Durante el fin de semana recibí varios mensajes de amistades, familia e incluso algunos de los odiantes cotidianos que ahora me toman como vocero presidencial, para preguntarme -en el mejor de los casos- o bien “demostrarme” la clara hipocresía de la 4T a través de un episodio que realmente es totalmente anecdótico: la supuesta mudanza al “más caro y exclusivo barrio de Madrid” de la Doctora Beatriz Gutiérrez Müller y su solicitud de la ciudadanía española.
Digo que es anecdótico, porque de ser cierto, en realidad no diría absolutamente nada. En el primer caso, el de la mudanza, se podía adivinar desde la distancia que se trataba de uno de esos múltiples, ya cansinos y repetitivos intentos de mostrar escándalos “terribles” que no tienen no sólo prueba alguna, sino que no son ni siquiera lógicos. Es falso, pues, como falsos fueron los relojes de lujo para el profesor de primaria que era acusado de recibir Rolex, o los zapatos de 30 mil pesos que se encontraban en una tienda genérica en menos de 800 o los cientos de otros ejemplos, cada uno más ridículo que el siguiente.
En el segundo caso, el de la ciudadanía, en realidad no entendí muy bien el argumento. Por un lado, las tres personas que me lo mostraban como burlándose de ello, asumían que era contradictorio que alguien que había criticado a la corona de España y que había asumido una postura clara sobre las disculpas que ese país, y el nuestro le deben a las comunidades indígenas de forma histórica, solicitara la ciudadanía a la que tiene derecho por familia. Pero al mismo tiempo, esas personas habían dicho, en su momento -las tres, ojo- que Gutiérrez Müller no tenía nada que decirle a los reyes de España, porque ella era mexicana y que eso era un problema de otro país…
Como bien saben, yo, personalmente, me encuentro a diario con esa clase de argumentos. Hay gente que me dice que no debo opinar de Portugal o de Europa, porque en realidad no soy ni portugués ni europeo, mientras que hay otros que me dicen que no opine de México o de América porque no vivo ahí. En realidad, como lo he dicho, me parece la salida fácil del cobarde que se siente vencido por un argumento que no puede vencer. Y creo que en el caso de la Doctora Beatriz, sucede lo mismo: no veo hipocresía ni problema alguno con estar en contra de lo que hace un gobierno y solicitar la ciudadanía a la que tienes derecho, como no veo contradicción en oponerte a tu gobierno cuando hace algo mal porque “es tu gobierno” (recuerdo aún, en la preparatoria, cuando una profesora se inventaba las más ridículas reglas y cuando le demostrábamos que no era algo reglamentario, nos decía “si no les gustan las reglas, váyanse a otra escuela”).
Estas preguntas y todo ese escándalo, sin embargo -que ya fue mostrado como falso por la misma Beatriz Gutiérrez Müller- hicieron preguntarme por qué sacar un tema tan aleatorio y seamos sinceros, tan banal, para atacar en este momento. Y no me resultó difícil encontrar la respuesta.
Ha salido en estos días, los datos que el INEGI ha recabado respecto a la pobreza en nuestro país. La metodología utilizada no mide solamente el ingreso, sino que, desde 2008 asume una postura multidimensional que permite un acercamiento más real al fenómeno y nos deja tener una perspectiva más amplia de lo que sucede. Esta decisión, tomada por el CONEVAL en ese entonces, se ha respetado en este año, así como la gran mayoría de las decisiones que se utilizaban en ese entonces.
Los datos son no sólo buenos, sino algo mucho mejor que eso: son históricos. En el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, la pobreza por ingreso (el indicador base que se tomaba en consideración en el pasado) disminuyó del 50% en 2018, a 35% en 2024, es decir, se pasó de más de 62 millones de pobres a 46 millones en un sexenio. Y eso es, tan sólo, en cuestiones de ingreso inmediato, que no mide la totalidad de las dimensiones que engloban la idea de pobreza, pero que marcan con claridad que 16 millones de personas dejaron de recibir menos dinero que la línea de pobreza. Tan solo eso, sería ya una noticia extraordinaria en cualquier país. Pero no es lo único que se ha conseguido.
Si observamos de una forma más amplia, la pobreza multidimensional ha disminuido también en un porcentaje parecido. En 2018, el 41.9% de la población mexicana se encontraba en esta condición, es decir 52 millones de personas, y en los seis años de la administración de López Obrador, ese porcentaje se redujo a 29.6% lo que representa 38.4 millones de personas. Esta disminución ha sido nacional, no solamente en alguna zona, mostrando un avance en todas las entidades federativas, y dejando a 13 de ellas con una erradicación de la pobreza extrema, que pasó en números totales de 8.7 millones, a 6.9 (estadísticamente se considera la erradicación cuando menos del 2% de la población está en esa condición).
Todos estos logros se consiguieron con un extra que considero formidable: cada uno de los indicadores de desigualdad social en el país, se redujeron igualmente. Si tomamos en cuenta los ingresos de los más ricos y los más pobres, hubo una reducción gigantesca en la distancia entre ellos, con un aumento de quienes obtenían menos abrumador. Nada de “igualar para abajo” como siempre dice la derecha que tiene que hacerse para lograr la igualdad.
Estas noticias son, además, históricas por otra razón: todos los estudios muestran que una gran parte de ellos se dio gracias al aumento en el salario mínimo y su impacto en el salario medio del país. Durante décadas, las políticas públicas y económicas de nuestros “grandes expertos” asumieron como mantra que era imposible realizar esta acción, porque se dispararía la inflación, algo que no pasó en absoluto. Porque no, el encarecimiento de ciertos productos, especialmente si es temporal, no es “inflación”. Con un salario que se triplicó en algunas zonas, los precios se mantuvieron estables y no hubo ese siempre mencionado proceso inflacionario inevitable.
Como varias personas han dicho, esto debería llamar a la responsabilidad a quienes durante décadas mantuvieron ese discurso. Incluso, quienes en los últimos años, negaron de forma sistemática la reducción de la pobreza o peor aún, que lo asumieron como producto de “los regalos de López a los flojos”. Pero algo muy curioso he visto: en este momento, todos los que hasta hace unos meses decían este tipo de cosas -inclusive que los programas sociales eran la única razón por la que la gente votaba por Morena- ahora acusan a “los irresponsables que creaban catastrofismo”… como si ellos no hubieran participado.
Habrá claro, gente que dirá que ellos no conocen a nadie que esté mejor en estos momentos. Ese es el mantra del privilegiado en estos momentos, especialmente porque como ellos no hablan con nadie que no sea de su círculo desde hace años, no tienen la mínima noción del México fuera de su burbuja -y miren quien se los dice… y desde donde-.
Existen, como no puede ser de otra manera, algunos elementos que deben vigilarse. El acceso a la salud, por ejemplo, tuvo un retroceso gigantesco, lo que aumentó otros problemas sociales. Esto tiene explicaciones claras, pero no justificativas. Por un lado, la pandemia de COVID-19 que arrebató millones de vidas en el mundo, y que exigió una desviación no calculada que no se regularizará en muchos años; por otro, el hecho de que en el sexenio de AMLO se realizaron dos cambios institucionales de los programas de salud y que ninguno de ellos logró un impacto real ni en la población real, ni en la comunicación social.
A pesar de ello, considero que estos resultados muestran muy bien que AMLO tenía razón cuando decía lo que se volvió nuestro lema, hace tantos años: por el bien de todos, primero los pobres. Aunque después nos inventen que la gente se va a vivir a barrios exclusivos de Madrid y cuando se les desmienta finjan que no escucharon nada.
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