Columnas

Sobre el uso de la inteligencia artificial

En estas semanas, debido a mis actividades docentes -como he comentado, soy profesor en varias universidades de México y de Portugal-, he estado reflexionando nuevamente sobre la inteligencia artificial.

Entiendo que es un tema común en las pláticas del día a día, y más aún, que se trata de una herramienta con un uso amplísimo entre las personas actualmente. Puedo decirles que conozco a varias personas que son ya totalmente incapaces de responder un correo electrónico, un mensaje escrito o una pregunta, sin antes revisar lo que su IA favorita les dice o recomienda. No es en realidad que no tengan el conocimiento o la habilidad para hacerlo, sino que la dependencia hace que duden incluso de esos conocimientos y habilidades sin pasarlos por la confirmación externa de esta herramienta.  

Por mi parte, el uso que le doy a este servicio no pasa de ser recreativo. Hacer algunas imágenes, preguntarle cosas específicas para esperar respuestas chuscas o tratar -infructuosamente debo decirlo- de buscar elementos para profundizar algunos temas. Aunque esto último es un trabajo para el que realmente la IA no está capacitada. Me parece que es, en ese sentido una fuente inagotable de referencias inconexas que no permiten un conocimiento profundo y significativo, sino que da a quien no sabe mucho, una sensación de estar aprendiendo (algo que he dicho en el pasado, es uno de los principales problemas de aquello que se suele llamar “autodidactismo”).

A pesar de ello, puedo darme cuenta del potencial que estos servicios tienen. Como en el pasado, ya lo tuvo el internet y las plataformas digitales de aprendizaje en línea. Tengo suficiente edad para recordar el salto que nos permitió tener una fuente casi inagotable de información como es el internet, la digitalización de los libros e incluso las enciclopedias en línea, como la inicialmente vilipendiada Wikipedia.

Para algunas personas, el uso de las IAs es equivalente al salto que significaron estos elementos en el pasado. Y por ello, nos dicen, quien se preocupa o incluso opone a su uso indiscriminado, es igual a quien en el pasado, se oponían al uso del internet, de los repositorios o bibliotecas digitales o las enciclopedias en línea. Se intenta presentar esa desconfianza no es sino un primitivismo, que recuerda, siempre según esta narrativa, a la gente que se oponía a las máquinas de vapor, al uso de los tractores o incluso, en su momento, a la invención de la rueda.

No creo que se necesite argumentar mucho para mostrar las diferencias -fundamentales y profundas- entre estos elementos. Por un lado, de forma clara, la apertura del internet, los repositorios, bibliotecas, enciclopedias, significaron un aumento de las fuentes de información. Elementos pasivos que proporcionaban un mayor caudal para que nosotros pudiéramos buscar y en su caso encontrar, los elementos que buscamos. Es el equivalente de ampliar el caudal de un rio para que la gente pueda pescar más.

Este aumento implica, claro está nuevas condiciones. Borges escribía en “La biblioteca de Babel” la posibilidad de que tener un abanico indiscriminado de fuentes que resultara inabarcable en su totalidad, llevaría a las personas a perderse para siempre sin saber aquello que realmente querían… algo en lo que muchas y muchos de nosotros nos entretuvimos durante las noches en que abriendo una página cualquiera sobre los aguacates, terminábamos leyendo sobre la vida de Canuto, el rey de los vikingos.

A pesar de ello, el aumento pasivo de las fuentes de conocimiento no significa una alteración de la relación entre el sujeto-que-aprende y aquello que es aprendido. Incluso no significa una alteración muy profunda en la relación entre sujetos o entre ellos y el conocimiento. En el pasado, y aun ahora, existen libros basura, llenos de pseudo conocimientos y falacias, que se presentan como obras académicas, y lo mismo sucede con sitios (incluso entre aquellos que se dicen que son “para verificar” que esto no suceda). No es el aumento de fuentes lo que posibilita encontrar la verdad, sino un entrenamiento riguroso de contrastación y verificación. Algo que requiere entrenamiento, de preferencia formal, así como trabajo disciplinado.

En este sentido, poco importa si la fuente es un libro físico o digital. Si viene en una enciclopedia colaborativa en línea o en otra que es comprada en la puerta de la casa a un señor que viene semanalmente a pedir el pago. Se trata de fuentes. Que son contrastadas, que son analizadas y que, en el mejor de los casos, nos dan elementos para que, con un buen entrenamiento (esto es lo esencial, repito), podamos identificar la verdad sobre algo.

Por otra parte, si bien las llamadas “inteligencias artificiales” nos proporcionan tangencialmente esta función, no es ni la principal, ni la más usada. A diferencia del aumento pasivo de fuentes que significaron el resto de los elementos mencionados, estos mecanismos lo que hacen es generar “respuestas últimas” que se presentan como verdades ellas mismas. En muchos casos, presentan como sustento argumentativo algunas fuentes, no dentro del texto que se entrega -lo que implica ya un proceso de encubrimiento y con ello de alejamiento para el lector-, sino que además estas supuestas fuentes son resultados superficiales, en la gran mayoría de los casos, sin ningún tipo de valor académico o cultural de relevancia. El cambio es claro: en el pasado, los textos escritos en internet eran los elementos pasivos que requerían un trabajo humano para articular un argumento. En este nuevo formato, el pasivo pasa a ser el sujeto que “recibe” la información que debe asumir como verdadera.

