A propósito del controversial contenido de los libros de texto comandados por Marx Arriaga, de su corporalidad fuera de la SEP y de las narrativas que circulan al respecto…
Pocas imágenes resultan tan extrañas para nuestra sensibilidad contemporánea como la de un filósofo que decide expulsar a los poetas de la ciudad ideal —pues ni los filósofos nos llaman la atención ni creemos en la utopía de la ciudad ideal—; sin embargo, eso fue exactamente lo que propuso Platón en La República: si la polis quería ser justa, los poetas no podían formar parte de su sistema educativo.
La razón no era un elitismo arbitrario ni una guerra contra la estética literaria. Platón sospechaba de algo más profundo; pues pensaba que la poesía educa, pero educa mal.
Para entenderlo, primero hay que recordar que en la Grecia antigua los poemas no eran entretenimiento, eran una forma de educar. Los jóvenes aprendían historia, moral, política, virtudes y modelos de conducta escuchando a Homero o Hesíodo.
El poeta era el pedagogo de la ciudad. Y precisamente, para Platón, por eso el problema era grave.
Platón sostuvo que el poeta no enseña mediante conocimiento, sino a través de la imitación —mímesis—; lo que implicaba que el oyente no comprendiese racionalmente lo que es la moral o la justicia, sino que la sentía al identificarse con el héroe. Así, la educación deja de ser reflexión para convertirse en contagio meramente emocional.
El riesgo, para Platón, es político. Una ciudadanía formada miméticamente no distingue entre lo verdadero y lo verosímil, pues solo responde a imágenes potentes, no a argumentos. La emoción reemplaza al criterio.
El filósofo temía que los jóvenes aprendieran a llorar con los héroes, admirar a los tiranos valientes o justificar la violencia si era narrada con belleza. La poesía, decía, no transmite verdad sino apariencia de verdad. Y una ciudad gobernada por apariencias es fácilmente manipulable.
Luis Alegre propuso una analogía brillante en su libro El lugar de los poetas para entender la preocupación de Platón, al decir que imagináramos que la educación pública fuera sustituida por los cánticos de la hinchada de un estadio.
No sería una sociedad sin educación, sería una sociedad educada emocionalmente —piénsese que aprender sobre identidad nacional se redujese a hablar de las chivas—. Habría cohesión, pero no deliberación; comunidad, pero no crítica; pasión compartida, pero no verdad discutida.
Ese es el punto central; la mímesis no elimina la formación, la sustituye por otra forma más eficaz porque no parece educación.
Y ahí es donde la escena deja de ser griega.
Hoy ninguna democracia sustituye formalmente la escuela por la grada del estadio. Pero algo similar ocurre cuando la formación política se produce principalmente mediante consignas, narrativas simplificadas, videos virales, conferencias de prensa o espectáculos.
En el México contemporáneo, buena parte de la discusión pública funciona como pedagogía mimética. No importa tanto comprender un problema como reconocer de qué lado se está. La política se vive como pertenencia afectiva antes que como juicio crítico. No se piensa lo que se hace, se hace por hacer.
No es exclusivo de un gobierno, un partido o una ideología sino de una estructura cultural. La rigurosidad y seriedad política se vuelve secundaria frente a la lealtad narrativa; y el desacuerdo ya no se interpreta como error, sino como traición.
Platón temía exactamente esto: que la ciudadanía fuera formada por relatos poderosos en vez de por razones discutibles.
El problema no es la emoción —toda comunidad política la necesita y nosotros en el trabajo académico hemos buscado reivindicarla— sino cuando ésta ocupa el lugar de la crítica. Cuando la política deja de ser un espacio para persuadir y se convierte en un espacio para reafirmar identidades construidas desde el argumento de poder.
Quizá por eso el gesto radical de expulsar a los poetas no era un ataque al arte, sino una defensa de la libertad. Platón intuía que quien controla la imaginación colectiva no necesita imponer la obediencia.
Una sociedad puede creerse muy politizada y, sin embargo, estar profundamente despolitizada. Basta con que haya pasión sin pensamiento.
Ese, en el fondo, era el miedo del viejo filósofo. Que la ciudad dejara de ser gobernada por ciudadanos y pasara a ser gobernada por relatos que nadie eligió, pero que todos repiten…
Dígame Usted, ¿quiénes son los poetas a los que tendríamos que expulsar en México?













