Hace algunos años invité a un amigo ecuatoriano a participar en un Congreso de Derechos Humanos organizado por el Gobierno del estado de Puebla a finales del mes de septiembre. Entre las diversas actividades académicas que habitamos juntos, ponencias, comidas apresuradas y largas conversaciones sobre América Latina, hubo algo que él repetía constantemente frente a distintos auditorios: “México es un país profundamente patriota”.
Recuerdo haber escuchado aquello con un alto grado de incredulidad. No porque negara el patriotismo mexicano —ahí estaban las banderas del mes, los gritos de independencia, los partidos de la selección—, sino porque no lograba comprender qué era exactamente lo que él veía y yo no. ¿Dónde estaba ese patriotismo? ¿En qué rincón de la vida cotidiana habitaba algo que para él parecía tan evidente y que, con una especie de tristeza, decía? Pues parecía que lo veía con cierta melancolía porque a decir de él en Ecuador no había ese grado patriótico.
Durante años pensé poco en esa afirmación, al amparo de haberla olvidado.
Hasta hace unos días.
Estaba, con unos amigos, hablando sobre mi último libro y las rutas técnicas y de contenido para migrarlo a producción cinematográfica; comíamos tacos de carne asada en la calle.
Nada extraordinario.
O quizá sí.
Porque mientras esperaba mi orden comencé a mirar el paisaje que me rodeaba con una atención distinta; encontré un perro que dormía sobre el cemento todavía húmedo de la previa lluvia; los taqueros gritaban a la distancia “¿de qué van a querer sus tacos, de pura asada o campechanos y cuántos?”; una hielera blanca —de esas que parecen patrimonio cultural no declarado— estaba llena de boings de mango y guayaba; alguien preguntó cuál era la salsa que sí picaba, porque en México no basta con comer salsa: hay que demostrar cierta valentía frente a ella.
Y entonces entendí a Diego, mi amigo ecuatoriano.
Vi, quizá por primera vez siendo mexicano, algo que un extranjero había visto antes que yo: el mexicano es profundamente patriota.
Claro, nuestro patriotismo no se expresa como en otras geografías.
Nuestro patriotismo no habita únicamente en símbolos oficiales, himnos o ceremonias.
Nuestro patriotismo aparece de maneras cotidianas y formas específicas de encuentro.
Porque el taco con salsa —permítame la aparente irreverencia— es también una institución nacional.
En la taquería se conversa sobre política y se critica o aplaude al régimen en turno; ahí se diagnostican los problemas del país con una seguridad que haría sonrojar a más de una mesa técnica de análisis; ahí se discute quién debe dirigir a la selección mexicana; si el América compró otro campeonato o si ahora sí las Chivas volverán a ganar; si el próximo Mundial será nuestra oportunidad o una nueva decepción; si el vecino abrió un negocio o si el primo regresó de Estados Unidos.
El taco es el espacio de encuentro, cara a cara, de la mexicanidad. El taco es el ágora mexicana construida entre servilletas impregnadas de salsa de habanero —que sí pica— y la hiperventilación que eso provoca.
Hay algo profundamente patriótico en sostener estos pequeños universos cotidianos.
Ahí, en la taquería y no en los libros ni en los círculos rojos del intelectualismo nacional, entendí que el patriotismo más genuino no es aquel que se proclama con estridencia y performance, sino el que se practica sin nombrarlo; defendiendo, sin la necesidad de la violenta fuerza, ciertas formas de encuentro, ciertas maneras de habitar el mundo y ciertas costumbres que terminan por constituir una sensibilidad colectiva.
Durante mucho tiempo pensé que el patriotismo mexicano estaba en las grandes narrativas políticas nacionales posrevolucionarias o en las grandilocuentes ideas del intelectualismo nacional surgidas del grupo Hiperión o años atrás en el Ateneo de la juventud.
Hoy sospecho que también está —y quizá más intensamente— en escenarios aparentemente insignificantes, donde el vendedor que memoriza el pedido habitual de sus clientes, el boing frío dentro de una hielera y la salsa que sí pica son quienes protagonizan.
Aquella noche vi a mi país desde la mirada que un extranjero tuvo antes que yo.
Y me quedó claro que la mexicanidad, frecuentemente para el mexicano, se esconde en aquello que por estar demasiado cerca dejamos de ver.













