Columnas

Tres dimensiones de la austeridad

Hablemos de austeridad. En tiempos recientes, la austeridad ha vuelto al centro del debate político en México. Ya no se trata solo de un principio administrativo para ahorrar recursos o de una virtud personal practicada por filósofos, religiosos y políticos ejemplares, sino de una bandera que cruza tres dimensiones: estrategia electoral, política pública y forma de vida. Estos aspectos, se comunican entre sí y explica porque el tema de la austeridad produce tanta polémica en las redes sociales, medios de comunicación y debates políticos.

Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum, colocaron el concepto de “austeridad republicana” en el corazón del discurso político. “Un pueblo pobre no puede tener un gobierno rico” se presentó como un mecanismo de gestión pública y como un imperativo moral. Pero con el paso del tiempo, las prácticas de algunos integrantes de la élite política morenista parecen chocar con esa ética, alimentando las críticas de incongruencia.

Para entender el trasfondo, debe analizarse la austeridad en tres dimensiones.

La primera dimensión es la más inmediata: la austeridad como recurso de lucha en la arena electoral. En sociedades desigualdades, como la mexicana, los excesos de la clase política siempre han sido un punto de ataque. El PRI construyó una cultura del privilegio que se expresa en mansiones, autos de lujo, viajes al extranjero y un estilo de vida distante de la mayoría. El PAN, pese a su discurso moralista, terminó imitando ese modelo, con presidentes y gobernadores que abrazaron con cinismo los lujos del poder.

Andrés Manuel López Obrador entendió, desde su primera candidatura presidencial en 2006, que presentarse como un político austero lo blindaba frente a esos ataques. Sus giras interminables en carretera, su vestimenta sencilla, su renuncia a vivir en Los Pinos y, después, su mudanza al Palacio Nacional como sede de trabajo y vivienda, reforzaron la narrativa de un líder cercano al pueblo y alejado de la opulencia. Esa coherencia personal fue un activo electoral invaluable.

En 2018, el tema de la austeridad dejó de ser periférico y se convirtió en central. Frente a un electorado cansado de la corrupción y del dispendio, López Obrador logró que la austeridad se transformara en un símbolo de ruptura con el pasado. No era ya una virtud personal, sino una identidad de movimiento. El mensaje era claro: “somos diferentes”. Ese contraste jugó un papel decisivo en el triunfo de Morena.

Sin embargo, esa estrategia enfrenta un desgaste. Cuando en redes sociales circulan imágenes de dirigentes morenistas vacacionando en yates, viajando en aviones privados o vistiendo ropa de lujo, se aprecia un choque entre discurso y hechos. La austeridad como bandera política es eficaz solo si se mantiene la congruencia; de lo contrario, se convierte en un boomerang que daña la credibilidad.

La segunda dimensión es la más institucional: la austeridad como política pública. Aquí no se trata de un gesto electoral ni de un símbolo personal, sino de un principio de administración del Estado. López Obrador convirtió su lema de “austeridad republicana” en decretos, leyes y directrices de gobierno. La idea fue doble: reducir el dispendio y canalizar los recursos ahorrados a programas sociales.

En su aspecto cualitativo, la austeridad se tradujo en medidas para limitar los gastos suntuarios de la burocracia: reducción de salarios a altos funcionarios, eliminación de seguros de gastos médicos privados, prohibición de viajes en primera clase y disminución de viáticos. En su aspecto cuantitativo, representó ahorros multimillonarios que se destinaron a proyectos como las pensiones para adultos mayores o las becas estudiantiles.

La austeridad como política pública también ha generado controversias. Para críticos, se ha confundido ahorro con desmantelamiento de capacidades del Estado. La eliminación de fideicomisos, el debilitamiento de organismos autónomos o la reducción de recursos a ciencia y cultura son interpretados como excesos de un enfoque que sacrifica áreas estratégicas en nombre de la austeridad.

Además, la narrativa de “pobreza franciscana” que impulsó López Obrador llevó la discusión a un terreno simbólico extremo. Si bien es cierto que reducir privilegios burocráticos era urgente, también lo es que un Estado moderno requiere inversión en capacidades técnicas, tecnológicas y profesionales. La austeridad, como política pública, corre el riesgo de confundirse con precariedad institucional.

El reto para Claudia Sheinbaum es, por tanto, redefinir la austeridad como  eficiencia más que como restricción. Se trata de diferenciar entre gasto superfluo y gasto estratégico. Un funcionario que viaja en clase turista envía un mensaje de humildad, pero un recorte en hospitales públicos afecta directamente a la población. La verdadera austeridad debería significar “más resultados con menos corrupción”, no simplemente “menos gasto”.

La tercera dimensión es la más profunda: la austeridad como forma de vida. Aquí nos alejamos del terreno político-administrativo y entramos en el filosófico y religioso. Desde la antigüedad, distintas tradiciones han valorado el desapego de los bienes materiales como un camino hacia la virtud, la libertad o la espiritualidad.