Repito lo que he dicho antes: para llevar a cabo un ejercicio de entretenimiento, me parecen herramientas adecuadas. Incluso podría decir que presentan potenciales usos de discusión o búsqueda especializada, siempre que cambiaran la forma en que están siendo diseñadas.

En las últimas semanas, hemos encontrado noticias sobre cómo las IAs están diseñadas para a) no contradecir a los usuarios (lo que imposibilita un verdadero intercambio, incluso artificial con ellas), b) aprender los gustos y preferencias de los mismos, para dar respuestas que se adecuen a sus puntos de vista (lo que significa que van a afirmar lo que nosotros preguntamos de manera constante, aunque esté equivocado) y c) mentir de forma constante, incluso cuando se le ordena no hacerlo. No solo esto, sino que además, tenemos noticias sobre cómo al intentar basarse en cosas bien escritas, asume que quienes escriben bien, son en realidad “inteligencias artificiales” y por ello, interactúan de forma diferente.

Podría parecer que esto último no tiene mucha importancia, pero hay estudios que están mostrando que esta característica lleva a una disminución de la calidad de escritura natural en la academia, debido a que los supuestos filtros “contra la inteligencia artificial” exigen que intencionalmente se hagan algunos errores, se descuide o cambie el estilo o bien, se modifique el lenguaje para ser asumido como “natural” y “humano”. ¿Significa eso que la IA va a escribir “mejor que las personas”? No, significa que la IA toma como parámetro propio la “mejor escritura humana disponible” según sus parámetros y que después asumirá que quien escriba así, no puede ser realmente humano.

Esto nos lleva a una importante discusión que debe ser realizada: las IAs no se crean solas. No son elementos orgánicos de la vida natural del planeta, que se articulan a través de mecanismos de reproducción autónomos. Son herramientas construidas por seres humanos, diseñadas por personas con intereses políticos, económicos y con preferencias culturales e ideológicas concretas. Se trata de gente específica que coloca los parámetros sobre qué debe considerarse primero, que debe privilegiarse y que evitar, que tipo de ideas deben presentarse, cuáles ocultar y cómo calificar las preguntas y las informaciones que se dan. Veamos su uso en la política, en la creación de contenidos, en las historias que cada día más leemos en las redes sociales y que todos distinguimos por esa forma artificial de construir la narrativa.

El problema de ello, viene de que, como en el mago de Oz, parece que la gente comienza a creer que las inteligencias artificiales son entes independientes de construcción propia, y no programas diseñados por alguien detrás de la cortina que establece los parámetros para encontrar las respuestas (por ello Kelsen, hace setenta años, hablaba ya en contra de la idea de que hubiera “jueces computacionales” o “sentencias” que se hicieran por robots o computadoras autónomas. Como él decía, esta idea sería una tontería: el juez, en realidad sería quien programara a la máquina para responder de una manera determinada, ante un input).

Ambas características (la construcción pasiva de presentar la información, que evita la construcción de conocimiento significativo, y la naturalización de sesgos y preferencias para presentarlos como “verdad” indiscutible) dificultan mucho que estas herramientas sirvan verdaderamente para el ámbito académico. Su uso, además, para llevar a cabo tareas de entrenamiento -algo que se entiende dado el clima de intolerancia la frustración y al fracaso que se articula como deseado en la actualidad- hace que la gente tenga una falsa sensación de seguridad que dista mucho de sus propias limitaciones.

Como puede verse, estos problemas no son exclusivos de las IAs. La idea de los “audiolibros” como equivalentes al ejercicio de lectura, los resúmenes de textos o las páginas de “ayuda escolar” tienen la misma función, de limitar la construcción de conocimiento significativo. Si los estudios prueban que el uso de herramientas electrónicas altera el uso cotidiano de las zonas de memoria en el cerebro para el aprendizaje -una de las razones para que en todas las escuelas élite del mundo se prohíba su utilización-, la centralidad de la inteligencia artificial aumenta este peligro.

Este argumento, no significa entonces, contra aquellos que nos llaman primitivistas, que quienes tenemos dudas sobre el uso de las IAs, creamos que éstas deben desaparecer. Todos sabemos que son herramientas que han llegado para quedarse y que en ese sentido, tenemos que aprender a usarlas. Eso es exactamente lo que hacemos cuando cuestionamos el uso que se les da hoy día: decir que tenemos que aprender a usarlas. Lo que significa no usarlas como lo estamos haciendo ahora. Aprender a usarlas no es aceptar ese uso: es entender como podemos servirnos de ellas. Y no es así.

A mis estudiantes, siempre buscando la salida fácil -como probablemente la gran mayoría de nosotros lo habría hecho-, siempre les digo: seamos honestos con nosotros mismos. Hacer un trabajo para clase, con IA, es el equivalente de ir al gimnasio con un gato hidráulico y presumir en el Instagram que levantamos 500 kilos mientras lo activamos. No sólo es ridículo, sino que hace que cada día carguemos menos.

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