El lunes 10 de agosto, la tierra tembló en Colombia. Un sismo de magnitud 7,4 con epicentro en San José del Palmar, Chocó, sacudió al país apenas tres días después de que Abelardo de la Espriella asumiera la presidencia. Nadie puede culpar a un gobierno de un fenómeno natural, pero sí exigirle que, ante la emergencia, esté a la altura del cargo que ocupa. Eso implica, como mínimo, poner en marcha toda la estructura del Estado con eficacia y sensibilidad humana. El balance es desolador: centenares de fallecidos y desaparecidos, miles de heridos y comunidades enteras que esperan respuestas que aún no llegan.
De la Espriella ordena su primer bombardeo militar en el Catatumbo, siguiendo al pie de la letra el libreto trumpista de «lucha contra el narcoterrorismo».
Sin embargo, el nuevo mandatario parece no haber entendido que la campaña electoral terminó. Mientras el pueblo colombiano se organiza en las calles para buscar desaparecidos y lamentar la pérdida de seres queridos, De la Espriella ordena su primer bombardeo militar en el Catatumbo, siguiendo al pie de la letra el libreto trumpista de «lucha contra el narcoterrorismo». Pero, en este momento, el contexto colombiano poco tiene que ver con los manuales de Washington. La Defensoría del Pueblo ya denunció que la operación afectó a la población civil: al menos tres campesinos, incluida una mujer de 44 años, resultaron heridos en las veredas bombardeadas.
Los desaciertos, sin embargo, no se limitan al campo militar. En un gesto que revela su sumisión y falta de criterio, el mandatario derechista ha rechazado la cooperación internacional para la atención de la emergencia. Declinó el ofrecimiento de personal de rescate de múltiples países e incluso de Naciones Unidas. Solo aceptó una ayuda: la de Estados Unidos, la única que evidenciaba su alineamiento político antes que su compromiso humanitario.
A esta torpeza se suma el descalabro diplomático provocado por la cancillería colombiana. Al reconocer la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán sirios, Colombia rompió un consenso internacional del que solo se había apartado Estados Unidos. La Liga Árabe, con sus 22 Estados miembros, rechazó con dureza el giro. El Gobierno sirio, por su parte, calificó el Golán como «parte inseparable de su territorio» y advirtió que utilizará «todos los medios legítimos» para defender su soberanía.
Tampoco pasó desapercibido que De la Espriella reconociera la soberanía de Marruecos sobre la República Árabe Saharaui Democrática, otro retroceso en la lucha anticolonial que el expresidente Gustavo Petro había impulsado. Cada una de estas decisiones, por separado, podría parecer un error aislado; juntas, dibujan el retrato de un gobierno que aún no entiende que ya no debe rendir cuentas a Trump o Netanyahu, sino a los millones de colombianos que lo eligieron.
Así arranca el gobierno de Abelardo de la Espriella: sumido en una crisis que demuestra que ganar una elección no es suficiente para gobernar. Y que el Estado que tanto prometió reducir es, paradójicamente, el único que puede sostener al país en tiempos de incertidumbre. Colombia no necesita ocurrencias: necesita gobierno.
Fotografía: Diario Red












