Columnas

Quién es quién después de la captura de Nicolás Maduro

La madrugada del sábado 3 de enero marcó un punto de quiebre para Venezuela y para el sistema internacional. La captura y traslado de Nicolás Maduro a una corte federal en Manhattan, donde será juzgado por cargos que incluyen narcoterrorismo, sacudió las certezas jurídicas, políticas y geopolíticas de una región históricamente vulnerable a la intervención externa. Más allá de simpatías u odios hacia el régimen venezolano, el hecho es innegable: la operación de Estados Unidos violó flagrantemente la Carta de Naciones Unidas y el derecho internacional. El debate, sin embargo, no se agota en la legalidad; comienza ahí. La pregunta central es quién es quién tras la detención de Maduro y qué revela cada posicionamiento sobre el mundo que estamos construyendo.

La operación: inteligencia total y cálculo político. La acción estadounidense fue el resultado de meses de planeación en varios planos. En el legal, Washington reclasificó a Maduro y a su círculo como narcoterroristas, elevó recompensas y reactivó procesos judiciales. En el militar, desplegó portaviones, aeronaves y fuerzas especiales en el Caribe, destruyendo decenas de embarcaciones vinculadas —según su versión— al tráfico de drogas. En el político, el presidente Donald Trump construyó un relato interno que justificó la captura como una acción de seguridad nacional. Y en materia  de  inteligencia, la CIA penetró el círculo cercano del poder venezolano, obteniendo información precisa sobre movimientos, redes y centros estratégicos.

La extracción fue “exitosa” en términos operativos, pero dejó un saldo trágico: alrededor de 80 muertos, entre militares y civiles, durante los bombardeos. Ese dato, deliberadamente minimizado en Washington, pesa como una losa moral sobre la operación.

El derrumbe del régimen: soberbia y fallas internas. Del lado venezolano, la captura evidenció un colapso de seguridad e inteligencia. El discurso vehemente de Maduro se reveló hueco. Su negativa sistemática a negociar una salida política —por mínima que fuera—, sumada a la soberbia del poder, lo condujo a un desenlace que parecía improbable: ser capturado con vida y trasladado a territorio estadounidense. La pregunta inevitable es por qué permitió llegar a ese punto. La respuesta apunta a una mezcla de aislamiento, confianza ciega en su aparato de control y una lectura errónea del momento internacional. Cada muerte por supuesto es lamentable, entre los decesos de la captura de Maduro se encuentra la muerte de por lo menos 30 cubanos. Llama la atención que el círculo más estrecho, la guardia pretoriana, de Nicolás Maduro estaba integrada por cubanos y no por venezolanos.

El destino de Nicolás Maduro parece estar sellado, será juzgado en un tribunal Federal de Nueva York por delitos cuya pena máxima es la cadena perpetua, por lo cual el que fuera el hombre todopoderoso de Venezuela puede terminar sus días en una cárcel de máxima seguridad en territorio estadounidense.

Trump y la sinceridad brutal del poder. La declaración inmediata de Trump fue, paradójicamente, brutalmente honesta. Anunció que Estados Unidos “administraría” Venezuela durante la transición y dejó claro que la prioridad no sería la democracia, sino el control del petróleo, el uranio y otros recursos estratégicos. Sin eufemismos, el presidente puso nombre a lo que muchos sospechaban: la intervención no fue altruista, fue geoeconómica.

La oposición venezolana y el baño de realidad. La reacción de María Corina Machado (quien, en su entusiasmo, habló más de poder que de democracia) evidenció los límites de una oposición que creyó que la captura de Maduro equivalía automáticamente a su llegada al gobierno. Su discurso, celebratorio y entreguista  con Washington, contrastó con la realidad que Trump impuso: Machado no cuenta con el respaldo social suficiente para conducir la transición.

La derecha española, el gobierno de Javier Milei, y las oposiciones mexicanas del PRI y PAN también recibieron una lección de política real. En el tablero internacional no hay premios por colaboracionismo. Como dicta el viejo adagio: en política no hay engaños, hay engañados.

La derecha española peco de ingenua y el PRI y el PAN en México se desnudaron como entregusitas. Evidenciando una de las debilidades más terribles de una oposición que en siete años ha dejado sus principios históricos y ha vivido artificialmente del control corporativo de sus burocracias y de las redes sociales.

Las potencias reaccionan: un mundo más peligroso. La captura de Maduro encendió alarmas globales. China exigió su liberación; Vladimir Putin condenó la acción estadounidense. El trasfondo es inquietante: si esta práctica se normaliza, si ya la carta de las Naciones Unidas vale menos que el papel en el que está impresa ¿qué impide que otras potencias económicas y con arsenales nucleares repliquen el método? ¿Que Moscú declare terrorista a Volodímir Zelenski y lo capture o lo elimine? ¿Que Pekín endurezca su postura sobre Taiwán bajo el mismo argumento? Corea del Norte ya reactivó pruebas de misiles en el mar de Japón. El precedente es peligroso.

América Latina en vilo. En la región, los efectos son inmediatos. Mientras Milei celebró con estridencia, Gustavo Petro se prepara para un escenario complejo tras las declaraciones de Trump sobre Colombia. Brasil, Cuba y Nicaragua encendieron alertas. El mensaje es claro: nadie está exento de presiones, y ahora incursiones militares, si sus recursos o posiciones estratégicas resultan “convenientes”.

México: principios y firmeza. El Estado mexicano fijó postura en dos momentos. Primero, con un comunicado de rechazo a la violación del derecho internacional. Luego, en la conferencia del 5 de enero, la presidenta Claudia Sheinbaum reiteró los cuatro ejes de la política exterior: autodeterminación, no intervención, solución pacífica de controversias y cooperación para el desarrollo. Frente a las declaraciones de Trump —quien reitero que en México mandan los cárteles—, Sheinbaum fue clara: colaboración sí, imposición no.

¿Hay una ruta democrática sin ocupación? La pregunta final es si Venezuela puede transitar hacia la democracia sin una intervención militar directa. La respuesta es sí, aunque es una ruta estrecha. El primer paso ya ocurrió: la vicepresidenta asumió temporalmente el gobierno conforme a la Constitución. El desafío es convocar a elecciones creíbles, con acompañamiento internacional, sin tropas extranjeras en el territorio. En ese camino, México puede aportar experiencia diplomática y mediación.

La captura de Maduro no sólo redefine a Venezuela; redefine al mundo. Revela quiénes creen en el derecho y quiénes en la fuerza; quiénes celebran la caída de un adversario y quiénes entienden que hoy fue Caracas y mañana puede ser cualquier capital incómoda. Ese es el verdadero “quién es quién” de esta coyuntura con sabor al pasado colonial.

Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.

@onelortiz

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