Los cínicos, con Diógenes como figura emblemática, defendían una vida reducida a lo esencial, en oposición a las convenciones sociales. Los estoicos, como Séneca o Marco Aurelio, predicaban la moderación, la templanza y la independencia frente a los deseos. Epicuro, aunque muchas veces malinterpretado como hedonista, proponía una vida sencilla basada en placeres moderados y en la ausencia de dolor.

El budismo, con su doctrina del desapego, sostiene que el sufrimiento humano proviene del deseo desmedido y que liberarse de ese apego conduce a la iluminación. Y, en el ámbito cristiano, órdenes como la franciscana hicieron del voto de pobreza un principio de vida comunitaria y espiritual, rechazando la acumulación material para acercarse a los valores de humildad y fraternidad.

En la modernidad, políticos como Benito Juárez, Pepe Mujica o el propio López Obrador han encarnado esta dimensión. No se trata de una estrategia electoral ni de un decreto administrativo, sino de una coherencia vital que da autoridad moral. Mujica, viviendo en su chacra, conduciendo un viejo Volkswagen y donando la mayor parte de su salario, se convirtió en un símbolo mundial de la política austera como forma de vida.

La pregunta que surge es: ¿puede exigirse esta dimensión a todos los servidores públicos? La respuesta es compleja. No se puede imponer filosóficamente a todos vivir con el desapego de un monje budista o un fraile franciscano. Sin embargo, sí puede pedirse que quienes hacen de la austeridad una bandera política sean congruentes en su vida personal. De lo contrario, el discurso carece de sentido.

En México, la austeridad atraviesa hoy un dilema de credibilidad. El propio López Obrador definió sus principios en Morena combinando las tres dimensiones: estrategia política, política pública y forma de vida. Él mismo se volvió ejemplo de esa triple coherencia. La presidenta Claudia Sheinbaum, formada en un entorno de clase media universitaria, también proyecta una vida sobria y sencilla. Pero la nueva élite política, en muchos casos, no sigue ese patrón.

Las críticas sobre viajes, vestimenta o propiedades de algunos funcionarios se convierten flanco de ataques. No importa si se trata de recursos propios o de lujos moderados: el contraste con la narrativa de “austeridad republicana” erosiona la legitimidad del discurso. El riesgo es que la austeridad, en lugar de fortalecer la confianza en el gobierno, se vuelva un tema de polarización y descalificación.

Este debate revela una paradoja: la austeridad fue eficaz como estrategia electoral y poderosa como política pública en sus primeros años, pero hoy está en riesgo de perder fuerza como narrativa porque no todos los actores políticos la viven como forma de vida. En otras palabras, la incongruencia individual puede erosionar una política colectiva.

El futuro de la austeridad en México dependerá de su redefinición. La sociedad ya no se conforma con gestos simbólicos ni con decretos de recorte. Requiere una visión integral:

  • En lo político, la austeridad debe seguir siendo un contraste con la corrupción y el privilegio, pero acompañada de transparencia absoluta en la vida personal de los dirigentes.
  • En lo público, la austeridad debe evolucionar hacia un modelo de eficiencia y eficacia en el gasto, diferenciando entre lujos innecesarios y necesidades estratégicas del Estado.
  • En lo personal, la austeridad debe asumirse como virtud ética en quienes aspiran a dirigir al país, no por imposición, sino por convicción.

La clave está en volver al origen: austeridad no es precariedad ni restricción ciega, sino justicia en el uso de los recursos, coherencia en la vida personal y cercanía con el pueblo.

La austeridad es un concepto con múltiples dimensiones. Como estrategia política, fue decisiva para el triunfo de López Obrador y Morena, al contrastar con la élite corrupta y privilegiada del viejo régimen. Como política pública, permitió reorientar recursos hacia programas sociales, aunque también generó críticas por sus excesos y rigideces. Y como forma de vida, se conecta con tradiciones filosóficas y religiosas que valoran el desapego y la sobriedad como virtudes fundamentales.

El gran reto de nuestro tiempo es mantener coherencia entre esas tres dimensiones. Si la austeridad se queda en discurso electoral, será vista como hipocresía. Si se reduce a recorte presupuestal, se confundirá con precariedad. Y si no se practica como virtud personal por quienes la predican, se convertirá en motivo de burla.

Andrés Manuel López Obrador supo articular estas dimensiones en una narrativa poderosa que le dio legitimidad. Claudia Sheinbaum enfrenta ahora el desafío de mantener viva esa coherencia en un contexto donde la nueva élite política parece alejarse de ese ideal. El futuro de la austeridad en México dependerá de si logra sostenerse como estrategia, consolidarse como política pública eficiente y, sobre todo, vivirse como forma de vida. Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.

@onelortiz

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