Álvarez Buylla y de Hugo López Gatell.
“Ni venganza ni perdón” es, en última instancia, un título irónico. El libro contiene ambas cosas: reproches y reivindicaciones. Como todo testimonio de poder, debe leerse con cautela crítica, entendiendo que no ofrece la verdad, sino una verdad posible entre muchas.
Porque la historia del lopezobradorismo —como toda historia viva— aún no se escribe en los libros de memorias, sino en la confrontación de relatos. Y este volumen, más que cerrar un ciclo, confirma que la disputa por el sentido de la Cuarta Transformación apenas comienza. Ojalá los interpelados, que son muchos, respondan. Sólo así la memoria dejará de ser monólogo y se convertirá en historia.
Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.
@onelortiz
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