Rumbo a las elecciones de 2027, el Partido Verde volvió a demostrar que su tamaño electoral no necesariamente determina el tamaño de su influencia cuando llega el momento de negociar. En la definición de las coordinaciones estatales de la alianza oficialista, perfiles vinculados al PVEM consiguieron posiciones relevantes en entidades como Nayarit, Baja California Sur y Quintana Roo, mientras San Luis Potosí mantiene una dinámica propia favorable al grupo político verde local. El dato resulta todavía más interesante si se compara el peso de ambos socios: para efectos del financiamiento público de 2026, Morena representa 43.57% de la votación nacional efectiva utilizada por el INE, frente a 8.99% del Verde. La distancia es enorme en votos; sentados en una mesa de negociación, sin embargo, la relación parece mucho menos desigual.
No es un fenómeno nuevo. En lo que va de este siglo, el PVEM ha formado parte de tres coaliciones presidenciales ganadoras encabezadas por fuerzas políticas distintas. En 2000 acompañó al PAN en la “Alianza por el Cambio” que llevó a Vicente Fox a la Presidencia; en 2012 se integró con el PRI en “Compromiso por México”, que postuló a Enrique Peña Nieto; y en 2024 llegó junto con Morena y el PT en “Sigamos Haciendo Historia”, con Claudia Sheinbaum. Es decir, en poco más de dos décadas el Verde ha compartido el triunfo presidencial con tres proyectos políticos diferentes. Más que una fidelidad permanente hacia una fuerza determinada, su trayectoria muestra una notable capacidad para adaptarse a las transformaciones del poder y conservar un lugar en los acuerdos que terminan definiendo gobiernos.
Por eso resulta insuficiente reducir toda su trayectoria a la palabra “oportunismo”. Sus críticos tienen razones para utilizarla: el Verde ha transitado entre fuerzas políticas ideológicamente muy diferentes y ha demostrado una flexibilidad poco común para cambiar de socios. Pero desde la lógica estricta de la negociación política existe otra lectura. El PVEM parece comprender con bastante claridad algo elemental: un partido minoritario no necesita tener los votos de su aliado mayoritario; necesita tener suficientes para que perderlos resulte costoso. Su valor aparece precisamente en los momentos en que una mayoría requiere algunos legisladores adicionales, una coalición necesita estructura territorial o un partido dominante intenta evitar que sus aliados compitan por separado. El Verde no negocia como si tuviera el tamaño de Morena, pero tampoco parece aceptar que ese tamaño determine automáticamente lo que puede exigir.
La relación con Morena durante 2026 ayuda a entenderlo. Cuando la presidenta Claudia Sheinbaum impulsó su reforma electoral, el Verde expresó fuertes resistencias a modificaciones relacionadas con la representación proporcional y otras reglas que afectaban directamente a los partidos pequeños. Las negociaciones se prolongaron durante semanas y el desacuerdo llegó al punto de que el Gobierno preparó ajustes ante la posibilidad de no contar con los votos de sus aliados. Meses después, el mismo partido aparece obteniendo espacios relevantes en las definiciones rumbo a 2027. Ahí también existe una pregunta válida para Morena: ¿hasta dónde conviene conceder posiciones a un aliado que ya dejó claro que su respaldo legislativo no es automático? Pero esa misma pregunta explica parte de la fuerza negociadora del Verde: una alianza en la que uno de los socios siempre obedece deja de ser una negociación.
Al PVEM podrán reprochársele muchas cosas y su pragmatismo seguirá generando críticas, pero su trayectoria permite entender cómo un partido relativamente pequeño puede conservar influencia durante gobiernos políticamente muy distintos. Ha compartido triunfos presidenciales con PAN, PRI y Morena, tres fuerzas que representan momentos y proyectos diferentes de la política mexicana, y aun así ha conseguido mantener capacidad de interlocución, posiciones y margen para negociar sus propios intereses. Tal vez esa sea la característica más interesante de su estrategia: no necesita controlar toda la mesa para asegurarse un lugar en ella. En política, tener votos importa; saber exactamente cuánto valen cuando otro partido los necesita puede importar todavía más.












